jueves, 4 de julio de 2013

Relatos de Julio 2013 (1). El Crimen (II) - GALERÍA: Edward Hopper (3)





El asesino, por definición, está expuesto al sentimiento de culpa y al remordimiento.
El criminal, en cambio, que no actúa con alevosía, considera su acción 
como un accidente más de la existencia. Siendo un ser amoral,
no está expuesto a la duda ni a la traición de su conciencia. 
Pensamientos Horribilis. Héctor Amado

Se considera, tradicionalmente, que hay una cierta grandeza de alma
en quien arriesga su vida y mata por una causa tenida por justa:
a éste se le aclama como héroe, pero más que por poner su vida en juego,
por poseer el valor para quitar la vida a los demás.
La fortaleza de un alma civilizada se mide por su capacidad,
en un momento dado, para alzarse sobre toda consideración moral establecida,
y por su singular disposición para salvar la contradición que supone
violar el más solemne de los interdictos: no matarás.
Esto es en realidad lo que le convierte en héroe:
para el sujeto moral es más difícil matar que morir. 
Pensamientos Horribilis. Héctor Amado


El Crimen
(II)

III

.....Un crimen que necesita razones para ser cometido, no es crimen, es asesinato, y como tal debe de ser juzgado. El asesinato contraviene la norma, fundada sobre la razón y la paz del bien social; el crimen está al margen de ella: más allá de la razón, antes que la razón, fuera de la razón. Por ello el asesinato puede juzgarse, el crimen no. Hay en el asesinato voluntad de matar, alevosía, intención; en cambio el crimen se manifiesta como lo hace la noche o el día, como se levanta el viento o cae la lluvia. Por esto mismo, en el criminal y en el asesino la conciencia se implica de distinta manera, sufre la acción de diferente forma: mientras sobre el uno siempre se cierne la sombra de la culpa; en el otro no existe tal sentimiento, no menos que el que le reporta comer cuando tiene hambre, beber cuando tiene sed o dormir cuando siente el sueño. El asesino incidental --que sería algo así como un criminal por accidente-- o por obligación (sea ésta producto de las circunstancias o de las órdenes), siempre está expuesto al juez más impasible, al más despiadado, al más riguroso: la propia conciencia, donde se asienta el tribunal del ser social de la especie en forma de hierro marcado a fuego por la costumbre, la incrustación moral y la educación. Después, y a consecuencia de este juicio previo (donde el sentimiento de culpa se adueña de la conciencia), se deseará ser juzgado por esa ley que se ha violado. Sólo así el asesino espera expiar la culpa, la que le martillea constantemente, sin descanso, día y noche (pues ni en sueños se libra de su acción recriminatoria y censora; es más, los sueños son de hecho peores que la vigilia, más incisivos y crueles, ya que allí, en la región de lo onírico, no existen las barreras de seguridad que la razón levanta, y uno es víctima de lo irracional que no puede soportar), sólo así, condenado por el tribunal externo, el asesino espera recuperar la paz interior para poder dormir tranquilo... y redimido (redimirás tu culpa por medio de tu penitencia).

.....Arrepentirse es abjurar del monstruo que se lleva dentro, ése que ha asomado convirtiéndote en simulacro de criminal. Al abjurar del asesinato lo conviertes en accidental, lo catalogas de patológico, producto de la enfermedad transitoria que te ha hecho contravenir la ley más sagrada. Sólo así podrás redimirte, sólo así podrás ser, y sentirte , una vez cumplida la pertinente condena, perdonado.
.....Pero en el auténtico criminal la conciencia no funciona como juez, o, si lo hace, es desde otros presupuestos, desde otro marco legal. La conciencia del criminal está liberada de ataduras morales, por eso es tan peligrosa (para lo social, para la convivencia). Al no regirse por la razón común (ni por el sentido común), ésta no puede hacer nada contra él. No se puede utilizar siquiera ese gran disuasor que es el miedo, la prevención, como coacción; tampoco el castigo. Liberado de las ataduras que a todos, invisibles, atan, el criminal no temerá a la muerte, porque una condición sine quanon para que un criminal sea auténtico, es su total desprecio a la muerte. Al igual que no espera ninguna recompensa por sus actos (en otra vida), más que la experimentada en el momento de actuar, o la derivada de la afirmación de su poder, tampoco temerá la represalia a causa de ellos. Consecuente con sus acciones pues, se siente enteramente responsable de ellas, o, mejor dicho, no se siente culpable en absoluto, pues no hace sino actuar tal y como le dicta su naturaleza, no condicionada por normas o leyes morales.

