domingo, 21 de agosto de 2011

El Barquero




Al Pasar la barca
me dijo el barquero
las niñas bonitas
no pagan dinero.

Canción popular


Hacia el crepúsculo rema el Barquero. Hastío en la mirada, en las manos el remo. Hacia el crepúsculo rema, donde las luces son todo fuego de mar en llamas y luego, allí, tras la oscuridad, deja su cargamento de aquellos que ya, cumplido su periplo en el vivir, fueron. Lo deja y no sabemos dónde; nadie sabe lo que se esconde tras las aguas del olvido, quizás lo no vivido, quizás un mañana presentido, quizás, tras algunos haberes, una larga lista de debidos.
Rema el barquero, ojos de carbón encendido, hundiendo el remo en las aguas del olvido. Van las almas silenciosas, temerosas del destino de los que ya no tienen destino, acurrucadas en un rincón de una especulación y un sinsentido.
El Barquero hunde el remo en la nada que a nada lleva, y avanza hacia un crepúsculo de soles ateridos, los soles de los que fueron ojos encendidos, no, ya, apagados, sino postergados, esperando el testigo que los devuelva a cielos renovados.
Rema barquero, rema. Hunde el remo en la profunda y negra nada, lleva tu funesta carga a donde una esfera luminosa la reclama.
Van las almas sin un gesto, huida la conciencia, solo almas, en la barca, de aquellos que ya vivieron y, viviendo, cumplieron la misión predestinada. ¿Qué si nos pareció poco? ¿Qué si nos fue escasa? Vive la vida en los vivos lo que a los vivos querer no alcanza. Nos vive la vida lo que quiere ella vivir, de nuestra voluntad, disfrazada; y, al cabo, cumplido lo vivido, el alma, arrimada al océano del olvido, espera al Barquero, que la habrá de llevar hacia un crepúsculo donde arden, eternas teas encendidas, las marchitas esperanzas.

Tiene el Barquero callos en las manos que semejan flores secas y el aliento gris y lacio de los crepúsculos invernales, pero tiene el corazón latiéndole albores irisados y una compasión infinita por las almas que transporta. Rema Barquero, rema, conduce tu barca de noche hacia las esferas, preñadas de día, luminosas, donde las almas de aquellos que vivieron, dichosos ya de no sentir, reposan.

-o-o-o-

jueves, 18 de agosto de 2011

De Dragones: y (7)



En el anterior post dejamos a Lord Dunsany en una pausa de su relato; pausa que aprovechó para beber un sorbo del agua más pura y etérea que imaginarse pueda: agua procedente de manantiales de las Montañas Azules, producida por la condensación de los sueños del dios de la lluvia que allí tiene su morada (precioso líquido que es trasunto, pues, del mítico licor de la fuente Castalia con el que las musas residentes en las estribaciones del Helicón regalan el gaznate y las mentes de los poetas por ellas amados).
Una vez hidratada su garganta, refrescadas sus cuerdas vocales y estimulada su imaginación, Edward John Moreton Drax Plunkett, decimoctavo Baron de Dunsany, conocido popularmente por Lord Dunsany, ajustándose los quevedos al puente de su fina y aristocrática nariz, prosiguió el relato...


ORIENTE Y OCCIDENTE
(Lord Dunsany)

El hombre del segundo carruaje iba vestido del mismo modo que el primero, aunque aún más empapado que el anterior, pues no había cesado el aguanieve; pero un traje de noche sigue siendo un traje de noche en cualquier lugar del mundo. El conductor también llevaba el mismo sombrero engrasado y la misma capa impermeable que el primero. Cuando el carruaje hubo pasado, la oscuridad engulló las dos lámparas, la nieve cubrió el rastro de las ruedas, y no quedaron más que las especulaciones del pastor acerca de cómo un cabriolé había podido ir a parar hasta aquel lugar de China. No obstante, pronto también éstas se desvanecieron, y el pastor volvió a sus leyendas y a la contemplación de cosas más serenas.
La tormenta, el frío y la oscuridad hicieron un último esfuerzo y lograron hacer que temblaran los huesos del pastor, que castañeaba los dientes de aquella cabeza que divagaba entre fábulas de flores. De repente, había amanecido. Podían ya distinguirse las siluetas de las ovejas, y el pastor las contó. Ningún lobo parecía haberse acercado. No faltaba ninguna. En ese momento apareció el tercer cabriolé con sus lámparas aún encendidas y un aspecto ridículo a la pálida luz de la mañana. Todos venían del Este con el aguanieve; todos se dirigían al Oeste. Y el ocupante del tercer carruaje también vestía traje de noche.
Entonces el pastor manchú, tranquilamente, sin ninguna curiosidad y aún menos asombro, sino como alguien acostumbrado a ver cualquier cosa que la vida tenga que mostrarle, aguardo allí durante cuatro horas para comprobar si pasaba alguno más. El aguanieve y el viento del este persistían. Y al fin, al cabo de las cuatro horas, paso un nuevo carruaje. El cochero iba tan rápido como podía, como si quisiera aprovechar al máximo la luz diurna. Su capa de cochero ondeaba al viento, y en el interior del carruaje un hombre vestido con traje de noche era sacudido de un lado a otro por las irregularidades del camino.
Se trataba, por supuesto, de la célebre carrera de Pittsburg a Piccadilly por el camino más largo. Ésta había comenzado una noche, después de cenar, en casa de Mr. Flagdrop. Y había vencido Mr. Kagg con el honorable Alfred Fortescue; hijo, como todo el mundo podrá recordar, de Hagar Dermstein, quien llegó a convertirse (mediante Carta de Patente) en Sir Edgard Fortescue y, finalmente, en Lord St. George.
El pastor manchú siguió esperando hasta la noche y, cuando comprendió que ya no pasaría ningún otro carruaje, volvió a su casa para cenar. El arroz que le habían preparado estaba caliente y sabía bien, aún mejor, si cabe, después del horrible frío que había traído el aguanieve. Cuando hubo terminado de comer, repasó concienzudamente su experiencia recreando en su interior cada detalle de los carruajes que había visto, pero desde allí su pensamiento se fue deslizando serenamente hacia la gloriosa historia de China, regresando a los tiempos innobles anteriores a la llegada de la calma y, aún más allá, a los días felices del mundo en que dioses y dragones habitaban la tierra y China era joven. Luego, encendiendo su pipa de opio y dejando fluir sus pensamientos, contempló la futura edad en que ha de producirse el regreso de los dragones.
Durante un largo espacio de tiempo su mente descansó en tan profunda serenidad que ningún otro pensamiento logró apartarla de ella, de modo que al levantarse abandonó su letargo como el hombre que emerge de un baño, renovado, limpio y satisfecho. Así, pues, de sus reflexiones concluyó que todo cuanto había visto en la llanura eran elementos maléficos de la misma naturaleza de los sueños o vanas ilusiones producidas por la acción, la gran enemiga de la calma. Entonces su pensamiento se dirigió a la forma de Dios, el Único, el Inefable, el que se sienta junto al loto blanco negando la acción y le dio las gracias por haber eliminado de China todas las malas costumbres y enviarlas a Occidente igual que la mujer que arroja la suciedad de su hogar a los jardines vecinos.
Después de aquella gratitud, el pastor volvió a entregarse a la calma, y tras la calma, al sueño.

