martes, 12 de octubre de 2010

Intermezzo I: Contrastes


Contrastes de pareceres, de estados de ánimo, de fisionomías, de caracteres, de costumbres, de ámbitos, de temperatura, de color, de formas, de sabores, de ritmos...
Contraste es comparación pero también oposición; es señal de garantía y también gradación del brillo; es igualdad y es diferencia. Contrastar es buscar las diferencias, pero también las semejanzas; es, en fin, lo uno y su contrario. Una de esas palabras que admiten dos significados opuestos en el mismo concepto; dependerá del predicado al cual se aplique.
Por sí mismo, es un concepto ambiguo, si bien tendemos en primera instancia a aplicarle el valor de lo negativo: la diferencia, a pesar de la partícula "con" (con-traste) que nos induce a considerar "algo que se da juntamente o en compañía."

¿A dónde quiero ir? ¿Qué tiene que ver este excurso con el tema de le entrada de hoy? Pues todo, y poco más que nada.

Discutía yo con con Héctor Amado, el otro día en el interín, sobre distintas concepciones de una misma cosa; la misma cosa juzgada o contemplada desde diversas perspectivas: la alegoría de la descripción del elefante por quien, sin haber visto nunca uno, con los ojos vendados se le acerca a una parte del animal y se le pide que lo describa; el que esté palpando una pata lo describirá como un ser cilíndrico, como una columna; al que le toque la trompa, dirá que es un ser flexible, como una manguera; al que el costado, lo comparará con una especie de muro; al que el poniente,... bueno, este... habrá tenido mala suerte.

Lo que quiero decir es que en muchas ocasiones andamos escuálidos de perspectiva, demasiado pletóricos de seguridad en el sentido unívoco de la vida: una cosa cada vez, una manera de hacer, una de sentir, una de percibir; una, la nuestra, en ese momento, en ese lugar; sin admitir la visión polifacética, la visión compuesta: todo y al mismo tiempo, sin separar, sin elegir, sin eliminar, sin optar. Pero esto precisamente: la ausencia de elección, la ausencia de sensación de contraste, es lo que hace nuestro cerebro continuamente: el afán contrastante es una aberración de nuestro intelecto, una determinación volitiva; por eso en las disciplinas meditativas, tipo Yoga, se intenta, no dejar la mente en blanco, sino no elegir una determinada imagen, o un pensamiento, sino que se busca la percepción total, la no selección, el dejar que la potente mente que el ser humano posee perciba con entera libertad, sin filtros, sin tamices volitivos o interesados. Es la percepción pura, más allá de los sentidos, como si se empleara la conciencia como una gran antena radioeléctrica capaz de captar todas las señales del universo a la vez.

Esta cuestión se relaciona directamente con el concepto que hace unos días veíamos por aquí exhibir a Georges Bataille, por medio del cual, el Ser Completo es aquel que no actúa, el que puede serlo todo, porque no opta. Lo que nos lleva a pensar que el Hombre Completo se parecería a Dios, tanto más, cuanto menos actuase, pues más sería (en realidad, menos sería él mismo, para que las cosas incidieran sobre él, y él consciente de ellas, se dejara penetrar por ellas), más estaría lleno de todo (del Todo), más sería consciente de todo (del Todo). Y volvemos a la cuestión: ¿qué tiene esto que ver con la entrada de hoy?. Pues todo, y algo más que nada.