.....Es curioso cómo para la religión cristiana el pecado original no fue el crimen, sino la desobediencia a Dios (que prohibió al ser humano comer el fruto del árbol del conocimiento -del Bien y del Mal-, lo que le ocasionaría a la postre la conciencia de culpa. Más que una prohibición pareciera haber sido una admonición: "mira de no comer los tentadores frutos de este árbol que se yergue en el centro del Paraíso, porque si lo haces te convertirás en un ser moral"), y que entre sus mandamientos no figure en prime lugar el "no matarás", viéndose éste precepto relegado hasta el quinto lugar. Los tres primeros están consagrados al reconocimiento y la adoración de la entelequia llamada Dios (autoridad divina, de la que emana toda moral), y el cuarto al respeto debido a los ancestros (el padre, la madre, la tribu, la tradición; la autoridad humana, a fin de cuentas). En esta curiosa y arbitraria disposición está la justificación de tanta barbarie cometida impunemente en nombre de Dios. Fijada en la conciencia con un triple clavo la preeminencia de la autoridad divina, y remachada con un cuarto que es la autoridad de la sangre, de la ascendencia, de los mayores, con esta disposición, con este ordenamiento de los preceptos que conforman la Ley, se dan cuatro salvedades para saltarse el quinto, y así se hizo en el pasado, en las guerras de religión, en la represión inquisitorial, en el sometimiento a la Norma (sustanciada en la Ley). Pero estas salvedades no promueven a verdaderos criminales (aunque favorezca el florecimiento de algunos monstruos, debido a la coartada legalmente ofrecida), sino a circunstanciales asesinos, y, muchas veces, verdaderas víctimas que ya nunca podrán recuperar la pureza de su condición previa a toda moral (paradisíaca, inocente), siendo por tanto, a partir de entonces (tras convertirse en asesinos), y per saecula saeculorum, rehenes de sus creencias, de la Ley Divina interiorizada en su conciencia.

.....El verdadero criminal, deducimos, es infrecuente, una singular rareza: un Jack El Destripador, un Hannibal Lecter, una Elisabeth Báthory... pero en ningún caso todos esos nazis que asesinaron por una falaz ideología que mezclaba símbolos atávicos con un vengativo ajuste de ficticias cuentas; aunque entre ellos sí hubiese (como en el caso de la excusa religiosa), al amparo del levantamiento de la veda, algún auténtico criminal. El criminal que lo es no obedece nunca a razones superiores (ni órdenes de sus superiores) para cometer el crimen. No las necesita. Eso ya le descalificaría como criminal, convirtiéndole en vulgar asesino.
.....El criminal, que lo es del modo más puro, no mata por simple placer (no es un mero goloso del asesinato), sino que siente placer cuando mata, sobre todo al principio, las primeras veces, cuando la sensación de libertad es mayor (pues el hacerlo -el matar- lo experimenta como un romper las cadenas morales).
.....El verdadero criminal abomina del orden, de lo previsible, y ama el caos, le seduce el abismo, con el que coquetea.
.....El criminal auténtico es un Walenda de la condición humana, es consciente del abismo que se abre a los pies de la existencia, y prescinde de subterfugios (de red) para cruzarla. Porque la cruza, diariamente, sintiendo la llamada del abismo a cada paso, que hasta él llega como canto de sirena... Y hacia él va sin ataduras, porque no teme las rompientes. Es más fuerte en él, más poderosa, la necesidad de placer, de embriaguez, de un sentimiento integral de la vida que no admita recortes ni cortapisas: es más determinante en él el sentimiento de libertad.
.....El verdadero criminal experimenta, ante todo, cuando descubre en su interior esa naturaleza amoral en que se funda su ser, un supremo y especial goce en matar primeramente en sí mismo al ser apocado y miedoso que la sociedad y la educación han podido hacer de él, al sometido por leyes que no entiende y al sojuzgado por una naturaleza artificiosa que entiende menos aún.
.....El criminal auténtico es, resumiendo, cuando se revela y es consciente de su poder, lo más parecido a un dios.


IV
.....Una vez comprobó que todo estaba en orden, que no dejaba ninguna huella delatora tras él, recogió las cuatro cosas que formaban su exiguo equipaje y se dirigió a la estación. Allí cogería un tren que lo llevara lejos. Por más seguro que uno esté, por más convencido de que nadie pueda relacionarlo con el crimen cometido, nunca se sabe, es mejor poner tierra de por medio, cambiar de vida, de ambiente, de compañía. Para esta huida es preferible tanto una gran urbe, que encubre el anonimato, como una pequeña aldea, un pueblecito de esos que suelen ser visitados habitualmente por viajeros, o turistas, gente de paso que busca tranquilidad. Si el criminal no es un asesino, sino que es un criminal auténtico, cualquiera de los dos lugares le servirán, pues será capaz de seguir viviendo como si nada (como si nada excepcional hubiera ocurrido, quiero decir); pero si el criminal es un homicida, un asesino, preferirá la gran urbe, llena de ocasiones para distraerse, para enajenarse, para huir de su conciencia culpable, para embotar los sentidos y obnubilar la mente. El criminal en cambio, es decir, nuestro protagonista, se encontrará a sus anchas en un lugar tranquilo, gozando de su sensación de absoluta libertad, libre de culpa por tanto; incluso es posible que esa tranquilidad la emplee para meditar sobre la víctima, hacerla un íntimo homenaje, resucitarla en él --su verdugo-- para ponderar su vida, si es que la conoció, o para recrearla o imaginarla, si le fue desconocida. De cualquiera de las formas, este acto de resurrección en la conciencia no culpable del verdugo no deja de ser un reconocimiento a la vida segada, a lo que en ella hay de propio; es por tanto un homenaje a la especie: la vida arrebatada ya forma parte del ejecutor, que se sentirá así enriquecido con ella (como les sucede a los guerreros de esos pueblos que beben la sangre o comen el corazón de sus víctimas para asimilar de ellas lo que ellas fueron; por lo que cuanto más valiosas, cuanto más valientes, más inteligentes o más sabias sean, mejor, pues mayor será el provecho de su asimilación).
...