Fin
Oriente y Occidente
Cuentos de los tres hemisferios. Lord Dunsany (1878-1957)


...Y os aseguro que en el Dragon Jazz nadie dormía. El silencio, en el que flotaba aún ese postrer sueño articulado con delectación por aquel Creador de Universos irlandés, parecía a punto de reventar por una emoción, si latente, patente. Uno contemplaba todas esas espantosas caras reptilianas, con el gesto demudado, los ojos más acuosos de lo habitual, las bocas más cerradas, la posición más erguida... Ensoñación atenta sería el término apropiado. Sí, una contradictio in terminis (¿Acaso hay algo más contradictorio que un dragón?).
Fafnir fue quien quebró el silencio con un "¡¡¡Vaya!!!", que resonó como uno de esos truenos que anuncian un rayo cercano, y por primera vez se le oyó decir una frase completa en voz alta: "¡Eso ha estado muy bien caballero. Muy bien!". La algarada que se montó seguidamente es hasta tal punto indescriptible que no sabría cómo trasladarla al papel. Al bueno -e imaginativo- de Dunsany le llovían felicitaciones desde todos los puntos del Club, en todos los lenguajes, con todas las formas expresivas posibles, articuladas con inflexiones nunca antes escuchadas en tan polifónica sintonía... era una monumental coral de sonidos guturales cuya amplitud de registros sería harto fútil intentar describir. Se levantaban copas, se brindaba a la salud de aquel hombre de planta elegante que, ostensiblemente azorado, saludaba con leves inclinaciones de cabeza a uno y otro lado correspondiendo a tales muestras de cariño y reconocimiento.


Yamata-no-Orochi (el dragón marino de ocho cabezas y ocho colas que según el Kojiki y el Nihonshoki, libros ancestrales japoneses, habita en la zona del Mar del Japón conocida como Torikami, en la región de Izumo, el custodio de la espada sagrada Kusanagi -símbolo y emblema de la dinastía imperial de aquel país-, y a quien decapitaría el dios desterrado Susanoo, tras dormirlo engañosamente con sake, y librando a la bella Kushinada, octava y última hija de Ashinazuchi, de morir devorada por él) movía sus cabezas entrelazándolas y formando trenzas con sus ocho cuellos y sus ocho colas, que destrenzaba seguidamente, para volverlas a trenzar en sentido inverso, mientras de sus belfos salían pompas de agua salina que flotaban en el aire y se dirigían hasta donde se encontraba Lord Dunsany para, una vez sobre su cabeza, estallar y derramarse en forma de finísima lluvia de plata azulada que acababa nimbando sus rubios cabellos dejándolos como trigo salpicado de rocío. Los long chinos, los ryus japoneses, los yong coreanos, ondulaban sus sinuosos cuerpos sobrevolando las cabezas de todos, sorteando lámparas y focos, poblando el techo del local de un multicolor mosaico dinámico; se entrechocaban jarras, se guiñaban ojos cómplices, se atizaban palmadas en las espaldas en señal de camaradería cuando se comparten ilusiones y sentimientos...
En el aire se mascaba el optimismo, se habían escuchado las palabras mágicas: "contempló la futura edad en que ha de producirse el regreso de los dragones." Y esto había provocado el estallido de optimismo. Él, un Creador de Universos lo pronosticaba, luego no todo estaba perdido.
Era significativo que quienes debieran devolvernos la ilusión fueran los dragones de Oriente, los sabios, los benéficos, los creados por aquellos hombres que más cercanos se encuentran del Espíritu Inefable, del Dios originario, el Único, el de Todos y el de Nadie. El relato que acabábamos de escuchar no era fortuito. Era un relato premonitorio, un augurio, una narración con poder profético. Y habían sido ellos, los orientales, como no podía ser de otra manera, quienes lo habían traído...


Es curioso, después supe, supimos todos, que la reunión fue convocada por ellos, los orientales. Querían transmitirnos el mensaje: los dragones volverán a caminar, volar y nadar, sobre la tierra, en el aire y bajo el mar. Los dragones volverán, sí, los traerán una raza de hombres nuevos, una raza de hombres sin miedo, una raza de hombres emanada directamente del pensamiento original, aquel que nos engendró a todos: humanos, dioses y dragones, y con ellos a todas las demás maravillas que forman parte y hacen posible la vida en los universos que pueblan la Realidad... y los Sueños.
Mientras tanto esperaremos... Aunque mi consistencia sigue desvaneciéndose, inexorable, trágicamente. ¡Quién sabe! Igual mudo mi apariencia y cuando ya solo quede mi conciencia, cuando mi apariencia draconiana haya desaparecido, una nueva envoltura cubra mi realidad, o mi sueño.

Fin
(De Dragones, 2011)


-o-o-o-

martes, 16 de agosto de 2011

De Dragones (6)



No digas que fue un sueño
lo que forjó tu realidad.
Cuando dices, realizas
lo aparentemente soñado.
Ese es el secreto de la Palabra,
ese que está escondido
en el laberinto de la Utopía
que es el vivir.
Nombra y estarás dando realidad
a lo nombrado.
¿Qué es el Ser Humano
sino el Señor de la Palabra?
¿Y qué es la Palabra
sino creadora de la realidad?
De la Realidad, el Sueño y la Palabra
Héctor Amado

El ambiente está más cargado que nunca. Ya están casi todos. Multiformes figuras siniestras atestan este singular local que los ha concitado... quizás por última vez. A pesar de lo siniestro de sus apariencias, el clima de francachela en que las animadas conversaciones se intercalan con risas de todos los tonos y matices, fumarolas de todos los colores dibujando todo tipo de diseños humeantes, llamaradas ocasionales de todos los tamaños, y expresiones de lo más variopinto, todo este guirigay -decía- produce un efecto paradójico que raya en la comicidad. La música, que variando de estilos continuamente a duras penas logra distinguirse entre todo este alboroto, acaba por empastar una amalgama de todo-sonoro difícilmente definible: algo así como el ruido de fondo de un espacio sideral arcano, desaparecido hace ya incontables eones, que llegara a nosotros como un eco de lo que una vez fue y ya, en el momento presente, no existiese mas que como resonancia que un sensible radar detectase y lo diera a conocer.

