martes, 21 de febrero de 2012

La Canción de la Tierra (Das Lied von der Erde)




Tras la exaltación jubilosa de la 8ª Sinfonía, Mahler compuso Das Lied von der Erde en un momento crítico de su vida sobrevenido a la confluencia de una triple circunstancia: acababa de dejar la dirección del Hofoper vienés, su hija mayor recién falleció de una difteria fulminante y el médico de Maiernigg le detectó una afección cardíaca (una malformación valvular que aunque no ponía en peligro su vida le hizo sentir cercano el aliento de la muerte). No es de extrañar pues que esta composición esté impregnada de un cierto espíritu nihilista de la existencia, ni que encontrara en los versos de los poetas chinos Li-Tai-Po, Wang-Wei y Mon-Kao-Yen, de índole taoísta, cercana al existencialismo, cauce a la expresión que bullía en su turbado corazón. De hecho a estos poemas les insufló su propia impronta, matizando y añadiendo algunos versos --como en Der Abschied, El Adiós (canción 6ª).
Desconsuelo y aceptación, impotencia ante lo irremediable, dolor que busca la embriaguez de los sentidos para no ser consciente de las miserias de la existencia. Hay momentos en la vida de los seres singulares, enfrentados a o recogidos en sí mismos --instantes críticos, decisivas encrucijadas, forzados paréntesis--, en que la luz de la Realidad penetra en su consciencia iluminando lo insignificante de los sueños, lo fútil de las ilusiones, lo vano de los sentimientos y emociones; son momentos en los que el ser humano descubre de una forma desconsoladora que lo que él creía más importante, aquello en que reside su conciencia de individuo, su singular personalidad, es poco menos que nada, humo en el aire, brizna de hierba en la inmensa pradera del universo infinito; momentos en los que, rendido, se diluye en esa luz que lo alumbra y lo deslumbra, y, por un momento, comprende, comprende que no es más que una molécula indistinta entre otras tantas moléculas indistintas; y, en esos momentos, desde ese deslumbramiento interior, vuelve los ojos hacia afuera y el único consuelo que encuentra es el de una naturaleza ajena a su existencia que con una voluntad irrenunciable repite una y otra vez el ciclo de su terco perpetuarse. Es un descubrimiento capital pues sin él --sin esa conciencia de una existencia sin objetivo, empeñada y justificada solamente en su existir-- al ser humano, en esos momentos en que el suelo desaparece de sus pies, no le quedaría más opción que la locura o el acabamiento.

Es en esos momentos, también, cuando, como tercera y excepcional opción, en los espíritus especialmente dotados, surge la obra de arte, la creación, como salida, como escape, como globo de helio con el que sobrepujar el hundimiento. Mahler, en esa época en que todo se tambaleaba a su alrededor (quizá ya entonces, por añadidura, comenzara la desafección de su mujer, Alma, quien en 1909 iniciara una relación con el joven arquitecto Walter Gropius), en que ni aun el reconocimiento y la bien cimentada celebridad que ya disfrutaba le eran suficientes motivos para vivir, debió sentir algo así como lo descrito más arriba. Se aferró a lo único que podía salvarlo: su genio creador. Ésta fue la génesis de Das Lied von der Erde, como lo sería, después, de la 9ª Sinfonía.
El hallazgo de Die Chinesische Flöte (La Flauta China) de Hans Bethge, filólogo, poeta y traductor orientalista, fue, además, providencial (él, Mahler, creía firmemente en que las cosas no ocurrían porque sí, sino que había una inteligencia ordenadora, que ponía ante su genio los instrumentos necesarios para indicarle en cada momento la naturaleza de sus obras; con tal asiduidad le ocurrirían esos "hechos fortuitos" que a sus ojos iban más allá de la pura casualidad). En esta colección de poesía china de la Era Tang, y más concretamente, su Edad de Oro, encontró el sustrato textual que daría soporte a su queja a la vida, una queja que como no podía ser de otra forma en un genio musical como el suyo, tomaría la expresión formal de la canción: el grito, modulado; lo irracional, hecho medida y armonía. Mas una armonía en lo diverso, uniría oriente a occidente: el consuelo del tao donde Dios se mostraba despiadado; de este diálogo entre lo formal y lo informe, prodigiosa, surgiría esta obra, y, sobre todo, tras el camino preparado por las cinco canciones previas, ese milagro condensado en apenas media hora que es el Das Abschied --El Adiós-- con el que Mahler parece despedirse del mundo, y con el que nos brinda uno de los momentos más líricos de la historia de la música (aquí otra vez, pero desde otra perspectiva, el deslumbrante brillo de la alta cumbre ya reflejada en el Coro Místico de la 8ª Sinfonía).