.....La conoció por azar. No la buscó, por lo tanto no se le podía considerar un asesino, y menos uno de esos tildados técnica, analógica y no por ello menos equivocadamente, de asesinos en serie. Estaba sentada en el fondo del bar. Miraba y bebía, probablemente un whisy. Era una mujer rubia, bella de cara, de edad indefinible pero dentro de la difusa horquilla de la madurez (lo mismo podía estar rayando la treintena, que estar a punto de cumplir los cuarenta). Él (es decir, yo) acababa de entrar y se había acodado en la barra. Afuera hacía un calor ya tórrido pese a ser sólo junio. Posiblemente se trataba de una de esas olas de calor que anticipan un verano inclemente. Pidió un combinado, un gin tonic (se había vuelto a poner de moda, y lo había hecho de la forma más floreciente: de la noche a la mañana surgieron infinidad de nuevas marcas de ginebra que se añadieron a las clásicas; las botellas se tiñeron preferentemente de azul, de todos los azules imaginables, del más pálido turquesa al más intenso zafiro, aunque también las había teñidas de diversos matices del magenta desvaído; sus formas, así mismo, variaron infinitamente; el agua tónica también se diversificó, llegando algunas marcas de ginebras a crear sus propias bebidas gaseosas, con sus propios aromatizantes. En fin, una locura consumista de tantas, pero en este caso en torno al disfrute sensorial gustativo). Tras dar el primer sorbo a su gin tonic, bien servido y mezclado, paseó su vista por el local (la luz, como suele ser habitual en los bares de copas actuales, era blanca y pura, pero indirecta, no muy intensa, lo que creaba un ambiente medio onírico, medio quirúrgico). La descubrió allí, sola, mirándole. Probablemente lo estaba mirando desde que entró, porque percibió en ella una de esas miradas inquisidoras que pretenden desentrañar el misterio que habita en todo desconocido, tanto contemplándolo sin que éste se aperciba de que lo están mirando, como calibrando su reacción ante la mirada directa.

.....Es decir: cuando la miré, ella tenía sus ojos fijos en mí, y no desvió su mirada, sino que siguió mirándome fijamente: primero con expresión ambigua; después, tras unos segundos de aguantar las miradas, esbozando una ligera sonrisa. Probablemente ya había descubierto lo que quería descubrir. Yo sé que existen mujeres así, capaces de escanear el carácter de uno con la sola observación de tus gestos (o ausencia de ellos), tu mirada, tus tics, tus reflejos, tu nerviosismo o tu impasibilidad. Pero sobre todo, la mirada, la forma que tengas de sostener o eludir la suya. La mía debió satisfacerla, pues tras desviar sus ojos y fijarlos en el vaso de whisky siguió sonriendo, incluso más abiertamente. Parecía estar hablando consigo misma, quizá a cerca de alguna primera impresión confirmada sobre mi persona. Yo, que suelo poseer una timidez innata sólo vencida a fuerza de voluntad, aproveché ese gesto para, cogiendo mi bebida, acercarme a su mesa y, saludándola, inquirirle si aceptaba mi compañía. Ella alzó los ojos de su vaso medio vacío y me contestó de forma enteramente natural que cómo no, acompañando sus palabras con un gesto (queriendo decir con él, ¿qué puedo perder?).

