viernes, 6 de agosto de 2010

Galanteries 4


París. La Cité de la Lumière. La Ciudad de la Luz y del glamour, la ciudad del amor y la ensoñación -aunque para esto hay que ir a principios de primavera, cuando los cielos son grises y la fina llovizna, además de empapar sin querer, genera un ambiente dulcemente melancólico y languoureux.

También es París la ciudad de la moda, de la Haute Couture y del prêt-à-porter, y también de les grands magasins; y, entre ellos el que será, junto al londinense Harrod's, el más famoso centro comercial del mundo donde el lujo se da la mano con la moda más chic: Las Galerías Lafayette, escenario del cuento que nuestra querida colaboradora, Beatriz Basenji, ha tenido a bien hacernos llegar. Un cuento que en esta ocasión no nos sumergirá en un ambiente cuasi mágico, sino en la normalidad más paradójica y risueña; también, más desmitificadora: la risa que se ríe del engreimiento y de la afectación; de la gravedad de los adultos ante las vanidades y los prejuicios; ya que es una niña, la que, con candidez, nos da su visión de las cosas, su perspectiva ingenua y certera, desnuda.
Risa natural, risa sin ambages, sin intenciones: solo, risa. Su título: Deleites. Disfrútenlo.

Pero en París también tenemos a Héctor, nuestro querido amigo opositor a poeta y eterno aprendiz de una vida que demasiadas veces le sonríe burlonamente. En esta ocasión hemos elegido un relato que posee -como casi todos los que él escribió- una carga de profundidad más allá de las apariencias. No es difícil hacerla explotar y que su metralla metafísica nos salte a la razón. Esta vez sí, añadiré en el primer comentario la traducción del relato para que aquellos que no compren pan, tengan con qué pringar. Bajo el título original de l'Homme sans Ombre (El hombre sin sombra), espero que hallen un motivo para la sonrisa, pero también para la reflexión.
Gracias a todos los que nos leen y nos visitan.

*



DELEITES


Me gustaron los espejos.
40, Boulevard Haussmann ( prés de l'Opèra).
Las señoras se movían deprisa. Los hombres tenían ese aire indiferente que utilizan para dejar bien claro que esto no va más. Y, aunque no resulte creíble, un estimulante aroma de pizzas -ahí, en las Galerías Lafayette- avanzaba por uno de los pasillos, seduciendo los paladares de los más distraídos.
Entonces, Mammi, pronunció una de sus frases inolvidables:

-¡Estamos en el corazón de París!

Tuve un sobresalto a nivel de mi propio minúsculo corazón. ¿No sería Paris como aquella gran muñeca que nuestra maestra del Jardín nos hizo explorar en el centro mismo de una plaza de nuestra ciudad? ¡¿Oh?! ¡Qué ocurrencia! La maestra nos hacía avanzar por el interior de la muñeca, decidida a mostrarnos todo, recalcando a cada nuevo paso, este es el Hígado. Ahí, mas atrás, está uno de los riñones. Vean qué maravilla. Y nosotros, pequeños inocentes, casi a coro: ¡Qué maravilla!. Pero en verdad era horrible. Todos aquellos tubos de intestino y nosotros preguntando: “¿Dónde está la caca?”. Un fraude. ¿Qué le habían hecho a la muñeca? ¿Era posible una muñeca así, gigantesca, con la que nadie podía jugar, abandonada y expuesta peligrosamente en sus intimidades ?
Total, que la tenían despanzurrada, llena de cables y botes de basura para que nadie dejase los desperdicios y los papelitos tirados por sus sendas.
Exactamente ahí me di cuenta que también allí, en “ el corazón de París”, unas señoritas discretas, entre invisibles y automáticas, firmes detrás de sus escobillones, perseguian papelitos abandonados.
Me abracé con los espejos. Les hice todas las caras, caritas y caretas que me había aprendido en otros espejos, hasta que las manos de mi Mammi me sujetaron con fuerza y me llevaron hasta el tocador.
Mas espejos. Mármoles brillantes como espejos. Grifos dorados que nos copiaban a su propio antojo; porque sí.
A poco de entrar me percaté que había otra mamá con otra nena, a la que revisaba cuidadosamente mechones de pelo. Sus dedos se movían con una agilidad digna del mejor pianista De pronto se detuvo. Su brazo pareció perderse en medio del gran antebaño y enseguida se inclinó sobre la blanquísima bacha que se situaba a mi altura. Con esmero pasó la yema de uno de sus dedos, alzó una cosita minúscula imposible de registrar. Y allí mismo, uña contra uña, se percibió algo infinitamente pequeño que estallaba. Entonces, la señora, transfigurada por un deleite superior exclamó:

- ¡Por fin estás muerto, piojo!