Das Lied von der Erde / La Canción de la Tierra

1. Das Trinklied von Jammer der Erde (Canto báquico del dolor de la tierra)
2. Der Einsame im Herbst (El Solitario en Otoño)
3. Von der Jugend (De la Juventud)
4. Von der Schönheit (De la Belleza)
5. Der Trunkene in Frühling (El borracho en primavera)
6. Der Abschied (El adiós)

El porqué Mahler eligiera poemas chinos viene explicado en los mismos textos: esa aceptación inquisitiva tan cara al espíritu del tao, fuera de toda duda y prejuicio racional (¿cómo habría de buscar consuelo en lo racional ante lo que no era sino --a sus ojos-- producto de la más obscena irracionalidad?). Solo el carácter oriental --implícito en el tao-- es capaz de preguntar a la existencia sin esperar respuesta, como si por el mero hecho de darse por enterado, aceptando la limitación que impide variar el rumbo de las cosas, actuase de exorcismo, de consuelo, para el alma sufriente, sintonizando su latir con el de la misma vida, que es la de esa primavera que siempre vuelve a teñir las canas del invierno, a reverdecer las ramas secas, a iniciar un nuevo ciclo sin motivo, sin más motivo que exaltar la vida, una vida incomprensible, tantas veces, para el hombre. Pero de ésto, el espíritu oriental no hace sistema, no filosofa con un objetivo científico, el espíritu oriental acepta, comprende sin argumentos, se siente, en el sentido más amplio --y menos sensorial-- posible, uno con lo que le rodea, no busca explicaciones hilvanadas a la razón, encuentra respuestas entramadas a la propia naturaleza. Cuando Li Tai Po se sumerge en los vapores de la embriaguez, no lo hace para huir de una realidad que no le gusta, nada de eso, él se embriaga porque de esa forma las férreas barreras de la limitación consciente, la que nos ata a las cosas contingentes, se disuelven en la alegría proporcionada por el brebaje euforizante.
Como dice la 5ª canción, El borracho en primavera:

Si la vida no es más que un sueño,
¿Porqué tanta pena y fatiga?
¡Bebo a más no poder
el día entero!

Pero no hay que ver en esto una incitación a la ordinaria evasión de la realidad, sino una personal  inmersión en su sinsentido. Además, los poetas chinos nunca intentan aconsejar, ni sugerir siquiera: exponen su actitud, su opción, que al fin y a la postre, acepta sin resignarse, se rebela en su conformismo, por eso finaliza este poema que da tema a Der Trunkene in Frühling:

...Y cuando ya no puedo cantar
vuelvo a dormir
¿Qué tengo que ver con la primavera?
¡Dejadme estar ebrio!