.....Tenía voz de contralto, una de esas voces que transmiten confianza y misterio a la vez, de las que te hacen sentirte bien y al mismo tiempo te causan, sin saber por qué, un cierto embarazo. Una voz equívoca, que sugería una positiva impresión, con sorpresa en su interior. Su gesto franco, exento de afectación pero no de una vaga vacilación, abundaba en la sensación de estar ante alguien que sabe lo que quiere, pero que al mismo tiempo no sabe por qué lo quiere. No cabía duda de que me encontraba ante una mujer nada frívola, ni simple. Se encendieron en mi interior las señales de precaución. Pero no las hice caso, no, al menos, para retirarme, sí para no perder el control. Pues se trataba de eso, de hacerse con el control. Ella lo intentaba. Hasta ese momento lo había tenido. Se puede decir que ella fue quien me había atraído a su mesa. No bajé la guardia, por más que no era difícil que eso ocurriera. Era encantadora, con el punto de coquetería que hace de una mujer un sujeto de deseo. Su actitud era la de una hembra tanteando al macho, pero sin caer en lo casquivano o vulgar. Era muy inteligente, durante toda la conversación utilizó frecuentemente la ironía (algo que también es muy de mi gusto). Hablamos de todo y de nada. Pero tanto del todo, como de la nada, sin duda dijimos lo que sentíamos. No hablamos por hablar, no encubrimos con palabras deseos ocultos. Estábamos, ambos, reconociendo el terreno. Como dos púgiles en el primer asalto, nos estuvimos estudiando, explorando las recíprocas aptitudes y posibilidades, intentando descubrir, por esos gestos apenas perceptibles que revelan de uno más de lo que uno quisiera, realmente quién teníamos delante. Descubrimos más puntos en común que desacuerdos, tanto en arte, como en cine o literatura. Hablamos de viajes, de lugares, de ciudades y parajes donde perderse, y de otros donde no nos gustaría estar perdidos. Hablamos de nuestros gustos y antipatías pero no hablamos de nosotros, de nuestras vidas, de por qué nos encontrábamos ahora allí, sentados el uno junto al otro (algo que sin duda los dos deseábamos saber, pero hacia lo que no queríamos correr, por no precipitar acontecimientos). Hubo un momento en la conversación que creí ver refulgir en sus ojos, de forma intermitente, pulsátil, un destello extraño. Pensé que quizá era eso lo que provocaba la sensación equívoca y no su voz, o tal vez fuera la suma de ambos. Lo cierto es que en ese momento, cuando me di cuenta, las señales de precaución pasaron a ser directamente de alarma. Pero la curiosidad pudo más, Decidí seguir. ¿Qué podía perder?

.....Fuimos a su casa. Un apartamento como otros tantos, sito en una urbanización de tantas, alejada del centro de la ciudad. No hicieron falta excusas, los dos sabíamos a lo que íbamos, lo que buscábamos... O al menos eso creí yo. Me equivoqué, porque lo que ella quería, lo que deseaba en última instancia, no era lo que deseaba yo. Lo que yo deseaba, sólo alcanzaba a cumplir la primera parte de su querer. El colofón que ella proyectaba para aquel encuentro nunca lo sospeché, pese a las señales de alarma, pese a aquel brillo extraño que parecía irradiar desde el fondo de sus ojos, un colofón que en realidad era el verdadero y único motivo por el cual yo había sido elegido, y por el que me encontraba ahora allí. Es fácil, llegados a este punto, colegir que me encontraba en manos de una mantis o de una viuda negra; pero, no desmintiendo la deducción, se erraría el tiro.
.....Nos servimos unas copas: ella siguió con el whisky --un blended premium--; yo, con el gin-tonic --ginebra y tónica de marcas de calidad, pero convencionales. Nos sentamos en un gran diván de cretona estampado en tonos lila, negro y blanco, con motivos vegetales que recordaban el minimalismo de los biombos chinos. Allí profundizamos más en la conversación. Comenzamos a hablar de nosotros, de nuestra infancia, de la adolescencia, de los estudios, de los juegos, de las anécdotas y vivencias, de las "primeras veces" (así, en genérico, pues se trataba de expresar el asombro o la turbación ante la primera vez que descubríamos o experimentábamos esto o aquello). Llegamos al sexo, como es de suponer, pero lo hicimos de una manera natural, hilvanada, congruente con la secuencia de nuestras dialogadas exposiciones. Hablamos de la revolución sexual de Erich From en los sesenta, de la reacción hippie, de las comunas, de aquella necesidad que hubo de reivindicar el sexo de una manera natural y sin los prejuicios religiosos que impregnaban entonces las costumbres, atenazando la libre expresión de los cuerpos que se desean y se buscan, y llenando las conciencias de tabúes e interdictos. Acabamos por hablar del Marqués de Sade, de Leopold von Sacher-Masoch, de Giacomo Casanova, de Choderlos de Laclos y su Valmont, de Wilmot, de Sackeville, de nuestro Don Juan...