(Estoy perdiendo consistencia, mi inmaterial materia se va tornando nebulosa; incluso aquí y allá hay zonas de mi espinoso crestón que ya casi son traslúcidas, así como las membranas interdigitales de garras y patas: nada me impide la visión a través de ellas, apenas poco más que evanescentes tules de trama invisible.
Habré de darme prisa, aún he de acabar mi exposición panorámica sobre las criaturas reptilianas que pueblan el Dragon Jazz. Espero poder cumplir mi compromiso antes de que mi pensamiento se diluya en la nada de lo no existente, y esta vez, definitivamente, ni en la realidad, ni en la imaginación, sea posible decir nada, pues nadie habrá para decirlo).


Un creciente sonido de campanillas, chirimías y percusión, interrumpido frecuentemente por el fragor de un estrépito encadenado de explosiones de intensidad progresiva, anuncian su llegada, la de los más sabios, los más divertidos, los más sinuosos y fantásticos de todos nosotros, por tanto, los menos terribles e inquietantes.
No necesitan alas para volar, pues vuelan con su poderosa magia desafiando toda ley y explicación mecánica; vuelan como producto de su omnímoda voluntad. Si bien reptan mientras surcan el aire de grácil manera, no necesitan de ningún sinuoso movimiento para flotar y desplazarse por él; todas esas cabriolas y curvilíneas trayectorias: bucles, espirales, parábolas, etc., realizadas con esa ligereza sorprendente en un ser de tal envergadura, con las que aparecen y que son el regocijo de pequeños y mayores, las hacen por dar espectáculo; conscientes como son de lo horroroso de su apariencia -según los cánones actuales de belleza humana, pues no siempre fue así; hubo un tiempo, cuando los dragones, los hombres y los dioses convivían en un mismo plano, en que el canon estético era mucho más laxo y amplio, y, sobe todo, menos excluyente-, conscientes como son -decía- de su pavorosa imagen, intentan (y lo consiguen en la mayoría de las ocasiones) hacer más digerible, más tolerable, su presencia aportando un toque de diversión y comicidad (pues nada hay que resulte más cómico que ver al horror hacer arlequinadas).

La puerta se abre y una troupe de estos genios voladores venidos de Oriente penetran en el Dragon Jazz. Con sus ojos de langosta -lo que les hace parecer sempiternamente asombrados- sobresaliendo ostentosamente de sus cráneos de caballo o de lagarto, sus cuerpos serpentiformes provistos de patas delanteras y traseras con pezuñas de tres y cuatro garras, bien de águila, bien de saurio, sus melenas de león, sus bigotes de bagre -esos enormes siluros anguiliformes-, sus hocicos de perro, sus cornamentas de ciervo, y sus escamas de pez, llegan, multicolores -amarillos, verdes, rojos, algún azul-, haciendo juegos malabares con bolas de fuego, y lanzando guirnaldas de papel de seda teñidos con el polen de las flores que adornan el Gran Jardín del Imperio Celeste del Dragón de Oriente. Pero... ¡Oh! ¡Qué veo! ¡Con ellos viene un humano! ¡¡¡Un humano aquí!!! No, no es que esté prohibida su entrada, es que no es habitual que alguno se deje caer en tan peculiar lugar. Recuerdo que hace mucho tiempo (pero mucho) Fafnir se presentó con Sigfrido, que no dejaba de mirar hacia todos lados con ojos más asombrados que los de estos congéneres que acaban de hacer su entrada. Pero Sigfrido era un personaje, digamos que, de leyenda. Pero este es un humano; yo lo conozco, he visto su foto en un libro que sin duda está escrito por él, y que incluye su imagen como homenaje gráfico al autor.
Es un hombre delgado, alto, apuesto -según los actuales cánones de belleza-, con poblado bigote bien cuidado y unos quevedos sobre la nariz que le dan un aire aún más intelectual del que ya tendría de por sí sin ellos. Señoras y señores dragones, ante ustedes: Lord Dunsany, ese fantástico creador de universos fantásticos, de mundos que estando en éste solo él veía (y alguien más, que leyéndolo se sentía -o se siente- menos solo y extraño).
Sí, se trata del aristócrata irlandés Edward John Moreton Drax Plunkett, decimoctavo Baron Dunsany, quien viviera a caballo entre el siglo XIX y XX del cómputo occidental humano, el correspondiente a la Era Cristiana. ¿Qué hará aquí? Ha hecho su triunfal entrada montado a horcajadas, cual jinete draconiano, sobre el magnífico Dragón Amarillo, Huanglong (quien revelaría los elementos de la escritura al sabio Fuxi). Se le ve feliz, con una sonrisa de oreja a oreja, que casi le hace perder la típica flema aristocrática anglosajona -pues los irlandeses comparten con británicos rasgos de carácter, sobre todo entre el estamento de la nobleza.


Abriendo la comitiva, no obstante, exhibiendo su destreza gesticulante y voladora va el impresionante Tianlong, el Dragón Celestial chino, de un color zafiro intenso, con el vientre celeste, las melenas más doradas que el sol, los cuernos de dos puntiagudas puntas (cosa rara) y los bigotes de bagre más largos que los de todos los demás; sino fuera por lo tremendamente difícil que es determinar tal particular gesto en un ser no humano, se diría que este Emperador de los Dragones esboza una amplia sonrisa que entre los ojos saltones y las fauces de dientes afilados resulta aún más turbadora y desconcertante.
Con él, y ondeando a su lado, Ryujin, el Dios Emperador del Mar del Japón, algo más pequeño que su colega chino, aunque no de menor prestancia, pues muestra un color tornasolado que vira del azul turquesa al ciano en oleadas de escamas cuyo borde metálico da al cuerpo la apariencia de un continuo oleaje en movimiento; el azul se satura hacia la cabeza hasta adquirir un intenso color marino-verdoso indescriptible y misterioso, semejante a los fondos abisales del mar sobre el que flotan las islas del País del Sol Naciente, tan repletos de seres ominosos y de tesoros propios y ajenos, de los que no son los menos valiosos esos cofres orgánicos que elaboran primorosamente, entre sus enormes valvas nacaradas, las perlas más grandes y hermosas de cuantas pueblan los fondos marinos, incluidos los de los Mares del Sur, y que, por ello mismo, son custodiadas por ejércitos de feroces escualos. Ryujin el Mimético, Ryujin el Antropomorfo, ya que puede tomar la forma de los humanos, y cuando lo hace, aparece con una larga melena undosa de color negro azabache con reflejos azulados que se continúa hacia la cara con barba y cejas de igual color, ocultando una cara de edad indescriptible, ni joven ni vieja, en la que destacan unos ojos intensamente azules y acuosos cuyo rielante brillo recuerda el reflejo de la luna en la superficie del océano durante las noches de plenilunio. Se dice que Ryujin posee un palacio submarino que en nada ha de envidiar al Gran Palacio de los Nueve Reinos del Cielo, del Dragón Celestial chino, ni en tamaño ni en magnificencia, pues su fábrica es de nácar y los dinteles y jambas de sus puertas y ventanas del más fino y labrado coral, el pavimento es de jaspe y los sitiales que ocupan dragones de alto rango y doncellas-dragón del mar son de ámbar marino, aún más preciado que el terrestre pues en él se encuentran atrapados los primeros pensamientos de Dios, formando figuras prodigiosas y enigmáticas de una belleza inmarcesible.