Beatriz Basenji



*



L'HOMME SANS OMBRE
(El Hombre sin Sombra. Traducción en el primer comentario)

L’homme sans ombre doit-il s’approprier l’ombre des autres pour ne lévèr pas des soupçones. Personne avait permis la présence de quelqu’un sans ombre. Ce n’est pas possible!
L’ombre est plus importante que la carte d’identité, l’ombre est la garantie d’être vif, d’être un homme comme tous les autres. L’un des nôtres.

Dans l’ombre s’accumule, tel qu’un disque dur, tout le passé, toutes les expériences vecues, tout ce que nous avons fait, tout ce que nous avons omis.
L’ombre est la confirmation de notre existence!

L’Homme sans Ombre va découvrir son manque plûtot. À péine il commença à marcher il rendit compte de son malédiction.
Depuis lors, il essayait toujours de se placer à l’ombre de quelqu’un pour passer inaperçu.
Seulement il pouvait être lui-même dans les nuits sans lune, ou bien au midi quand le soleil tombe perpendiculaire.
Il fuyait la lumière des foyers, des lanternes et des lampadaires quand il ne pouvait pas se refuger dans l’ombre des autres.

Miraculeusement il arriva à l’âge adulte sans être découvert.
Il va adquérir une véritable maestria pour se mouvoir sautant d’ombre en ombre; même, il choissait, si c’était possible, l’ombre selon son propriétaire; ce qui est une stupidité, par ailleurs, du moment que les ombres ne réflichent pas les yeux bleus, ni les cheveux blondes, ni la beauté de ses porteurs, mais il aimait la diversité des silhouettes.

Avec le temps il se rendit compte qu’il assimilait aussi la personalité du maître de l’ombre de lequelle il s’appropriait. C’était pure mimétisme et seulement arrivait pendant le prêt, ce qu’il y avait quelque chose de paranoïque.
....

Il était encore un jeune homme naïf et peu ambitieux mais il avait très envie de vivre. Il arriva à Paris laissant derrière lui la ville de provinces que jamais auparavant il n’avait abandonné.

Il se sentait specialement attiré par le spectacle des ombres chinois.
Les ombres chinois -quel expression si évocatrice!- n’avaient pas de sécrets pour l’Homme sans Ombre puisque il y était capable de reproduire le profil psicologique de ceux à qui appartenaient. Donc, quand il demanda du travail pour gagner sa vie dans une petite compagnie de thèâtre chinois il fut engagé aussitôt par le directeur -un vieux chinois de peau parcheminée et d’âge indéfinissable dont la visage semblait les glacés chaînes montagneuses d’Alaska à vol d’oiseau- après de montrer sa prodigieuse habilité pour donner vie prope aux ombres.

Le Théâtre des Ombres –tel était le nom de cette compagnie itinérant- allait commencer une tournée autour de l’Europe. La première destination était Londres.
La chance de L’Homme sans Ombre était sur le point de changer...
(a suivre)

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Puso la Música
Edith Piaf
(e Ives Montand à Sous le ciel de Paris)
Sous le Ciel de Paris
La Vie en Rose
Mi Lord
La Foule

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Links de interés

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martes, 3 de agosto de 2010

Trinos en la brisa



En el post de hoy, más sencillo que de costumbre, quiero hacer un homenaje a un personaje -una mujer- que Héctor Amado conoció durante aquella su estancia en París a la búsqueda de sí mismo, sumergido en la vorágine de amor que le envolvía como a uno le envuelve la brisa en un atardecer de verano al borde del mar.
Recuerdo que fue en uno de aquellos paseos por las orillas del Sena, en que solíamos dialogar a veces y a veces pasear en silencio registrando paisajes y cosas. Al cruzarse uno de los paquebotes turísticos, semi vacío (era un día ligeramente lluvioso de marzo; uno de esos díaas típicos tan parisinos), con la mirada siguiendo la estela del barco, comentó, abstraído y sin mirarme;
- En uno de esos la conocí,
- Conoció, a quién- le dije,
- A Ella- contestó. Y se sumió otra vez en el silencio. Yo, no suelo ser curioso y ante todo respeto los tiempos de los demás. Caminamos unos pasos más sin decir palabra. De repente echó mano al bolso y sacó el pañuelo: En ese momento me fijé en su cara: por su mejilla estaban corriendo, silenciosas, las lágrimas. Me pidió perdón. Se secó los ojos y con un gesto me condujo hasta el muelle donde un paquebote estaba a punto de salir. Solo iba una pareja de jóvenes pipiolos que saltaba a la vista que estaban celebrando su luna de miel.
Nos sentamos en el extremo opuesto al que ocuparon los pipiolos en el salón cubierto, donde las butacas estaban dispuestas como si de un cine se tratara -los que hayan viajado en uno de estos batobuses, saben bien cómo son-.