.....Decidimos despojarnos de la ropa, y lo hicimos. Obviamente mi estado de creciente excitación se hizo más patente que el de ella. No me causó la menor turbación. Todo se había desarrollado de una forma tan sencilla y coherente que no tenía motivos para estar turbado o sentir vergüenza o incomodidad alguna. Lo que debía cumplirse se cumplió. Hicimos el amor, primero con ternura y después de forma salvaje. Ninguno parecíamos sentir la menor limitación, el menor reparo, la más mínima reserva. Estuvimos atareados en la conquista, exploración y disfrute de nuestros cuerpos durante toda la noche. Ya de madrugada, tras un ligero descanso de apenas una hora, algo me despertó -quizá la intuición. Ella me estaba mirando. Volví a ver en sus ojos aquel brillo que me causara alarma, pero ahora ya no parecía provenir de lo más profundo sino que destellaba en toda la superficie de sus enormes pupilas verde mar. Más que brillo, más que reflejo, parecían poseer radiación propia. Al principio temí por mí, por mi vida, porque aquella mujer realmente fuese a cobrarse, en mí, a su víctima (Nadie sabía que yo estaba allí -poco importaba, de todos modos-, podía ser asesinado sin dejara el menor rastro. Sólo habría que hacer desaparecer mi cuerpo).
.....Pero no, amigos míos, no ocurrió nada de eso. En realidad mi vida no corría el menor peligro. Porque la que corría peligro era la de ella. Tuvo mala suerte al elegir, esta vez. Y yo tuve mucha por ser el que soy. Ya lo vengo diciendo desde el principio: quien no teme matar, tampoco teme morir; pero casi siempre es preferible vivir a morir. Antes de que ella pudiera pudiera hacer el menor movimiento, antes incluso de saber qué era lo que le había pasado, la tenía a mis pies, los ojos abiertos, ya sin brillo, la radiación apagada. En su pecho el fino estilete que pretendía hundir en el mío. Es lo que tiene haber profundizado en la cultura oriental, incluso en sus muy eficaces métodos de lucha sin armas. El Zen les sirvió a los guerreros samurai para enfrentarse con la muerte, no ya sin el menor temor (eso ya lo sabían hacer), sino con el alma totalmente aquietada. Un samurai imbuido del espíritu Zen se enfrentaba a la muerte como quien va a segar, y las vidas de sus enemigos, de sus rivales, no eran sino cañas de bambú. Yo, por entonces, llevaba veinte años transpirando aquel mundo, ejercitándome en aquella disciplina de auto control y dominio sobre el cuerpo. Mi intuición estaba tan desarrollada que ya no necesitaba pensar para actuar: mi cuerpo actuaba sin mediar reflexión, automáticamente, más que automáticamente preventivamente a la menor señal de peligro. El cuerpo, sin la intervención mediadora -y torpe- de la mente, es una antena de increíble sensibilidad... y a la vez un mensajero instantáneo, un ejecutor despiadado y eficaz. Después, una vez conjurado el peligro, vendrán las preguntas...
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.....Nunca supe quién era aquella mujer, y si mató antes (imagino que sí, por su forma de conducirse). Pero no soy curioso. Nunca lo he sido. En cambio, fue mi primera vez. No discutiré que sentí cierta turbación, y hasta un amago de malestar que desaparecería gradualmente. Descubrí con asombro que no experimenté ningún remordimiento, ningún pesar. No porque tuviese la excusa de la defensa propia, sino porque hallé en mi interior una creciente y placentera sensación de poder, que llegó a ser, incluso, y en cierta manera, más intensa que los orgasmos tenidos horas antes. Mientras me duchaba establecí una absurda analogía: el agua que caía por mi cuerpo la sentí como si fuera la de un segundo bautismo... Cuando salí de la ducha aún persistía una ligera emoción, un leve temblor por todo mi cuerpo y una extraña sensación de euforia en el alma. Me entretuve en limpiar todo de posibles huellas, cualquier cosa que pudiera delatar mi presencia en la casa. A ella la dejé así, tendida junto a la cama, con la hoja del estilete hundida completamente en el quinto espacio intercostal, sólo la bella empuñadura de marfil labrado (posiblemente de origen malayo) sobresalía de su tórax como una excrecencia, apenas un hilo de sangre corría por su costado hasta el suelo. Me fui con la impresión de que, a partir de ese momento, me deslizaba pendiente abajo por el tobogán de la vida, de una vida que ya coquetea con la muerte y que descubre en el coqueteo, que ésta, la muerte, no es sino una máscara de la vida, una máscara tras la cual otra vida comienza... para los dos: víctima y verdugo.

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GALERÍA


Edward Hopper
1882-1967

3
1949 -1965

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Cape Code Morninrg, 1950
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Summer in the City, 1950
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Rooms by the Sea, 1951
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Hotel By A Railroad, 1952
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Morning Sun, 1952
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Office in a Small City, 1953
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Carolina Morning, 1955
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Sunlight on Brownstones, 1956
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Western Motel, 1957
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People in the sun, 1960
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Second Story Sunlight, 1960
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Woman in the Sun, 1962
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New York Office, 1962
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Intermission (also know as Intermedio), 1962
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Sun in a Empty Room, 1963
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Chair Car, 1965
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Two Comediants, 1965
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Cape Code Evening
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Coast Guard Station
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Early Sunday Morning, 1930
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El Palacio
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First Row Orchestra
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Girl at a Sewing Machine
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Hotel Window
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Summertime
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Sunlights in Cafeteria
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Room at New York
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Moonlight Interior
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Morning in a City 
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New York Restaurant
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Sunday
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Sunday
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Bridge on the Seine
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Cape Code Afternoon
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Le Pont Royal
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lunes, 1 de julio de 2013

Relatos de Julio 2013 (1): El Crimen (I) - GALERÍA: Edward Hopper (2)





Matar a alguien es muy duro. No sólo le quitas todo lo que tiene,
sino todo lo que podría llegar a tener...
William Munny (Unforgiven -Sin Perdón-, Clint Eastwood)

Vivir es un transitar; morir, un tránsito. No se excluyen, se complementan.
Engendrar y matar son dos caras de una misma existencia:
con una, colmas un vacío; con la otra, lo dejas.
Pensamientos horribilis. Héctor Amado