La música se ha parado. Los dragones de Oriente han cesado en su batahola festiva. Simpáticamente en el local se hace el silencio. Unos golpecitos que el servicio de megafonía amplifica convenientemente, y que se resuelven en una distorsión sonora, anuncian un parlamento. La voz bellísima del aura de Oriente, ese sonido apenas perceptible por el oído de los humanos con que el sol anuncia su salida todas las mañanas, se deja oír:
"Mis queridos dragones, disculpad que nos hayamos unido a la fiesta en último lugar. Los que fueron primeros bien está que guarden preeminencia y rindan cortesía a quienes les han sucedido poblando culturas posteriores. Asistimos a este cónclave con la confianza y la certeza de que no será el último, mas conscientes somos de los malos tiempos que vivimos para la imaginería de nuestros creadores, los humanos, enfrascados como están ellos en sus entelequias positivistas atiborradas de una realidad que los ahoga. Creo -creemos-, que no todo está perdido, que nuevas generaciones de humanos vendrán en que nos rescatarán del olvido y nos restituirán al lugar que nos corresponde. En señal de homenaje y sacrificio, de invocación a dioses y hombres, hoy, aquí, hemos traído a un digno representante de esa estirpe de seres que son capaces de crear mundos, de forjar universos, de recrear y reinterpretar lo que es, en clave de lo que debería ser; una estirpe a la que debemos, en gran medida, nuestra existencia, pues sin la íntima aquiescencia que todo ser humano siente en su corazón con nuestra posibilidad, tampoco sería posible nuestra viabilidad.
Habrán reconocido Ustedes a Lord Dunsany: su fisionomía lo delata, su sonrisa lo presenta, sus historias lo desvelan. Este extraordinario especimen humano es uno de tantos a los que tanto debemos. Lo hemos traído para que su alma humana se impregne de la nuestra -¡tan irrealmente real!- y para que nos dé él algo de la suya. Que su voz sea el clamor que haga retumbar los cimientos de todos los universos, que su voz, su voz pausada, sugerente, creadora, sea invocación al Espíritu Inefable (esto os lo dice quien, según ellos, los hombres, creó la escritura y sus pilares; luego sé bien del poder de la palabra).
Él mismo nos va a contar uno de sus cortos relatos de largo recorrido, en el que nos homenajea tan bellamente como es posible hacerlo, colocándonos en el centro de un tiempo de bienaventuranza, una Edad de Oro en que Humanos, Dioses y Seres Fantásticos (entre quienes los dragones nos contamos) caminábamos, volábamos y nadábamos juntos por este mundo, reflejo del Otro, donde el Ser Inefable habita.
Amigos míos, todos tenemos hermosas historias que contar; bellas leyendas detrás de nuestras vidas (incluso las más truculentas no carecen de su faceta prístina, de difícil belleza, pero belleza al fin y al cabo). La historia que nos va a contar Lord Dunsany tiene esa belleza; que ella nos sirva de exorcismo del olvido, que actúe de llamado a la puerta de lo aún innominado para que engendre la Palabra Nueva que nos rescate y restituya.
Señoras, Señores, con todos Ustedes, Oriente y Occidente, de Lord Dunsany".

Sobre el silencio sobrevenido sonaron, inconfundibles, las notas de un gong cual latidos del corazón del tiempo, y, sobre ellas, se escuchó la voz humana, levemente atiplada, de Edward John Moreton Drax Plunkett, más conocido por Lord Dunsany, de la estirpe de los hombres creadores de universos...


ORIENTE Y OCCIDENTE
(Lord Dunsany)

Era una cerrada noche invernal. Un horrible viento traía aguanieve del Este y hacía ulular las altas hierbas secas. Dos minúsculos puntos de luz aparecieron en medio de la llanura desolada: era un hombre a bordo de un cabriolé que viajaba en solitario por el norte de China, sin más compañía que la de su conductor y el exhausto caballo.
El conductor vestía una buena capa impermeable y, por supuesto, sombrero de seda engrasado, pero el pasajero del carruaje, en cambio, tan solo llevaba un traje de noche. No llevaba cerrada la ventanilla a causa de las frecuentes caídas del caballo, el aguanieve le había apagado el cigarro y hacía demasiado frío para dormir. Las dos lámparas destellaban mecidas por el viento. Gracias a la luz vacilante que parpadeaba en el interior del carruaje, un pastor manchú, que vio pasar el vehículo mientras vigilaba sus ovejas en la llanura por temor a los lobos, pudo tener ante su vista por vez primera un traje de noche. Aunque sólo lo vislumbró vagamente y empapado de agua, fue como si contemplara un pasado a mil años de distancia, pues siendo su civilización mucho más antigua que la nuestra, ellos probablemente habían dejado ya atrás toda esa clase de cosas.
Lo miró estoicamente, no maravillado ante algo nuevo, si es que en realidad era algo nuevo en China. Meditó sobre ello un momento de un modo que a nosotros nos es desconocido, y cuando hubo añadido a su filosofía lo muy poco que podía extraerse de la visión de aquel hermoso carruaje, volvió a su vigilancia de las oportunidades que la noche brindaba a los lobos y a aquellos pensamientos sacados de las leyendas de China, que a tales fines habían sido preservadas, a los que de vez en cuando se entregaban como entretenimiento. Pues ni qué decir tiene que en una noche como aquella el entretenimiento era no poco necesario. Pensó entonces en la leyenda de la doncella-dragón que era aún más hermosa que las flores y carecía de igual entre las hijas de los hombres. A pesar de su hermosura humana, era sin embargo, la hija de un dragón descendiente de los dioses antiguos , y por ello también completamente divina al igual que los primeros miembros de su estirpe, aún más divinos que el propio emperador.
Cierto día la hermosa doncella abandonó su pequeña tierra, un verde valle escondido entre las montañas. Descendió por escarpados desfiladeros mientras las rocas, para complacerla, resonaban como campanillas de plata a su alrededor al paso de sus pies desnudos, y aquel sonido era como el de los dromedarios de un príncipe que regresa a su palacio a la caída de la tarde, cuando suenan sus campanillas de plata para regocijo de los aldeanos.
Había ido a coger la amapola encantada, que solía crecer y sigue creciendo hasta hoy -como los hombres podrían comprobar si fuesen capaces de dar con ella-, en un prado al pie de las montañas. Si alguien, alguna vez consiguiera la amapola, con ella llevaría al hombre amarillo la felicidad, la victoria sin lucha, las buenas cosechas y la paz infinita. La doncella descendía de las montañas con toda su hermosura... Y mientras se entretenía recordando la leyenda en la hora más difícil de la noche, la misma que precede al alba, aparecieron dos nuevas luces y el pastor vio pasar otro cabriolé.