Allí mientras nos deslizábamos corriente arriba, a la vista del Sacre Coeur, al fondo, como una plegaria de mármol erigiéndose a lo alto, comenzó su relato: oí hablar por primera vez de R.
Me contó que la conoció de modo fortuito a la salida del cine; acababan de poner Un Verano con Mónica, de Ingmar Bergman, la película que supondría el descubrimiento del director sueco por parte de la crítica, y, a la vez la primera aparición de la que llegaría a ser su mujer: una jovencísima y atractiva Harriet Anderson.
Chocó con R sin darse cuenta, iba distraído, probablemente pensando en la película , y chocaron. Fue uno de esos choques en los que, a pesar de llevar abrigo -era invierno- y estar hechos, los seres humanos, en un ochenta por ciento de agua y lo demás tejidos más o menos blandos, saltaron chispas, pero materialmente -me dijo-, quizás la carga electrostática del ambiente, quizás los tejidos que llevaban puestos de sobre-todo, pero él -Héctor- me juró y perjuro, que se oyeron los "chas" de las descargas. Tras un primer momento de duda y perplejidad, con esa cortesía que hacía de este pretendido poeta un auténtico gentleman se disculpó y tras disculparse y mirarla a los ojos supo, en ese mismo momento, que se iba a enamorar de ella.

Dirán todos ustedes los que hayan seguido los relatos que han precedido a éste, cómo es posible que alguien que está turbadoramente enamorado de una musa ausente puede enamorarse de otra mujer; pues se puede, al menos él me lo dijo, y yo sabía que si lo decía aquel hombre que era incapaz de decir una mentira, es que era verdad.

Tras disculparse, invitó a aquella, que se revelaría, singular mujer, a tomar algo caliente al Café Odèon que se encontraba a la vuelta de la esquina. Era un lugar agradable, discreto, al que solían ir los que frecuentaban el cine, antes o después de la sesión.
Me la describió como una mujer aún joven pero que ya no cumpliría los treinta, de estatura media, pelo castaño, bien proporcionada (cuando se quitó el abrigo puedo reparar en los detalles), nariz recta y unos ojos muy vivos, no grandes, pero dotados de tal viveza que los hacía parecer enormes. Ahora sí, estaba seguro, que ya estaba enamorado de ella.
Hablaron de Bergman, obviamente, pero también de jazz del que era una apasionada y verdadera entendida, y también de ellos, de sus vidas, sus gustos,...

Me dijo que hacia el final de la conversación, en la que se dio cuenta que no paraba de mirarle a los ojos, a las manos -que Héctor movía siempre con delicada elegancia como subrayando sus palabras-, a la boca, miraba y miraba -me decía- y no paraba de mirar; cuando no hablaba, claro, porque cuando hablaba, uno no podía sino dejarse azotar por ese caudal de palabras vehementes, apasionadas, con las que se expresaba normalmente, contagiando al interlocutor y conduciéndole a lo narrado como si estuviera él allí. Era una sensación mareante y a la vez muy excitante. Él notaba cómo se le erizaban el vello de los brazos cuando ella esbozaba una de aquellas sonrisas que parecían acariciarte el alma...

En el transcurso de aquella primera conversación sobre R, Héctor me contó una experiencia que Ella tuvo unos años atrás durante un viaje por Estados Unidos siguiendo la Ruta 66.
- Esto te ayudará a comprender cómo era- me dijo.

Este es el relato:


La brisa del Gran Cañón
(Gracias a Musa de la Rire por la aportación de los vídeos)

Elegir un viaje, aparentemente, es fácil; su destino, casi siempre, el deseado. Lo que ya no está tan claro es porqué elegimos ese y no otro, qué deseamos de él, qué buscamos.

Tres amigos optamos hacer parte de la ruta 66, esa que atraviesa los EEUU de este a oeste o de oeste a este, según caiga o se ponga el sol, con un coche alquilado que más parecía de traficantes que de buscadores de sueños. Total, el coche era amplio y cómodo, el necesario para tan largo trayecto, eso sí mirar hacía atrás dentro de él era un verdadero ejercicio de cervicales compensado. Yo, cada vez que miraba hacía atrás veía a un coyote sagrado si iba delante, conduciendo, pero cuando me sentaba atrás a descansar sentía el abismo frente a mí. ¿Serían alucinaciones?