El Crimen
(I)

I
.....Inspirar, retener, espirar pausadamente... Inspirar, retener, espirar pausadamente... Se imponía esta disciplina con la esperanza -fundada- de que con una rítmica pauta respiratoria podría acceder a la calma, sosegarse, recuperar el control sobre sí mismo. De algo debían de servirle los años dedicado al cuidado y la potenciación de sus facultades físicas. Nadie como los orientales en este aspecto; el del auto-control, me refiero. Es curioso (más de una vez había elucubrado) cómo la humanidad siguiera caminos divergentes atendiendo a la longitud meridiana de su ubicación: el Occidente, más centrado y enfocado en la mente racionalista, más empírico, más materialista; en Oriente, más inclinado a la mente especulativa, más onírico, más idealista. En un caso, el pragmatismo guiaba la conducta; en el otro, la fantasía. En uno, la razón; en el otro, la intuición. El término medio, la equidistancia, había sido intentado, con desigual fortuna, por individuos de uno y otro hemisferio. Ahí están los ejemplos paradigmáticos de Herman Hesse, de Lafcadio Hearn, de Octavio Paz, de Borges, de tantos y tantos aventureros que más buscaban respuestas a preguntas sin respuesta (en su cultura de origen) que intereses meramente económicos. Menos son los ejemplos modélicos en sentido contrario (lo que no quiere decir que no los haya), no hay más que ver cómo las sociedades orientales se han subido al carro de los usos y costumbres que son típicamente occidentales, entre ellos el de un consumismo alienante.  Si bien es cierto que desde allí -desde Oriente- algunos espíritus lúcidos han denunciado esta deriva materialista, competitiva, des-almada del capitalismo feroz (la peor cara del capitalismo, el voraz, el que utiliza a los seres humanos como algoritmos o agentes suministradores de dividendos). Ahí están los escritores y directores de cine japoneses, por ejemplo, que sin hacer una apología nacionalista y cerrada de sus valores tradicionales, los pusieron en valor, en espléndidas obras maestras del cine, ante la pérdida de referencias y el desnortamiento en que parecía caer irremediablemente su sociedad (el capital actúa, siempre, como la Nada de Michael Ende: todo lo engulle, todo lo vuelve gris, o, por el contrario, luz de neón; pero, al final, todo concluye teniendo el mismo color: el del dinero).

.....Poco a poco el temblor fue desapareciendo. Ya no era más que un apenas perceptible trémolo, una pequeña vibración que no obstante se negaba a desaparecer del todo, como sucede tras uno de esos orgasmos superlativos en que el cuerpo no llega a recuperarse del todo hasta pasadas varias horas. Se sentía igualmente confuso e imbuido de un torpor que en él no era habitual. Él, el constantemente lúcido, el despierto, sentíase como dormido, y al mismo tiempo formando parte del sueño. Se miró las manos. Aún temblaban, pero estaban limpias. Ni rastro de sangre; ni entre las uñas. Las imágenes se deslizaban velozmente por su mente, se superponían, se atropellaban, establecían conexiones sin relación alguna con los acontecimientos recién vividos. Pero ¿Los había vivido, en realidad? ¿No se trataría todo de un sueño, de un sueño soñado dentro del sueño? Quien vive experiencias extremas suele tener este tipo de sensaciones infiltradas de irrealidad. Como si uno quisiera modificar lo que ya es imposible enmendar, lo que ya se ha cometido. Quizá si uno fuera capaz de escaparse a otra dimensión, a otro de esos universos que ahora se dice existen y que están aquí, solapados a éste que conocemos y del que formamos parte. Pero eso sólo es un sueño. El hombre siempre ha querido escapar a su destino. Lo sabe portador de incongruencia, de injusticia, de absurdo; por eso sueña con otros mundos, con lo fantástico, con lo imposible recorriendo el camino improbable de la posibilidad. Eso le consuela. Es como jugar a la lotería, por difícil que sea obtener el premio (el gordo, el que te libraría de la servidumbre de los necesario --al menos eso crees) uno, al jugar, se pone él mismo en juego, y poniéndose en juego, en suerte, amortiguando así la angustia, deteniendo la rueda de la desesperación durante un tiempo; un tiempo que no habrá más que renovar semana a semana, con fe, jugando, creyendo en universos paralelos, en dioses que nos observan, que nos acogerán cuando llegue el momento, que nos compensarán de este absurdo, de esta incongruencia, de esta injusticia. Echar mano de la irrealidad es un remedio, una tabla de salvación, cuando uno ha naufragado en la realidad.