Música de John Coltrane, uno de sus mejores trabajos, Blue Train -junto a A Love Supreme, que ya fue objeto de una entrada anterior-, la pintura de encabezamiento, plena de contrastes, de Edward Hopper -en la que se nos cuela la inmensidad del mar y la luminosidad del sol dentro de los estrechos horizontes del habitáculo revelando así el gran contraste entre lo privado y lo público interpenetrándose lo uno en lo otro y resaltado por el contraste de los vivos colores (vida que la luz otorga)-, las imágenes interiores de Ito Sinsui y sus delicadas y preciosas Bijin -mujeres bellas-, la graciosa e inquietante de Arnold Boecklin -Niño y Mariposa-, y los poemas de Héctor Amado y de un servidor -el primero: ¿Por qué escribo?-, en los cuales: el amor, la memoria, el juego de palabras y sentidos, el olvido, la reflexión cargada de perplejidad e incluso la metafísica o la casuística del acto de escribir, se dan cita. Todo ello en un aparente totum revolutum que no lo es -aunque sí lo parezca-, pues que trata de dar cuenta de modo multidisciplinar de un mismo estado de ánimo que contempla la realidad -y se deja penetrar por ella- con ojos de insecto (de mosca, por ejemplo), de un raja-yogi o de un místico, á votre àvis.

Que lo disfruten, sin dejar de hacerlo, polifacéticamente. Inténtenlo, es un sano ejercicio si pueden superar un primer vahído desconcertante.



¿Por qué escribo?

¿Por qué escribo?, me pregunto,
y yo mismo me contesto:
Por dar voz a mi sentir,
por dar cauce a lo que siento
cuando expongo mis sentidos
al sentir del universo.

¿Por qué habría de escribir,
de expresar mi sentimiento
con prosaicas oraciones
y letanías en verso,
si no fuera por librar
el sentir que llevo dentro?

Se escribe porque se siente,
a veces, tal sufrimiento,
tan desazonada el alma,
tan abandonado el cuerpo,
que solo pujar más alto
nos sirve como remedio:

sentirnos, como los dioses,
creadores de universos,
aunque sean de palabras,
de vocablos y conceptos,
que nos libren de la nada
en que nos sentimos presos.

¿Por qué escribo, me preguntas,
tú, lector, que lees esto?
Por lo mismo que tú lees,
sin dudar yo te contesto:
por sentir que compartimos
nuestras almas en los textos.




Trastabillando

¡Qué difícil es dar
esos primeros pasos!
Qué difícil erguirse,
firme y equilibrado.

Comienzo, titubeo,
lo intento, pero caigo:
gateando continúo
y a cuatro patas ando;
más tarde con el ansia,
también con las dos manos,
cargado de esperanza,
fuertemente me agarro
a un sólido baluarte
de ilustre y sabio mármol;
así, ya más seguro,
del suelo me levanto...

¡Estoy erguido ya!
¡Y me contemplo: qué alto!

A la sombra del vate
tanto al fin me entusiasmo
que al cabo pierdo pie,
titubeo, trastabillando
braceo, abrazo el aire
y de bruces, grotesco,
contra el suelo me estampo.

¡Qué difícil es dar,
por terreno poético,
los primeros pasos!



[I.+Sinshui+23.jpg]

Tu Silencio

Me acerqué a tu silencio
como se acerca un niño
a un pajarillo muerto:
con torpe curiosidad
y ningún remordimiento.

Me acerqué a tu silencio
como el que se aventura
en un ignoto desierto:
con poca sensatez
y mucho atrevimiento.

Me acerqué a tu silencio...
y escuché mis latidos
devueltos por tu pecho
(impenetrable escollo
de encantador misterio).

Porque eras como un sueño
te quise desvelar,
y, furtivo, para ello,
armado de palabras,
me acerqué a tu silencio.



[I.+Sinshui+1º+Serie+Beauties+30.jpg]

Equívoco

Qué quiere obtener mi instinto
cuando, tirano, me ordena:
Quiere!"

¿Despojarme de mi mismo?

Al arrojarme a tu abismo
Mas bien debiera ordenar:
"¡Muere!"



[I.+Sinshui+7.jpg]

Mi Esperanza

Queriéndote seguir,
voló tan alta, tan alta,
que en
tu cielo se perdió,
.........................mi esperanza.

Queriéndote olvidar,
cayó tan baja, tan baja,
que en un infierno acabó,
............. ........... mi esperanza.

*****