De San Francisco al destino hay casi unos 1000 kms., atravesar el desierto de Nevada, asistir y presenciar ese horror de cartón y luces de neón de Las Vegas fue lo peor, lo peor. La belleza del paisaje alentaba a salir, respirar ese calor, sentir como una navaja el viento. De-sol-ación, nada de vida humana excepto aquellos vehículos que de tarde en tarde se cruzaban.

Recuerdo haber conducido muchas horas y tras el cansancio, al segundo día, sentada atrás, de repente ví unos árboles, sentí la misma sensación que cuando estás en la nieve muchas horas y de repente vuelves a ver vida, color. Como si de una linea horizontal se tratara, acababa el desierto y entrábamos en El Parque del Gran Cañón del Colorado, un bosque precioso, a 5kms de ese comienzo del bosque un grupito de gente se agolpada en un sitio, allí bajé, era la primera vez, jamás se me olvidará.

Aquí, expresar todo lo que sentí me resulta tremendamente difícil, era El Cañón en el área Sur, parte de esa maravilla natural del mundo. Sinceramente yo temblé, el vello se erizó y las lágrimas me dejaron sin voz. Fue así, justamente así, algo sagrado te envolvía.

Allí permanecimos varios días, en un pueblecito llamado Flagstaff. Allí fue mi primer contacto con los indios navajos, con el pueblo indio. La mayoría se dedicaban a la artesanía, pero por las calles y de noche el alcohol a más de uno le llevaba los demonios. ¿Qué hizo el hombre blanco allí?, me preguntaba casi constantemente, para que en tal sitio algunos indios tuvieran esa conducta que lejos estaban de sus creencías,de su fé, de su cultura.


Muchas experiencias viví pero me quedo con aquella puesta de sol, aquel atardecer.
Estaba sola, yo creo que fue por South Rin, me senté en una roca con la satisfacción de poder ver aquella maravilla que me contaban todos los indios y no indios. Yo, en el silencio vi como el sol se iba ocultando en la otra orilla, y aparecieron colores grises, violetas, rosas, amararillos en las rocas y en el río reflejándose. Recuerdo que no podía pensar, absorta, absolutamente abstraída por esa belleza. No sé ni cuánto tiempo pasó, ni si pasó alguien ó algo por allí. Sólo veía, sentía aquel impacto sobre mi alma; la esencia de lo bello, el infinito. Estoy convencida que algo golpeó mi alma.

Cuando anocheció me fui de allí lentamente, sin prisa, sin tiempos, la emoción dentro y fuera, dentro y alrededor, dentro y en todas partes.
Allí se quedaron los libros, la máquina de fotos y más cosas. Cualquier carga molestaba, no lo planée así, pero la naturaleza me recordó la estupidez de la carga del tener frente a la sabiduría de SER.
Ahora, en este instante, al recordar esos momentos, aún sigue emocionándome esa inmensidad.

" He ido hasta el fin de la tierra /He ido hasta el fin de las aguas / He ido hasta el fin del cielo / He ido hasta el fin de las montañas / No he encontrado a ninguno que no sea mi amigo
Proverbio Navajo."

RxR



Tras aquella confidencia-relato, con los ojos humedecidos pero con una sonrisa en la cara, una extraña sonrisa que no se parecía a ninguna sonrisa que yo hubiera visto, me dijo:

- Nunca la toque un pelo, tuvimos una relación de amistad un tanto especial, eso sí, pero fueron dos meses extraordinarios. Con decirte que casi hasta me olvidé de la Muse.
Es que era fantástica, tenía tanta vida interior, era tan, tan,... apasionada, y tan honesta, tan leal, que hubiera sido un sacrilegio intentar nada con ella -nada sexual, me refiero-
Asentí, con gesto incrédulo, pero su mirada penetrante y fija, me convenció de que hablaba en serio.
Quedamos para otro día en el que me contaría qué sucediera durante esos dos meses; aquello que pudiera contar, obviamente, poque él era, ante todo, un caballero.

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Pusieron Música
Creedence Clearwater Revival
Have you ever seen the rain
The Byrds
Turn, Turn, Turn
Mr. Tambourine

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Links de interés

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domingo, 1 de agosto de 2010

Japonerías y Japoneries




Japón. Uno mienta al país del Sol Naciente (Nihon-koku o Nippon-koku) y todo son evocaciones... pero no solo orientales, sino, también, del país de la tecnología punta, de los robots, de la occidentalización en extraña simbiosis con una cultura totalmente ajena a la nuestra. La capacidad de ese lejano e isleño pueblo para el sincretismo es asombrosa, sin parangón el mundo. Han sido capaces de absorver con una facilidad pasmosa culturas, religiones, costumbres, etc., de otros países con un mínimo desgaste en su propio acervo cultural.