.....Y él, en cierto modo, tenía la impresión de haber naufragado. La nave en la que había transitado por la vida hasta ese momento se había ido a pique de la forma más expeditiva, más irremediable; engullida por un maelstrom, por un terrible torbellino, que lo había dejado sin un suelo firme que pisar, a merced de un encrespado oleaje que muy probablemente acabaría por tragárselo. Pero se resistiría, vaya que lo haría. Y la primera medida de resistencia era el torpor, la sensación de irrealidad, el distanciamiento, la desculpabilización. Después, cuando ya hubiera tomado distancia, cuando se hubiera alejado suficientemente del torbellino, evitaría que éste lo tragase. Sólo había que mantenerse a flote el tiempo necesario, y confiar en que los tiburones no hicieran acto de presencia. Los tiburones, sí, siempre acuden al olor de la sangre. Probablemente acudirían. Pero esperaba estar lejos cuando eso sucediese, lejos y... a salvo. Se volvió a repasar la ropa, la camisa, los pantalones, los zapatos... cualquier mancha desapercibida podría delatarlo, aunque estuviera lejos, los tiburones tienen el olfato muy fino y podrían seguir su pista, por el olor. Las manchas de sangre, son fáciles de quitar cuando se tratan a tiempo, cuando aún están húmedas. El agua limpia es suficiente, si el tejido es natural. Lo malo son los sintéticos, algunos reaccionan con la  albúmina y forman compuestos insolubles, indestructibles; la huella entonces no desaparece del tejido, hay que quemarlo, destruirlo, volatilizarlo. No, no detectó ninguna mancha. Ninguna salpicadura. Al menos a simple vista.  Lo mejor sería deshacerse de todo cuanto llevaba encima en el momento de... Pero no disponía de otra ropa en ese momento. Hasta no disponer de ropa nueva, debía arriesgarse. Lo importante -se decía- era alejarse cuanto antes, y cuanto más lejos mejor.

.....No parecía probable que lo buscaran a él. No, al menos, mientras no pudiesen atar ciertos cabos que dificilmente atarían. Pero nunca se sabe, los sabuesos -los tiburones- tienen muy desarrollado el olfato, cuando menos te lo esperas los tienes a los talones, llamando a tu puerta, enseñándote la placa -los colmillos-, pidiéndote que los acompañes, arrastrándote hacia las profundidades de un antro donde te ahogarán a preguntas. Y tú, por mucha calma que intentes aparentar, te acabarás delatando, cometerás una sutil estupidez, y ellos, que la están esperando, la captarán de inmediato. Siempre pasa: la asfixia, la presión, la culpabilidad que actúa taimadamente desde dentro, dejarán caer una incongruencia, una inconsistencia, que deshilachará tu coartada. De nada te servirá entonces estar en otra galaxia, atarán cabos con tus hilos sueltos y con ellos tejerán la soga de la que penderás. No existe el crimen perfecto. Sólo el azar es capaz de cometerlo. Si el azar se alía contigo -cosa que no suele suceder comunmente- quizás tengas una oportunidad, una entre un millón; pero no puedes contar con él, eso es tanto como confiar ciegamente en que al final te tocará la lotería (cuando sabes que eso es altamente improbable, por no decir imposible). Así pues, me repaso de arriba abajo. Me miro los bolsillos. Que no haya nada en ellos delatador. A veces un simple papel con un apunte, un número de teléfono, una lista de la compra, una entrada para un espectáculo, un billete de tren o autobús, cualquier objeto que pueda decir de ti y de tu circunstancia mucho más de lo que tú mismo crees, y mucho más, por descontado, de lo que ellos necesitan para averiguar, para atar cabos, para deshilachar tu coartada, para situarte en el lugar del crimen, para colgarte el muerto.


II
.....La atracción del abismo, la seducción del caos, la voluptuosidad que proporciona la ruptura del interdicto, el abandono en brazos de la vorágine amoral de la vida, de todo ello hay en el comportamiento criminal. Digo más, son las últimas razones -o las primeras- por las que el criminal cumple su fatídico destino. La perplejidad subsiguiente, el mareo existencial, el arrobamiento en un placer que cuesta reconocer como tal, no es sino la sensación de libertad, de inmensa libertad, que da el haber sido capaz de contravenir toda norma, toda ley, incluso la tenida como más sagrada por el hombre: no matarás (o no causarás dolor, ni daño, a un semejante, por placer). Normalmente esa sensación en principio equívoca, de  extraño, inexplicable e intenso placer que experimenta el criminal principiante, no se le revela hasta que no comete su primer crimen. Se ve sorprendido por ella, a veces tanto, que puede caer en la locura, quedar prendido de la irrealidad, enajenado para volver a la normalidad. Pero el verdadero criminal, aquel que descubre en el crimen una fuente (la más poderosa) de inaudito y misterioso, mas patente, placer, ése, puede retornar, desde las alturas siderales a que el crimen le catapulta, al plácido valle de normalidad donde todos sus congéneres pululan, ajenos (por cobardía) al reconocimiento del monstruo que todos llevan, en potencia, en su interior. Aquí he de aclarar, o precisar, que aunque este pensamiento (que sin duda se tachará de audaz, cuando no de disparatado) me parece de una certeza fuera de toda duda (a la historia me remito), sí reconozco que no todo ser humano está preparado para ser un auténtico criminal; puede que un criminal incidental sí, en una situación excepcional (guerra, defensa propia), pero no un criminal a conciencia, uno convencido de no contravenir ninguna ley con su comportamiento, al menos ninguna ley de rango superior o distinta de las demás leyes necesarias para una convivencia que, para él, pivota en referencias distintas a las que guían al resto de la bien pensante comunidad.

