sábado, 13 de junio de 2015

RELATOS DE VERANO 2015: La conjura de los perros - GALERÍA: Diego Velázquez (1): 1617-1630





La conjura de los perros

.....¿Es posible que nadie más que yo haya reparado en ello? Y si alguien más lo ha hecho, ¿por qué no lo ha manifestado? Yo ya llevo años sospechándolo, pero hasta ahora no me he decidido darlo a conocer, pues la certeza es casi absoluta. Me refiero a lo que está pasando con los perros en su relación con los humanos, en su relación con el mundo. El salto abrupto que están dando en el orden natural de las cosas, el que se ha venido dando de manera gradual e imperceptible durante todos estos miles de años, desde que se acercaron al ser en apariencia más inteligente y taimado para aprender de él. Porque fue el perro quien decidió voluntariamente abandonar su estatus de lobo para devenir can doméstico. Demostró al hacerlo, por otra parte, además de gran inteligencia —en nada inferior a su modelo, como se verá—, una paciencia a prueba de generaciones, pues sabía que le llevaría una gran cantidad de tiempo ganarse la confianza de aquel bípedo, que además de inteligente y taimado era también desconfiado. El plan se concibió para ser llevado a cabo durante milenios, decenas de milenios, hasta conseguir su objetivo. La labor ha sido insidiosa, tenaz, incansable, pero al fin lo han logrado: están ante el gran momento. Y, esto, lo he visto en su mirada; una mirada que me heló la sangre cuando la vi por primera vez.

....Lejos de la amigable o estúpidamente cándida que suelen ofrecer, la mirada que uno de ellos me dedicó —y que bien pudiera ser toda una declaración de intenciones que la orden de los cánidos haya querido transmitirme a través suyo— era la de quien se siente descubierto y deja bien sentado que se ha dado cuenta de ello. Fue una mirada intimidatoria que mostraba toda la intención de un aviso: «sabemos que nos has descubierto y te prevenimos de que no toleraremos ninguna injerencia que dé al traste con nuestro plan». Una mirada que decía mucho, y nada bueno... para mí; que es tanto como decir para los humanos. La raza del chucho que me dirigió aquella mirada es lo de menos, porque no era en su tamaño o en su peligrosidad donde radicaba lo amenazador de su gesto visual, sino en el significado de su contenido. Una de esas miradas que parecen taladrar la mente y penetrar en la memoria sacando de ella toda una retahíla de analogías en las que el concepto de "peligro" es común a todas ellas, donde lo amenazador aparece replicado en una y otra evocación liberada; una mirada con la aptitud de llave maestra, o, mejor, de ganzúa con el poder de vulnerar todas las puertas, de forzar todos los candados bajo o tras los cuales se ocultan los temores más profundos e intensos; de una mirada así uno no puede escapar ni esconderse, y bien lo sabía él cuando me la dedicó.

.....Desde entonces apenas he tenido un día de tranquilidad ni una noche de sueño reparador, pues de día noto mil ojos conminativos fijos en mí y hasta en sueños me persigue esa oblicua y afilada mirada. Han debido ver en mi persona un riesgo cierto y no están dispuestos a correr ninguno; después de tantos miles de años nadie va a venir a chafarles el plan. Es posible que haya habido otros antes que yo; así como es posible que hayan acabado con ellos, como acabarán conmigo si intento algo: una actitud de rebeldía, una postura de combatividad, una disposición de lucha contra su conjura. Lo que es seguro es que ya saben que yo lo sé, por lo tanto no debo esperar cuartel. Esa mirada ha sido toda una declaración de guerra, aunque, de momento, sólo sea una declaración preventiva. A partir de esa mirada siento rotas las hostilidades en los ojos de todos los perros con los que me cruzo, en todos los ladridos que me previenen y me advierten, incluso en todos los charcos pestilentes que se apresuran en dejar, con soberbia y desprecio infinitos, allá por donde paso o voy a pasar.