Con este se inicia una serie de artículos sobre el Japón que he titulado con el galicismo castellanizado Japonerías (Japoneries; no se molesten que no lo recoge la RAE), porque es bastante explícito en una sola palabra. También podría haber utilizado el genérino: Japonismo (Japonisme), que es como se llamó, en Francia, todo aquel torrente que inundó el mundo tras abrir las fronteras -después de 270 años de aislamiento- aquel extraño país que solo disponía de un puerto franco para el comercio exterior durante ese periodo. Como un torrente, digo, brotó todo lo japonés surcando mares y cruzando tierras hasta occidente -principal y primeramente: Francia y EEUU.
A Francia llegaron Enviados del emperador japonés y, con ellos, las manifestaciones artísticas de ese exótico país: su pintura (los famosos estampados/grabados en madera), su cerámica, su difícil -para un oído occidental- música tradicional, su escultura, su arquitectura, sus múltiples artes domésticas (ceremonia del té, Ikebana -arreglo floral-, etc.), artes marciales (Kendo, Sumo, más tarde, Judo, y más, ya en el s. XX todas las demás), y, por supuesto, la literatura. Una literatura rica, muy antigua, antiquísima, menos que la china -que siempre fue su modelo-, pero más que la occidental, y subdividida en múltiples géneros, toda vez que sigue la división -algunas veces difícil de establecer- entre Poesía y Prosa; ambas con características que le son propias.

Por estas páginas desfilarán, atendiendo al formato ya establecido, parte de lo mejor que el pueblo artístico nipón a realizado en pintura, música y literatura, sobre todo. Pero en este primer artículo, para realizar una inmersión gradual, los textos, si bien con tema absolutamente japonés, tendrán una procedencia occidental, más concretamente hispana, y muy cercana a nosotros. Son dos autores conocidos por todos los que nos siguen habitualmente: uno, Héctor Amado que, aunque español -y castellano-, dado el carácter afrancesado de su obra -ya que la mayor parte de ella está escrita en francés-, nos trae un esbozo de récit escrito en la lengua de Truffaut, un ejercicio de estilo, en el que, como si de un capítulo del famoso Genji Monogatari se tratase, se desplegará ante nuestros ojos parte de aquel mundo y sus costumbres; el otro texto, de más enjundia por cuanto es un cuento con principio, nudo y resolución, es de nuestra, ya habitual, colaboradora, Beatriz Basenji, que sin dejar lo poético de lado (como un río que en su curso medio fluyera pausado y preñado de hojas de loto) nos presenta un relato corto de difícil encuadramiento aquí, en occidente (¿quizás realismo mágico?), pero que en Japón no dudarían en encuadrarlo bajo el genérico tema de los cuentos de fantasmas; en los que no siempre salen fantasmas, pero donde siempre está presente lo sobrenatural, lo mágico, lo arcano.
Es algo consustancial a la vida del japonés y al panteón de su religión más autóctona: el sintoísmo, con sus dioses domésticos, los de los elementos, los de los lugares (pocos pueblos tan mimetizados y orgullosos de la naturaleza abrupta y agreste de sus islas de origen volcánico), los de los oficios,... y los de los infiernos, también, poblados de demonios pavorosos y presencias invisibles... en fin, el mundo de lo posible que, oculto a la vista, Japón lleva en su alma y su corazón isleños (como si su isla fuera un empíreo flotando en el mar del cosmos).

Sin más preámbulo, aquí les dejo con El Rostro de Ibunoko, de Beatriz Basenji, y con El Pabellón de la Peonías, de Héctor Amado. Como siempre, deseo que les guste y lo disfruten.



EL ROSTRO DE IBUNOKO

Diez días atrás, observada desde la pequeña estancia allende los tejados, el arribo de la joven consorte de Ibunoko a la Casa, no permitía apreciar detalles que aportaran un solo hilo a la trama de nuestro callado misterio. Aún si hubiésemos nacido esclavos, ninguna esclavitud nos habría sido más penosa que la índole de aquello que se debatía entre los pliegues de nuestro silencio por adquirir un rostro cierto. El rostro de Ibunoko, por nadie visto.


Habían llegado sobre el filo del mediodía, de modo que las repetidas ceremonias de presentación se alargaron hasta la hora en que la intensidad del calor enloquece las avispas. Recién entonces le fue permitido a la señora Ibunoko llegar a sus habitaciones y rendirse al cuidado de sus propias doncellas, que la desvestían y volvían a acicalar con las fastuosas sedas de la ciudad imperial.