(continuará)


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sábado, 30 de julio de 2011

¡Es el arte, estúpidos! (con la iglesia hemos topado, Sancho)


El mañana efímero
(Antonio Machado)

La España de charanga y pandereta,
cerrado y sacristía,
devota de Frascuelo y de María,
de espíritu burlón y alma inquieta,
ha de tener su marmol y su día,
su infalible mañana y su poeta.
En vano ayer engendrará un mañana
vacío y por ventura pasajero.
Será un joven lechuzo y tarambana,
un sayón con hechuras de bolero,
a la moda de Francia realista
un poco al uso de París pagano
y al estilo de España especialista
en el vicio al alcance de la mano.
Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste,
cuando se digna usar la cabeza,
aún tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas tradiciones
y de sagradas formas y maneras;
florecerán las barbas apostólicas,
y otras calvas en otras calaveras
brillarán, venerables y católicas.
El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero,
la sombra de un lechuzo tarambana,
de un sayón con hechuras de bolero;
el vacuo ayer dará un mañana huero.
Como la náusea de un borracho ahíto
de vino malo, un rojo sol corona
de heces turbias las cumbres de granito;
hay un mañana estomagante escrito
en la tarde pragmática y dulzona.
Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea.

(desgraciadamente el augurio de Machado aún no se ha cumplido, y sigue campando, por las dehesas extremeñas, en triste montanera, esa Epaña inferior que ora y bosteza, vieja, tahur y zaragatera, que se empeña en usar de la cabeza para embestir, investida de intransigencia)

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Lo han vuelto a crucificar y no se dan cuenta,
lo volverían a hacer y no se darían cuenta,
se prefiere a Barrabás, es el signo de los tiempos...
de todos los tiempos.

Diego de Velázquez
(Cristo crucificado)


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Gustave Dore
(Ilustración del Infierno de Dante)

Castigados serán a latigazos por sus pecados;
por el averno vagaran desnudos, la carne abierta...


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Música dedicada a mis entrañables pacatos
de charanga, pandereta y autos de fe:


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Y a los mojigatos de toda laya... allá donde los haya.


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Y a los disciplinantes procesionales... que solo bailan
al son de las marchas militares y del flagelo con que hienden su carne.
(hacer click en el enlace; pena que no haya podido insertarlo aquí)


-o-

A vosotros, ignorantes peligrosos,
fariseos y sepulcros blanqueados,
que sembráis de crucifijos avenidas
y ocultáis con capirotes vuestros rostros.

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APÉNDICE

Film de culto en que los protagonistas también sufren la intolerancia de una sociedad retrógada y temerosa de lo nuevo, lo libre, lo luminoso. Está en inglés, pero da igual; la potencia visual y la banda sonora es suficiente para disfrutar con ella aunque el final le deje uno "destemplado".
La sociedad que no pudo ser...


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jueves, 28 de julio de 2011

Sketches: Lucian Freud (2)

Una obra para no olvidar, la de Lucian Freud [...],
un hombre que fue capaz de aprehender
los seres que tuvo ante sí.
Beatriz Basenji


Busca el pintor plasmar la desmesura
que en su alma habita y, obscena, le estremece
por medio de esa insólita hermosura
con que el cuerpo excesivo se le ofrece.

-o-


Como una hiedra al tronco que la empina,
se abraza, amante, a quien está pintando:
ensoñación del numen que imagina;
fascinación en quien está mirando.


-o-


Dicha dormida, vecindad silente,
el brazo que se extiende al cuerpo amado
y lo rodea desmayadamente:
voluntad suspendida en lo soñado.



-o-


Belleza que en lo sórdido demora
el brillo de una carne tan cercana:
¡qué calidez del cuerpo que atesora,
sincero, el sentir del alma humana!



-o-


Perplejidad que en verde manifiesta
la realidad más exquisita y franca;
¿dónde lo natural mejor se muestra
que en la recreación que aquí se estampa?



-o-


Imagen inquietante la que asalta
al que, mirando, en ella se detiene:
la desnudez rotunda, la mirada
perdida y esa rata junto al vientre.



-o-


Esvástica de carne presentida,
lábaro trémulo cuando encendido,
derrota del impulso genocida
en símbolo que expresa el desmentido.



-o-


Luce en la cama un sol que rubio sueña;
de pie, en la sombra, la melancolía
mira al autor que fiel nos representa
la escena tantas veces repetida.



-o-


Es cómic que en la realidad se funda,
y al refundirse, sueño, la reinventa;
busca el pintor hacer caricatura,
y, al hacerlo, la realidad enmienda.