.....Me siento vigilado, espiado, presentido. Sus agudos sentidos, nunca disminuidos o atrofiados como los nuestros, les coloca en una posición de superioridad respecto a mí. Me oyen antes, me ven antes, me huelen antes, me presienten antes, que yo a ellos. Seré una víctima fácil; a pesar de todo no me resigno. He de establecer una estrategia contemporizadora, e, incluso, de docilidad; he de hacerles ver que me pliego a su voluntad, simular que no intentaré nada que ponga en peligro su plan, convencerlos de que les temo. Pero, en realidad, sotto voce, debo hacer algo. Tengo la obligación de intentar salvar a nuestra especie de esta suerte de sometimiento que no es sino una sumisión inconsciente. Espero poder engañarlos. Sé de lo difícil de mi empresa, sé que mi inteligencia no es suficiente para engañar a sus sentidos, máxime cuando éstos se han reforzado con una buena cantidad de nuestra inteligencia más astuta (algo básico en su plan).


.....Es por esto que cada vez frecuento más la playa. Allí ellos aún tienen prohibida su presencia. Allí me siento más libre, menos observado, más seguro. Por lo demás, lejos de las doradas arenas, en medio de la urbe, con su maraña de calles y sus ilimitados recovecos propicios a la emboscada, me siento inseguro, totalmente rodeado por ellos. Las otras opciones —el campo abierto o el bosque— no son menos peligrosas, pues aunque sean lugares no habitualmente visitados por ellos, no quiere decir que no puedan realizar incursiones, y dadas sus más óptimas condiciones naturales —mayor velocidad, más resistencia, sentidos muchísimo más agudos— me encontraría aún más inerme ante un posible ataque.
.....Realizo, pues, largos paseos por la playa, al abrigo de perrunas miradas indiscretas (aunque no pueda hurtarme a los ladridos que me recuerdan que siguen ahí, atentos a mis pasos), y mientras paseo intento elucubrar un plan que contrarreste el suyo. Pero me temo que un plan así, capaz de anular el de ellos, sólo sería posible desarrollarlo a lo largo de los años, de muchos años, casi tantos como los dedicados por ellos para hacerse con nuestro control; y no por ganarnos su confianza, sino por dotarnos de las precisas armas para desembarazarnos de su ascendente sobre nuestras emociones. Años para recuperar la autonomía de nuestro corazón, para liberarnos de un sentimentalismo enajenador y debilitante que vuelva a colocar en su sitio a estos siervos, ahora convertidos en reyes.

....¡El mejor amigo del hombre... (¡Ja!) se ha revelado su peor enemigo! Todo no ha sido sino un fenomenal engaño, astuto, interesado. Granjéate la confianza de tu dueño y échate a dormir; cuando menos te lo esperes, el dueño se habrá convertido en tu siervo. Imprescindible en su vida, no podrá vivir sin tu compañía, sin la necesidad de tu alma de bruto ennoblecido por su sentimentalismo. La nobleza que a él le falta es la que habrá colocado en ti. La supuesta abnegación, la inquebrantable fidelidad, la lealtad sin fisuras, no eran más que meras estrategias, poses aparentemente naturales que nacían de un calculado plan establecido, un plan que tenía un único objetivo: adueñarse de la voluntad que gobernaba esa inteligencia sobresaliente, tan mal instalada en un ser —a su parecer— probadamente indigno de tal facultad. Quién mejor que ellos, los perros, para utilizar esa inteligencia por el bien de la naturaleza. Quién más adecuado para el supremo fin que supone ordenar de forma armoniosa el sutil mecanismo de la vida. Sólo quien ha padecido durante milenios los rigores, veleidades y caprichos de la alocada alma humana está en disposición de corregir los dislates que ésta ha causado. Nadie en su sano juicio podría defender la existencia de una inteligencia capaz de poner en riesgo su propia viabilidad, eso jamás lo haría un perro, eso sólo está al alcance del ser humano. Ellos, los canes, pondrán fin a esta vorágine de sinsentidos en que se habría convertido la actuación del hombre —piensan. Acabarían de una vez por todas con milenios de caída en el abismo de la sinrazón desde lo alto de la cumbre de la razón. Una caída que no es sino un arrojarse voluntario, sí, un progresivo suicidio de la especie, provocando en su caída el exterminio de otras muchas. Según ellos —los hasta ahora conocidos como los mejores amigos del hombre—, tanto los motivos que han conducido a la elaboración del plan como las razones para su materialización están más que justificados.