Como siempre -como ya nos era conocido a los sirvientes de la casa- Ibunoko se había esfumado. Su presencia no era perceptible por ojo alguno puesto que había logrado -para desesperación de quienes le servíamos - el don de la transparencia. De modo que nunca se estaba seguro de si él estaba o no, de si él podía oír o no; de si él podía regresar o no de la incorporeidad que gozaba y, en el fondo, cada uno de nosotros, esperaba que eso ocurriera alguna vez.

Se murmuraba con frecuencia sobre su inmortalidad y la controversia entre nosotros era si el hecho de ser invisible las más de las veces, lo habría dotado de las virtudes de los inmortales o si tan sólo las aparentaba.


Las tañedoras de laúd poco y nada podían aportar sobre los caracteres personales de Ibunoko. Jamás habían logrado ver su rostro. En sus visitas a la cámara del señor, combinaban diestramente la danza, los juegos de ingenio e imaginación hasta que imprevistamente, una gloriosa sensación de abandono y sed, las envolvía suavemente en la neblina de los sahumadores y una marea de silencios dominaban los ímpetus de la pasión.

Intuí que Ibunoko era sabio. Suprimía de la escena las variaciones que sobre su rostro podían imprimir los juegos donde las flores y los abanicos y los pájaros adiestrados debían fascinar totalmente al contemplador y encenderlo para el amoroso holocausto.

Blindaba sus emociones con alguna de sus bellas máscaras. La perfecta sonrisa magistralmente dispuesta en lacas inalterables. Los impenetrables ojos fijos en la pulida convexidad.

Restaba deliberadamente cuanto pudiera deslucir la consagración de la fábula allí mismo narrada o exigida.

Algo capaz de motivar el infinito rollo de interrogaciones que una puede iluminar en la soledad de su propia estera.

Negaba también el más ínfimo dolor a los sentidos sacramentales de la vida, cuya contagiosa sustancia pudiera remorder la felicidad exigida al otro ser.

Solo una de las tañedoras se atrevió a confiar a su sirvienta que había desaparecido en el interior de un pequeño cofre pero ella continuó sus insinuantes relatos, dándole sitio a las voces graves o aflautadísimas de invisibles personajes. Danzó igual que ante Ibunoko y tuvo la certeza de que su actuación era observada por alguien verdaderamente invisible. Luego la joven se inclinó a la contemplación y piadosamente el hidalgo la hizo recluir en la Casa de los Encuentros Celestiales.



En cierta ocasión, un hombre que parecía un campesino, se presentó ante el señor pretextando haber soñado un raro sueño.

Antes que el campesino pudiera iniciar el relato, Ibunoko verdaderamente sorprendido por el visitante -con apenas un majestuoso giro de sus vestiduras- exhibió ante el presunto soñador una de sus máscaras cómicas. Sin arredrarse ante tal circunstancia, el hombre comenzó diciendo:

" Me he visto a mismo en compañía de tres maravillosos genios de la danza los cuales solo poseían la mitad de sus miembros superiores e inferiores. Es decir que tenían un brazo y una pierna cada uno. No obstante era tan gloriosa su alegría, que yo mismo lejos de compadecerme de sus condiciones físicas, me sentí inundado por la radiante dicha que ellos comunicaban. Los tres residían en una aldea tibetana y en la habitación por ellos ocupada, una pequeña pieza de barro cocido con espléndidas flores de durazno, atraía las miradas prodigiosamente".


-Un jarrón con su nube de rosadas flores, como éste que ves aquí?- le preguntó Ibunoko.


Y antes que el hombre pudiera decir "sí ", Ibunoko se transformó en el jarrón soñado por el campesino.

Quizá conmovido hasta las lágrimas, pero resuelto a desvelar su propio enigma, el hombre todavía rogó en voz alta:

"Oh, señor, declárame dónde es pues la morada en que residen los tres genios, si en el Tibet celestial o en el Tibet más allá de la China?"

Una carcajada que tanto procedía de los viejos faroles colgantes del rico artesonado como de las falsas paredes de papel, fue la respuesta.

Aún si la noche tuviera una duración de seis mil años - como calculaba mi antecesor- los hechos que tuvieron por protagonista a nuestro invisible amo, no se agotarían. Él posee la exclusiva facultad de cabalgar a favor de nuestra obsesión por descubrir su rostro, sin que acaso exista en su voluntad idéntica pasión por ocultarlo.

¿O es que las máscaras de Ibunoko son la verdad, la Única verdad que Ibunoko puede revelar a sus servidores?


Hoy sucedió que, mientras yo pulía los grises mármoles de un estanque vacío, la joven Kano, la recolectora de flores, simulando extraer hierbas silvestres de un cantero cercano, relató en voz muy baja:

"Cuando disponía las flores en los cacharros de la terraza -¿no?- la señora Ibunoko llamó por mí:

-Kano - dijo- dame uno de tus crisantemos para mi cabello.