-o-o-o-

lunes, 25 de julio de 2011

Sketch: Lucian Freud



Aquellos ojos enormes -ventanas por los que asomaba, misteriosa, un alma inquietante color avellana verdoso-, estampados en aquella cara ostentosa, de nariz y boca prominentes, compendio y escaparate de los órganos de los sentidos: caricatura del ver, oler, gustar; del mirar, olfatear, paladear; pero, también, del seducir, del evocar, del besar; expresión y exposición de un rostro sensorial, mas no sensual; un rostro en el que lo expresivo se conjuga con lo hermético; un rostro crudo, hiperrealista, casi indigesto,... decididamente inquietante.
Aquellos ojos me habían abducido provocándome una contradictoria sensación de despertar de un profundo sueño; un zarandeo emocional que me estaba sacando, poco a poco, de la apatía en que me había sumido tras finalizar mi última obra: ese desfondamiento producto del vaciamiento por extravasación de las potencias anímicas vertidas en negro sobre blanco.
Estaba en la Tate Britain. Llegué a Londres buscando eso: despertar, salir del impasse, del anonadamiento estéril, y, por tanto, enervante, que todo acto creativo que precisa de un esfuerzo continuado provoca. Antes de introducirme en aquel sacro espacio del modernismo pictórico británico, había paseado por el Soho, mirado escaparates variopintos, olido aquel muestrario de la humanidad que es uno de los barrios más multirraciales del planeta, escuchado la música que salía de sus pubs, y contemplado, indiferente, las muestras más naturales de una libertad sexual que aquí tiene uno de sus referentes. Imbuido en tal cantidad de populismo casi asfixiante, de cotidianeidad, de vida ordinaria de gente corriente, se me iluminó la mente, como si entre los óseos límites de mi cráneo se hubiera producido uno de aquellos fogonazos de magnesio, arcaicos flashes fotográficos: ¡Freud, Lucian Freud! (el nieto del austriaco creador del psicoanálisis -al que tanto deben, por un lado, la clase médica psiquiátrica, y, por otro, los fabricantes de divanes-, aquel punto de inflexión en la sociología y psicología humanas, aquel polémico demiurgo creador de figuras y lenguajes que se entramarían al siglo XX como parte de su tejido socio-cultural, y que tuvo que emigrar a Londres desde su Austria natal huyendo de la barbarie nazi).


La pintura de Lucian Freud es el prototipo de una realidad demasiado real para ser cierta, una realidad que solo existe en la imaginación sentida más allá de las apariencias, al margen de toda objetividad, una realidad superlativamente subjetiva. Era lo que yo necesitaba para intentar esa conmoción que me hiciese reaccionar, puesto que la realidad tal cual no lo lograba.
Y allí estaba yo, absorto, penetrando por aquellos enormes ojos a otro mundo, un mundo denso y vasto, de grandes rasgos, de sentimientos mastodónticos, excesivos pero detenidos, a punto de reventar por inflacción pero congelados instantes antes de hacerlo. Mi interior iba tomando la consistencia de un mosto comenzando a fermentar, sentía cómo en mi boca del estómago se iniciaba una efervescencia que iba creciendo y creciendo, pujando hasta convertirse en una ebullición tumultuosa. Sentía hervirme la sangre y ascender -llama líquida, vapor de fuego- desde el vientre hasta estallar en mis sienes como burbujas ardientes de algo parecido a una flamígera angustia... Todo esto ocurría mientras yo permanecía quieto, como en estado catatónico, ya no residente en mi cuerpo sino en algún lugar al que se accedía desde aquellos ojos, un lugar remoto de un espíritu enajenado...


No sé cuánto tiempo permanecí en ese estado; solo recuerdo el paso ocasional de gente, como sombras sin rostro, que de vez en vez se interponía entre mis ojos y los suyos. Al cabo, volviendo en sí, cuando la efervescencia amenazaba con arrancarme la cabeza de los hombros como si fuese un tapón de corcho, pasee la mirada por el resto del cuadro: aquel seno desnudo asomando fuera de la bata, y exhibiendo la delatora blancura hurtada al sol -mostrando in absentia la existencia del sostén de fino hilo sin copa-, y tendido sobre el antebrazo que, cruzando bajo él, se continuaba en una mano dirigida hacia el otro seno, oculto bajo el algodón rizado o la felpa, al que sujetaba delicadamente, tan delicadamente como solo una mujer es capaz de hacer. Un seno, pues, ofrecido a la mirada, a la sugestión, tan ordinario como el que uno se puede encontrar en cualquier casa de cualquier barrio de cualquier ciudad; un seno que actúa, desde su nívea blancura, de foco y faro, de centro de atracción de la mirada -sino hubiera sido capturada previamente por aquellos enormes ojos de contundente inexpresividad-; no un seno perfecto, ni voluptuoso; no un seno idealizado, no; sino un seno demasiado familiar, un seno con el que nos cruzamos de forma habitual: en el portal de casa, en la calle, en el mercado, en la oficina; un seno que invita a acariciarlo, a palparlo, a succionarlo -convencido de obtener en el acto, una tibia y dulzona muestra de la leche más maternal que imaginarse pueda-, expuesto en un gesto nada erótico, sino natural, lógico, consecuente con su función. La otra mano, posada sobre el sofá, relajada, fina, anillada, invita al beso, al recorrido de labios por sus dedos, a la caricia detenida; una mano familiar por lo soñada; una mano elegante que contrasta con la otra más dotada del sentido de lo práctico: una, es mano de trabajadora -operativa-, la otra, es mano aristocrática -nonchalante-; ambivalencia, pues, destilando la impresión de conjunto.


El pie derecho como tercera zona de atracción luminosa (ojos, seno, pie); en ligero escorzo, tobillo, empeine y dedos, muestran su poder incisivo cual saeta de luz reposada sobre el sofá; saeta plena de sentido subrayado en la forma y el color; pie saeta que es prolongación de una pierna en forzado volteo sobre la que reposa la cabezota amazacotada del can, cuarto centro de atención (sino primero), que contribuye a acentuar la blancura del seno desnudo con su propio blancor grisáceo azulado, y colabora, así mismo, a agrandar el tamaño de aquellos ojos inmensos e hipnóticos como contrapunto a los ojillos de ratita celadora que nos miran intensamente desde la aparente y reposada, siempre vigilante, indiferencia perruna.
Ese gesto absorto, dirigida la mirada hacia un lado del espectador, no a los ojos que los miran -eso lo hace el perro-, es la expresión de una vida, sino vacía, sí impotente, irremediablemente plana, necesaria, carente de entusiasmo, quizás también, carente de elan vital. Gesto neutro de difícil lectura, incómodo de interpretar (¿qué pasa por esa cabeza?), apareciendo como despojado de vitalidad. Pose de alguien que no espera ya nada, que no bulle, mera marioneta inanimada, que no obstante transmite familiaridad, cercanía, y, por tanto, perplejidad y desasosiego, haciendo reaccionar al espectador, en este caso a mí, provocando un deseo del desear, una búsqueda de estímulos que nos alejen de esta sensación desvitalizada que hallamos en este cuerpo tan familiar, y que, por ello, se nos pega como piel de Neso y nos asfixia al transmitirnos toda la aceptación resignada de una vida ya entregada a la inercia del pasar.
Con esa sensación de despertar, con ese deseo vital de búsqueda y disfrute, con una imperiosa necesidad de vivir latiéndome en el pecho, abonada de optimismo y regada de determinación, salí de la Galería, ya, otro; desbloqueado y dispuesto a proseguir recreando una vida plagada de posibilidad, esperándome ahí afuera...