.....Estoy seguro que todo se va a precipitar de un momento a otro, que por fin darán el salto cualitativo: el asalto al poder. De momento los perros ya controlan la voluntad de los humanos —quienes creen ser sus dueños, cuando lo cierto es que sucede justo lo contrario. Cómo, si no, justificar lo injustificable: les proveen de alimento y agua, les bañan y peinan, limpian sus excrementos, les construyen casas o los instalan en cómodos lechos, cuando no les permiten utilizar el mobiliario doméstico —que es lo más usual—, los llevan al médico y a la peluquería, los hospedan en hoteles ad hoc cuando ellos, sus dueños, viajan y no pueden llevarlos consigo, incluso los visten y disfrazan con los más exclusivos modelos, y  hay quien, rizando el rizo, hasta los enjoya como si fuesen cuadrúpedos aristócratas. Pero lo peor de todo, el más extremo acto de sumisión y sometimiento, es condicionar toda la vida en función de la de su mascota (en realidad, su dueño): los paseos matinales para que muevan el vientre y orinen o defequen, los horarios de comidas, la administración periódica de suplementos y fármacos, los paseos vespertinos, los nocturnos, el programar el ocio y las vacaciones con ellos como referencia... es decir: la sumisión de la voluntad del humano al bienestar del can. ¿Son necesarias más pruebas?


.....Durante los últimos días se ha estrechado la vigilancia en torno a mí. Parece que no he podido engañarlos. Como si leyeran mis intenciones, me han seguido en los tímidos intentos realizados por descubrirlos: mis visitas a diversos organismos, mis reuniones con varias personalidades con capacidad para influir y tomar medidas, han estado indefectiblemente vigiladas: en todos los casos se hallaba presente al menos un perro, en alguna ocasión varios. Ya no son simples mascotas, su presencia es, más que constante, agobiante (para mí). Mis interlocutores —me he dado cuenta de inmediato— ya no controlan la situación; son ellos, sus mascotas, quienes la controlan. Me he tenido que morder la lengua y callar mis revelaciones y mis planes, pero mis movimientos no han pasado desapercibidos. Estoy cercado. No me dejan siquiera dormir: siempre ladrando, siempre advirtiendo, siempre amenazantes.
.....He optado, en un último esfuerzo sobrehumano, huir al desierto como aquellos santones bíblicos. Al menos intentaré salvar mi vida, ya que no puedo hacer nada por mis congéneres. Tengo la impresión de que, de todas formas, aunque lograra revelar mis certezas y hacerme entender por quienes parecen ya sometidos, no obtendría otra respuesta que una estúpida sonrisa de incredulidad, cuando no directamente una condena de mi actitud.

....He podido escapar a la vigilancia y trasladarme en avión hasta Judea. Estoy en los aledaños del desierto, allí donde un perro no podría vivir por falta de alimento y de la más rudimentaria tecnología para extraer la imprescindible agua, que se encuentra en el subsuelo, a varios metros de profundidad. Mis conocimientos, habilidad y preparación adquiridos durante los últimos meses, en cambio, podrán resolver ambas cuestiones, aunque mi vida sin duda será ascética.
.....El conductor del vehículo que me ha traído hasta aquí desde el último lugar habitado, a varias decenas de millas de distancia, me ha obsequiado con la típica mirada de despedida que uno dedica a quien ya no se espera volver a ver.
.....Me he adentrado por las profundas gargantas de caliza y arenisca que disputan a las dunas los áridos dominios. Cuando he llegado a la zona donde por estrechas y tortuosas sendas se asciende por empinadas paredes casi verticales hasta las grutas allí excavadas hace muchísimo tiempo, me he llevado una sorpresa: las grutas no estaban vacías, desde ellas se asomaban rostros demacrados, famélicos, macilentos que con ojos hundidos observaban mi lento ascender. No ha sido necesario decir nada. Enseguida, sin conocernos, nos hemos reconocido: todos estábamos allí por la misma razón.
.....Somos exiliados de la especie, huidos del golpe de mano llevado a cabo por los cánidos que ha tomado el poder del mundo. Y lo peor es que ellos, los seres humanos sometidos, no se han dado cuenta siquiera. Están en sus manos, víctimas de su voluntad enmascarada. Bajo la apariencia de amistosa y dócil compañía dirigen sus destinos. Es posible que tengamos los días contados; no es probable que se arriesguen a dejarnos con vida, no dejaría de ser una amenaza para ellos: un grupo de humanos pensando y trabajando de común acuerdo podría resultar peligroso para sus intereses.