No había crisantemos en mi cesta. No. Pero miré con toda atención el gran ramo que portaba. Entonces con mucho temor, respondí:

-Soy tan torpe que no logro advertir la flor que mi señora ha pedido. No hay crisantemos en esta época. Estoy segura. Pero quizá esta orquídea azul como su obi, lucirá como perla.

La señora Ibunoko extendió su mano tristemente en el vacío mientras una sonrisa también vacía acentuaba la exquisitez de su cara. Se hizo un doble silencio, porque yo estaba muy confundida y la señora parecía haber olvidado de improviso todas las flores de este mundo.

Fue entonces cuando expresó:

-Oh, dulce Kano! No! No eres torpe... Es que yo soy ciega".


Beatriz Basenji

http://lasalsamadre.blogspot.com/



Le Pavillon aux Pivoines

Introduction
Lorsque Sei Shonagon va écrire ses merveilleuses Notes de Chevet (Makura no soshi, écrit vers l'an 1000 de notre ére), l'époque Heian était à l'apogée.
L'Époque Heian, qui s'écoule du IXième au XIIième siècle, est le pèriode classique par excelence du Japon.
C'est le temps des cours somptueuses, de la création d'une calligraphie propre (avant chinoise), d'une solide litterature, des arts apliquées, de la figure légendaire du samourai (vasal ou serviteur armé, aussi appelé l'homme de l'arc et les flèches)... Enfin, l'Époque Heian est considerée comme "l'Âge d'Or" de la civilisation japonaise par les japonais eux mêmes.

Sei Shonagon était une dame de compagnie de l'Emperatrice Fujiwara no Sadako, elle appartenait par conséquent à la noblesse. Dans cette époque les femmes de la noblesse avaient une culture raffinée, bien que ne puissent pas utiliser l'écriture Kanji -culte ou litteraire, d'origine chinoise- réservée aux hommes.
Les femmes devaient utiliser les syllabaires
Kana -plus populaires- qui deviendront l'actuel japonnais fonétique, quelque chose de semblable à ce qui va se passer avec le latin et les langues romances à l'Éurope de l'Âge Moyenne.
Les
Kana sont une évolution de la langue provoquée à l'usage, devant la nécessité d'employer des termes moins litteraires pour parler et écrire sur les choses quotidiennes ou galantes.
Sei Shonagon fût une de cettes femmes de lettres "avant la lettre" qui vont à développer l'important aspect féminin de la litterature niponne. Écrivain en prose et poète, cette femme mystérieuse eut une vie pleine dédiée à la beauté et les plaisirs courtisans jusqu'à la mort de l'emperatrice, ensuite elle va prendre l'habit bouddhiste pendant dix ans avant de mourir.
Mais, le secret de son génie délicat et sensible se cachait derrière sa propre vie, une vie dont les ombres furent plus abondants que les clartés jusqu'à la découverte de la
boîte d'ivoire du pavillon des pivoines...
*
Cet ample préambule était nécessaire pour comprendre à sa juste mesure la singulière et incredible histoire que je vais vous raconter de suite...

La Naissance
Il était le cinquième jour du cinquième mois (minazuki, le mois de l'eau) du quatrième année de l'ére d'Owa (965).
L'été vennait d'entrer; une legère brise mouvait les rideaux de bambou faisant un faible son qui accompagnait la respiration entrecoupé et gémissante d'une femme qui était sur le point de donner le jour.
Dans la chambre aménagée de salle d'accouchement improvisée on sentait le doux parfum des pivoines récemment coupées -placées là puisqu'on savait que ces fleurs portent bonheur (le propre nom de peoniae, nom latin d'oú derive pivoine, signifie "le guerisseur" ou "le secourable")-.
À l'heure du lapin (cinq heures du matin) va naître, au sein d'une famille de la noblesse moyenne -les K
iyowara-, une fille comme tant d'autres...

Mais cette naissance aurait une particularité: la première image qui virent les yeux encore aveugles de la nouvelle-née fût-elle un vase avec des pivoines legèrement rosées... et, alors, au lieu des traditionnels sanglots elle va ébaucher un sourire. Sa première inhalation fût donc le resultat de la joie, pas des pleurs, et cette inhalation, en plus, le fournit sa première sensation odeureuse: le parfum des pivoines.
Cette façon si singulier d'entrer dans le monde se considera de bon augure, mais bien peu imaginait
Kiyohara Monosuke ce que la destinée lui aurait réservé à celle qui serai son fils unique.
Kiyohara Monosuke était un officier au service de l'empereur et poète dans son temps libre dont son aspiration était faire du zèle pour monter de rang -et marier proprement une fille était une belle façon de le faire-. Ainsi donc, Kiyohara était heureux avec sa paternité récemment étrennée.