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sábado, 16 de julio de 2011

Michelangelo Buonarroti, visto por sí mismo.


Archivo:Rome-Basilique San Pietro in Vincoli-Moïse de Michel Ange.jpg

Pinta, esculpe, traza, escribe;
abarca el orbe con su ansia
por enmendar cuanto existe:
forma y fondo; cuerpo y alma.
Del genio. Héctor Amado

El hombre inventó la mentira,
y no sabe vivir sin ella;
quizás solo sea la vida
una mentira verdadera.
Acerca de la Estética. Héctor Amado.


¿Alguien me conoció realmente? ¿Alguien sabe quién hay detrás de ese ser divino que es capaz de recrear la naturaleza con más verosimilitud que la naturaleza misma? ¿Acaso el común de toda esa caterva de aduladores se olvida que soy un hombre? ¿Que tengo pasiones, dudas, preocupaciones, miserias, como cualquier individuo de carne y hueso? ¿Que defeco, orino, copulo, eructo, me alivio los gases, como cualquiera? ¿Qué me diferencia del común?
Yo sé que nada me diferencia de mis colegas: de Leonardo El Magnífico, de Rafael El Delicado, de Botticelli el Precursor, de Bramante el Preferido, ellos podrían estar haciendo esta mismas reflexiones, con la única diferencia del tono que su particular forma de ser les imprime; del resto de los humanos, quizás, solo me diferencia el objeto de mi deseo, de mi pasión, de mi aptitud, de mi genio: la potencia creativa manifestada por medio del arte; y esto, al fin y al cabo, no es más que una diferencia particular asociada a mi individualidad, no de categoría, no de valor, no de preeminencia, sino de carácter; yo me considero un intermediario entre la potencia creativa de Dios y su obra, un mero medium, que interpreto su voluntad y la moldeo, la modelo, la modulo, hasta hacer patente lo que él quiere manifestar para su mayor gloria, gloria que a mí me alcanzará como brazo ejecutor. Nada más; no hay diferencia más que la que cada uno tiene por el mero hecho de ser otro respecto a los demás. ¿Que mi otreidad es más valorada que el artesano que remienda zapatos, que el campesino que hiende el arado, o que el fámulo que limpia bacinas? ¡Y a mí qué!, eso es cuestión de un sistema de valores que esta sociedad se ha dado, pero yo sé, por ser su intermediario, cuál es la voluntad de Dios (cuántas veces he hablado sobre este particular con mi añorada amiga Vittoria, quien compartía mi punto de vista).


Sé, también, que se me tiene por un hombre de carácter irascible, casi violento; envidioso, huraño, malhumorado,... Clichés, como se dice ahora; superficialidad como habría que decir, reduccionismo fácil para mentes vulgares. Quien posea un mínimo de inteligencia discernidora sabe que detrás de esta imagen, a todas luces interesada, hay un hombre inquieto, sensible, enérgico, sí, pero vital, dinámico, infatigable, hasta un poco tosco; de modales expeditivos cuando se me pone a prueba: mi tiempo es precioso, y mi paciencia limitada al valor que otorgo a mi tiempo, no puedo malgastarlo en fruslerías ni en arrimar la oreja a lisonjeros que lo único que buscan es la cercanía de mi genio para sentirse, ellos mismos, más importantes de lo insignificantes que son. Siento hablar así, quizás con ello avalo esa fama de expeditivo y descarado, pero no puedo hacer otra cosa, no sería el que soy: Michelangelo, el deseado de los Papas, el protegido de los cultos y poderosos Medicis,... el amado de Dios. Si no mostrara una alta estimación de mi mismo ante los demás... El común de la gente no ama a quien no se ama a sí mismo. Me importa un bledo el común de la gente, pero he de recabar el beneplácito de aquellos que pueden hacer posible mi obra; y éstos, sí se deben al común, a ese común que cree que no lo es, que es el más común de todos, el más ignorante, porque cree que sabe, que reconoce, que cree sentir, apreciar, lo sublime, cuando lo que él aprecia es el valor que dicen -los portadores de esa sensibilidad de la que ellos carecen- que tiene lo que yo hago. Abomino de estos aduladores de la propia mediocridad, pero mis mecenas los necesitan y yo he de darles pábulo; pues bien, aquí me tienen: genio de mal genio, carácter imposible pero divino en su expresión artística, en su excepcionalidad; excepción que justifica los excesos que se me atribuyen (¿de dónde creen que sacaría tiempo par ami obra si tuviera que realizar todo lo que se me adjudica?).
¿Divino? Puede ser. Pero, ¿Qué se considera divino? ¿La superación de la humanidad? ¿El llevar al extremo las potencias humanas? Muchos entonces deberían ser considerados divinos: el primero, Leonardo, que lo es en grado sumo, aunque sea un inconstante; demasiado genio para tan poca voluntad, demasiado disperso, demasiado amplio, quiere abarcarlo todo y se diluye; sí ha conseguido algo inimitable, ha conseguido lo que yo nunca he podido lograr: pintar saliéndose del cuadro, su pintura trasciende el lienzo para proyectarse al infinito (esa sonrisa, Dios mío, esa sonrisa, con la que sueño todos los días... es la sonrisa de Sekinah, Dios hecho mujer!).
Rafael, ese joven engreído, excelente dibujante, que no mezcla mal los colores, que sabe gestionar su taller, que no hace más que espiarme por ver si aprende algo,... cuando lo que debiera hacer es joder menos con esa bella madonna, la Fornarina, que le tiene comido el seso, y el genio; cuán grande podría ser si derivase toda esa energía, perdida en un cuerpo, si bello, corruptible, hacia su tremendo potencial de crear inmortalidad; podría ser el mejor de todos, el más sublime, pero no, ha decidido ser hombre, nada más que hombre, tocado por la divinidad, sí, mas no sumergido en ella.
Sandro, el viejo Sandro, quien abriera camino y fuera maestro de todos (sí, sí, ya sé, está ese otro holandés que pinta universos oníricos, con una imaginación desbordante; pero ese hombre es otra cosa, es humano, demasiado humano, pura ensoñación, con pies etéreos y cabeza en las estrellas, pero, aún así, humano; Hieronimus al que llaman Bosco). Estábamos con Sandro, el heraldo de un renacimiento del Arte Clásico: el más noble, el más elevado, el continuador de esa sociedad ideal que fue la griega de la Academia, la de Pericles, la de las Ciudades Estado, donde los ciudadanos eran verdaderamente los protagonistas de su historia y los muñidores de su grandeza, la de Praxiteles, la de Fidias, la de Policleto, la de Lisipo,... ¡Dios mío, cuánto daría por conocer personalmente a los autores de esa obra culmen del genio escultórico que es el grupo del Laocoonte, Agesandro, Polidoro, Atenodoro, escultores de esa arcaica Florencia que fuera Rodas.¿Dónde colocar mi pretendida divinidad ante esto? ¿A su nivel? ¿Por encima? ¿O por debajo?