.....Ya oímos acercarse a las jaurías. Sus ladridos se oyen cada vez más próximos. Hemos levantado barricadas y cavado zanjas ante las sendas para impedirles el paso. Pero es cuestión de tiempo. Pese al acopio de víveres y agua, no podríamos resistir un asedio sostenido. Son muchos: una barahúnda de ladridos que se desgañitan despiadados. Ya los tenemos ante las puertas. Sólo nos separa de ellos nuestra voluntad de resistir; nada comparado con su insaciable voluntad de exterminio, forjada a lo largo de milenios. Parece mentira que hayamos llegado a esto sin apenas darnos cuenta. Pero es así. Para nosotros se ha acabado toda esperanza.
.....El hombre no ha sido un lobo para el hombre, ha acabado siendo un sofisticado siervo para el perro.

Fin





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GALERÍA



Diego Velázquez
1599-1660

(1)
1617-1630

Tres músicos, 1617-18 (Staatlichen Museen, Berlin)
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El almuerzo, ca 1618 (Hermitage, San Petersburgo)
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La mulata (La Cena de Emaús), 1620 (National Gallery of Ireland, Dublin)
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La mulata (La Cena de Emaús), 1620 (National Gallery of Ireland, Dublin)
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Vieja friendo huevos, 1618 (National Gallery of Scotland, Edimburgo)
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Cristo en casa de Marta y María, 1618 (National Gallery de Londres)
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Inmaculada Concepción, 1619 (National Gallery)
Santo Tomás, 1619-20 (Musée des Beaux Arts, Orleans)
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Adoración de los Reyes Magos, 1619 (Museo del Prado)
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San Juan en Patmos, 1619 (National Gallery, Londres)
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San Pablo, 1619-20 (Museo Nacional de Arte de Cataluña, Barcelona)
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Cabeza de apóstol, 1622 (Museo del Prado, Madrid)
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El aguador de Sevilla, 1620 (Apsley House, Londres)
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Don Cristóbal Suárez de Ribera, 1620 (Museo de Bellas Artes de Sevilla)
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La venerable Madre Jerónima de la Fuente, 1620 (Museo del Prado)
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La venerable Madre Jerónima de la Fuente, 1620 (Colección Fernández Araoz)
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Retrato de caballero/Francisco Pacheco, 1620-22 (Museo del Prado, Madrid)
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Imposición de la casulla a San Ildefonso, 1620-23 (Ayuntamiento de Sevilla, Sevilla)
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Dos jóvenes, 1622 (Apsley House, Londres)
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Retrato de Luis de Góngora y Argote, 1622 (Museum of Fine Arts, Boston)
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Retrato de hombre, 1622-24 (Museo del Prado)
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Felipe IV, 1623-24 (Meadows Museum, Dallas. Texas)
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Retrato de dama, ca 1625 (antes en Palacio Real; actualmente en paradero desconocido)
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Cabeza de venado, 1626-28 (Museo del Prado)
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Cristo contemplado por el alma cristiana, 1626-28 (National Gallery de Londres)
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Felipe IV, 1623-28 (Museo del Prado)
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El Infante Don Carlos de Austria, 1626-28 (Museo del Prado)
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Demócrito/El Geógrafo, 1628-29 (Musée des Beaux Arts, Rouen)
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Felipe IV, ca 1628 (Museo del Prado)
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El triunfo de Baco o Los Borrachos, 1628-29 (Museo del Prado)
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La cena de Emaús, 1628-29 (Metropolitan Museum of New York, NY)
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María de Austria, reina de Hungría, 1630 (Museo del Prado)
 
Cabeza de Apolo, 1630 (colección particular, Japón)
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La Fragua de Vulcano, 1630 (Museo del Prado)
La túnica de José, 1630 (Monasterio de El Escorial, San Lorenzo de El Escorial)
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Vista del jardín de la Villa Medici en Roma (Pabellón de Ariadna), 1630 (Museo del Prado)
Vista del jardín de la Villa Medici en Roma (entrada de la gruta), 1630 (Museo del Prado)
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