La fille fut appelée Nagiko, bien que le nom avec lequel elle restera à l'histoire de la litterature serai Sei, Sei Shonagon...
Mais, peu à peu.
Pendant ce temps là, la vie à la cour de l'empereur s'adonnait aux arts, la litterature, la poésie, les activités galantes et à embellir le temps avec des riens.
Les femmes étaient considerées en une double aspect: son capacité de femelles réproductives et son fonction décorative; mais au contraire de ce qui se passera plus tard, à l'Époque Heian les cours des emperatrices étaient vraies centres culturelles oú se donneront les premiers pas pour une naissante culture litteraire... et seraient les femmes, surtout, les chargées de mener à bien cette tâche.
L'avenir réservé à cette fille de la noblesse on trouvait donc à côté de ces cercles cultes et raffinés.


L'Infance. Le Petit Palais des Baisers.
Kiyohara Monosuke regardait satisfait comme sa fille grandissait belle et dèlicate telle qu'une fleur de cerisier.
La petite fleur de cerisier avait déjà fait preuve d'une intelligence éveillée en apprenant très vite à parler et plus tard à lire et écrire les syllabares kanas -les seuls permis aus femmes-.
Nagiko avait toujours un sourire dessiné sur le visage, même si elle était mélancolique lorsque les jours gris et pluvieux d'automne qui la confinaient dans la chambre de la songerie (chambre à jouer pour les enfants).

Elle aimait marcher et galoper par les petits chemins du jardin, parmi les parterres soigneusement disposés des pivoines, des crysanthèmes et des rhododendrons; des cérissiers, des pruniers et des pêchers; des terrasses de primevères oú elle aimait de se coucher pour sentir son douce parfum,... ou bien, regarder l'étang couvert ici et là par les feuilles des lotus comme s'il était un mosaïque multicolore oú les réflets des arbres, les nuages et l'azur se mêlaient au vert soit le brillant des feuilles tendres soit l'obscur des feuilles mûres des nénuphars parsemés par les aigrettes florals rougeâtres, blanches, violacées ou jaunes, des plantes déjà fleuries.

Mais elle aimait, surtout, regarder, elle était toujours regardant. Elle se passait les heures enregistrant dans son cerveau n'importe quelle image, évenement ou manifestation naturelle ou social qui arrivait autour d'elle. Sa capacité d'observation deviendrai exceptionnelle.
Sa mère disait, mi-amusante, mi préoccupée: "elle mange des images", puisque parfois elle restait immobile pendant le repas, avec les lèvres mi-closes, en observant, à travers la fenêtre ouverte sur la cour intérieur, comment les abeilles volaient parmi les glycines mauves.

D'ailleurs Nagiko grandit sans problèmes remarquables. Sa vie fut facile jusqu'à... À l'âge de neuf ans elle va connaître Keino -Keinosuke Ashikaga- le fils aîné de son oncle paternel Tadanobu Kiyohara, noble de 6º rang au service de l'empereur.


Keino
. Keino était un enfant beau mais dèlicat, de peau très blanche et nets yeux marrons. Trop grand pour son âge -il avait 10 ans révolus- sa santé physique n'était pas très bonne. De caractère mélancolique et absent, son extreme sensibilité lui provoquait constants états de prostration.
Devant cette situation son père, recommandé par le médecin, avait déçu lui envoyer à la maison de son frère dans la campagne, aux alentours de la capitale et éloignée des soucis du Palais Impérial.
L'enfant va accepter avec résignation ce change dans sa vie. En outre, il n'était pas certainement très heureux parmi la formalité et l'étiquette de la cour oú les bruits, les courses et les cris,... se consideraitent de mauvais goût même pour un enfant.
Pour s'amuser, et quand sa santé le lui permettait, il passait beaucoup d'heures jouant au Go, quelque chose notoriement rare étant donné que il était encore très jeune.
Ainsi donc, Keino va arriver un jour de printemps à la Maison des Fleurs Perpétuelles -nommée ainsi parce qu'il y avait des fleurs dans les jardins pendant les quatre saisons de l'année.

Le Petit Palais des Baisers
.Au jardin, éloigné de la maison principal, parmi les parterres de pivoines et la rive de l'étang, deux saules encadraient un endroit tranquille, réservé aux regardes, dont le sol était tapissé d'un moelleux manteau d'herbe et trèfles. Là, Nagiko allait d'habitude quand elle voulait demeurer seule. Là, elle laissait libre cours à son imagination. Là, elle se sentait comme une petite emperatrice. Elle l'appelait tendrement Le Petit Palais.

(à suivre)



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