Todos estos que he nombrado y muchos más podrían considerarse divinos.
¿Qué es lo que a mí me diferencia? ¿El haber sobrevivido a dos genios mayúsculos y quedar como el predilecto de los poderosos? ¿Realmente mi talento es tan sobrecogedor? Al fin y al cabo no soy más que un artesano, un hombre que trabaja con sus manos para sacar de la aparente nada algo que ya estaba ahí en potencia. Ya lo he dicho muchas veces -y es una de las expresiones que más se citan de mí- mi proceso de creación es simple; si hablamos de escultura como ejemplo paradigmático: me coloco ante el bloque de mármol, no, incluso antes -sobre todo ahora que soy ya un consagrado-, me acerco a la cantera y paseo por los niveles cuadrangularmente abiertos, robados, a la veta madre, me paseo y escucho, espero a que me hable la piedra -a veces no es la bella apariencia quien me gana, su blancura óptima, su grano pulido, su bello veteado-, y cuando oigo una voz en mi interior que responde a otra que me llega procedente de esa piedra aparentemente silenciosa, sin saber yo cómo, elijo; hago extraer el bloque por dónde éste desea ser cortado, e intimo con él, me paso días dialogando con su posibilidad, con la forma que lo habita, queriendo salir, expresarse, librarse de lo informe que como duro manto la cubre y la constriñe, la esclaviza, y hacerse imagen; una vez que logro traducir su lenguaje, que desentraño su deseo, que descubro cuál es la figura que pugna por hacerse patente, comienzo una actividad febril: como un poseso, golpeo, con decisión, con seguridad, como si una mano invisible guiara mis golpes; incluso he llegado a pensar que es la propia piedra quien lo hace, lo sé porque yo, a veces, dirijo el golpe con una intención y, en el último momento, algo hace que varíe ligerísimamente la inclinación del escoplo lo suficiente como para extraer la esquirla necesaria, la que traza la línea de la forma ideal que mi mente ha imaginado, la sugerida por el mismo mármol; hay tal simbiosis entre este ser inanimado y yo, como podría haberla entre un escribano y quien le dicta.

Cuando el gonfaloniere Soderini, en nombre de la Opera del Duomo, me pidió hacerme cargo de aquel bloque de mármol que se consideraba inservible y que había sido casi estropeado por el negado de Fiesole, y ni di Duccio ni Rossolino pudieron sacar partido de él, nunca esperó que de allí saliera una de mis mejores obras, quizás la más reconocible y representativa: mi David.
Pues bien, allí, en aquel enorme bloque de mármol de Carrara, conocido como el gigante por su fenomenal tamaño, habitaba el pasmo: yo, le oí gritar, le oí gemir por las heridas sufridas por manos no lo suficientemente hábiles para arrancar de lo informe su colosal figura; supe de su dolor y me apiadé de él; lo escuché, lo observé, determiné que era un reto fantástico, pues su grano era ligeramente esponjoso y fácilmente fracturable; sería una obra arriesgada, pero que si me salía bien podría consagrarme, allí, en mi patria. Acepté el desafío, me hice cargo del bloque y me encerré con él durante más de dos años, yo contaba entonces con veintiséis, y toda la soberbia del mundo. Fue una labor tremendamente difícil. Hice unos bocetos y unas pruebas en cera, siempre siguiendo la voz que desde el propio bloque me dictaba lo que quiere ser; sería una figura clásica, con un ligero contraposto obligado por la fragilidad en su flanco izquierdo, cargaría toda la tensión sobre el pie derecho, con las caderas ligerísimamente giradas y balanceadas entre esa pierna, afirmada, y la pierna izquierda relajada y adelantada; lo compensé con un leve escorzo del rostro hacia el lado contrario y le imprimí ese gesto desafiante, lleno de tensión (la tensión que subyacía en la figura tanto tiempo postergada e incomprendida -desde aquel lejano 1464, en que extrajeran el bloque de la cantera; hasta este 1501, en que yo me hice cargo de él): ojos fijos, ceño fruncido, aletas de nariz dilatadas, un gesto que irradiaba decisión (la misma que yo tuviera para su ejecución; al fin y al cabo, yo iba a luchar, también, contra un Goliat: la resistencia de la piedra, mi propio desánimo ante la dificultad, el enfrentamiento con la imposibilidad; al final, como David, ganaría el singular duelo).
Opté por utilizar el cincel; a pesar de las fisuras, a pesar de lo delicado de su consistencia cristalina, a pesar del maltrato anterior, comencé a escuchar, él me indicaba dónde debía golpear, y yo obedecía, lo hacía con seguridad, con resolución, con entrega; más de una vez estuve por destruirlo, porque no lograba entender su voz, o porque mis demonios me impedían oírla; en esas ocasiones lo dejaba, me iba, me desahogaba con todo el que pillaba, me entregaba a una orgía de sexo e imprecaciones... hasta que mi espíritu se aquietaba, volvía a sentir armonía interior, silencio,... Entonces regresaba a su lado, me sentaba y su voz llegaba clara, otra vez, recomenzando la faena. Así meses y meses. Cuando lo vi ya acabado, una gran risa resonó en mi pecho, poderosa, desaforada, era una risa a dos voces: la de la piedra, figura ya liberada, y la mía. En los días posteriores a su finalización reía como un loco y, aparentemente, sin motivo. Yo sí sabía el motivo; después de tanto sufrir en silencio, gritando con muda voz pétrea, al fin había surgido, como un nuevo Adán, creado por mis manos, las manos de un dios lítico, el golem que habitaba lo informe: El David. Mi risa era la risa de un Dios Creador en connivencia con la de la diosa Tierra, que veía, así, cómo un vástago de sus entrañas era parido por mi mano tras una gestación que duró más de dos años. Así creaba yo. Así obraba Dios a través de mí.

Por el momento no tengo más que decir. En la próxima ocasión quizás revele detalles de mi vida anímica, de mis sentimientos, de mis inclinaciones, pero eso, será en otra ocasión. Baste ya por hoy.

Archivo:The Creation of Adam-1.jpg

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