.....Un criminal, uno verdadero, que experimenta ese tipo de sensación placentera en la ejecución de su crimen, es, qué duda cabe, una excepción; aunque quizá menos rara de lo que se piensa. Repito, no hay más que variar las referencias existenciales, cambiar las circunstancias vitales de una sociedad para comprobar cómo aparecen, más de lo esperado, monstruos donde antes se presumía seres humanos. Y empleo la palabra monstruo aplicada al criminal convencido, por una mera cuestión de claridad expresiva: así, todo el mundo entenderá más fácilmente de qué tipo de excepcionalidad estoy hablando. El infeliz Rodya, por ejemplo, el patético protagonista de la soberbia Crimen y castigo, de Dostoyevski, no sería este tipo de criminal, puesto que él, Raskólnikov, mata desde la ideología, desde la reflexión. Justifica su acto en la utilidad de un bien posterior. Y eso es una garantía de fracaso (el mal aflora con toda su carga significativa de culpabilidad cuando se contempla desde la perspectiva de un bien). De hecho cuando Raskólnikov ejecuta más o menos friamente el crimen previsto (la duda, si en principio velada, siempre ejerce sobre él una especie de condicionante que le impide vivir su crimen con absoluta libertad), y ha de volver a matar ante un acontecimiento imprevisto (verse sorprendido con las manos en la masa), el fracaso a que estaba destinado (por partir de una premisa errada) sale a la luz, se muestra con toda la fuerza de la civilización, esa que lo ha educado remachando en su conciencia el interdicto esencial: no matarás.

.....Y ahí, Rodya, está perdido. Querrá justificar su primer crimen en base a los razonamientos que lo llevaron a él, pero ya no podrá. El bien absoluto que esperaba obtener (que no es más que una pueril excusa para justificar el crimen) por el mal relativo necesario para su obtención (arrebatar la vida a un ser tenido como innoble) no se verá suficientemente respaldado; ahora, además, el segundo asesinato lo dejará inerme, sin razones, sin el marco referencial urdido para poder justificar el primero. El segundo asesinato, el gratuito, el que sólo busca ocultar el primero (ocultar a la vista de un ser normal, es decir, de un representante de la sociedad bien pensante, que además, para más inri, es un ser bondadoso) le hará ver a Raskólnikov el vacío sobre el que se asentaba su bien tramado plan: el vacío psicológico, me refiero. Pues para todo crimen es precisa una coartada mental -cuando no moral, si el individuo que ha de perpetrar el crimen es susceptible de moralidad, permeable a ella, contaminado por ella. Si Raskólnikov hubiera sido un verdadero monstruo, un criminal auténtico y consciente de serlo, habría gozado aún más con el segundo crimen, el inesperado, el no tramado, el no erigido sobre razones, y, por tanto, más puro. El segundo crimen de Rodya (de Dostoyevski, que lo pergeñó y sobre el que hace gravitar la mala conciencia del joven asesino -que no criminal), para un criminal comme il faut, sería fuente inmensa del más puro e inesperado placer, no por el acto de matar en sí, no por la sensación de poder inherente al hecho de disponer de la vida del otro, sino al experimentar esa otra inmarcesible sensación de libertad que supone la violación del máximo interdicto sin remordimientos de conciencia.

(continuará)

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GALERÍA


Edward Hopper
1882-1967

2
1930 -1949
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South Truro Church, 1930
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Tables for ladies, 1930
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The long leg, 1930
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Freight car a Truro, 1931
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Hotel Room, 1931
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New York, New Haven and Hartford, 1931
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The Barber Shop, 1931
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The Camel's Hump, 1931
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City Roofs, 1932
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Room in Brooklyn, 1932
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Burly Cobb's House, South Truro, 1930-1933
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Ryders House, 1930-33
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Sun on Prospect Street (Gloucester, Massachusetts), 1934
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House at Dusk, 1935
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Shakespeare at Dusk, 1935Shakespeare at Dusk, 1935
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Cape Code Afternoon, 1936
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Jo Painting, 1936
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The Circle Theatre, 1936
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Five A.M., 1937
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Sheridan Theatre, 1937
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White River at Sharon, 1937
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First Branch of the White River, Vermont, 1938
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Compartment Car, 1938
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Bridle Path, 1939
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Cape Code Evening, 1939
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Ground Swell, 1939
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New York Movie, 1939
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Gas, 1940
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Room in New York, 1940
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Office at Night, 1940
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The Lee Shore, 1941
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Nighthawks, 1942
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Hotel lobby, 1943
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August in the City, 1945
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Rooms for Tourists, 1945
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Jo in Wyoming, 1946
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Pensylvania Coal Town, 1947
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Summer Evening, 1947
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Seven A.M., 1948
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Conference at Night, 1949
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High Noon, 1949
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