Esta ebriedad se expresa en Mahler --como defendería espléndidamente Charles Baudelaire en sus Paraísos Artificiales-- en el enajenamiento creador, suerte de embriaguez que no necesita sustancias psicotrópicas para arrebatar el alma de las miserables garras de lo necesario, del sufrimiento que envilece y priva al ser humano de su luz, elevándolo, desde ese lóbrego muladar donde lo arroja la desgracia, hasta las puras alturas donde brotan las flores luminosas. Flor luminosa --esta Das Lied von der Erde-- que resplandece, en su insumisa aceptación, con ese sobrecogedor, por lo mayestáticamente simple, canto de insospechada esperanza con que se cierra la canción del Adiós:

De nuevo la tierra amada
florece y reverdece
por todas partes en primavera,
¡Por todas partes y eternamente
brillan luces azules en el horizonte!
Eternamente... eternamente...


Antes, Mahler, nos propone un viaje por esos cantos de la Tierra donde se recoge, en gruesas pero poderosas pinceladas, el carácter de la humana existencia. Así Das trinklied von jammer der Erde (El Canto Báquico del Dolor de la Tierra), en el que se nos expresa repetidamente lo sombría que es la vida y la muerte, a modo de declaración de intenciones:

...Cuando llega la pena
el jardín del alma se torna yermo

 Y pese a las maravillas del mundo, de la vida, de la Tierra, que la naturaleza nos muestra continuamente, 

El firmamento será siempre azul
y la Tierra reverdecerá en primavera...

no bastan para consolar al ser humano consciente, pese la conciencia de infinito, de su finitud y la de todas las cosas que ama, incluso las más bellas --que por su carácter efímero no contempla ya sino como vanas e irremediablemente sometidas a putrefacción,

Pero tú, hombre, ¿Cuánto viviras?
¡No tienes ni un siglo para gozar
de todas las vanidades putrefactas 
de esta tierra.

Por eso, la solución, es la embriaguez, la enajenación jubilosa provocada por el vino --léase el rapto de la conciencia por cualquier procedimiento capaz de traspasar el mundo de las apariencias,

¡Ahora el vino!
¡Es el momento amigos!
¡Vaciad las copas áureas hasta el fin!
Sombría es la vida y la muerte.


El compositor hace, de la queja del corazón Solitario en Otoño, exaltación de lirismo; del lamento germinado en soledad, belleza sutil, prodigioso brocado de imágenes rutilantes, estrellitas arrimadas al sopor taciturno del duende amodorrado:

...como si un artista hubiera rociado
con polvo de jade las delicadas flores

dando consuelo al corazón cansado, hundiéndolo en el sueño, desde donde regresará, quizá por pistas siderales o estelas ignotas, hacia la amada morada donde espera encontrar la paz. A pesar de todo, de la soledad, del otoño, del corazón abandonado, aún queda margen para inquirir a una improbable esperanza:

Sol de amor,
¿No brillarás nunca más
para secar dulcemente
mis lágrimas amargas?

Aquí, Mahler expresa patente y dramáticamente su estado sentimental --la pérdida de su hija, el desamor que asoma en Alma--, pese a la cual, aún, quizá,...

Ese corazón atormentado y solitario pasa, entonces, a hacer un repaso de las cosas amables, mas vanas y efímeras de la vida; acaso las más aparentes, las más deseadas, deseables y vanas de todas las cosas de la vida: De la juventudDe la belleza. El lirismo vuelve a rezumar en la representación descriptiva de estas, las más arteras y embaucadoras, vanidades:

En medio del pequeño estanque
hay un pabellón
de verde y blanca porcelana.
Como el dorso de un tigre
se comba el puente de jade
hacia el pabellón.
En la casita unos amigos sentados,
bien vestidos, beben y charlan...
algunos escriben versos.


Para pasar a describir el reflejo de la escena en el agua del estanque: ese mundo "patas arriba" en el que el puente es luna, mundo de apariencias con referencias platónicas, en el que los jóvenes se comportan con la inconsciencia de la edad y el escudo de la inocencia ante la realidad.

Unas muchachas recogen flores
de loto en la orilla del río...
[...]
El sol brilla sobre sus cuerpos
y los refleja en el agua clara.
El sol refleja sus delicados miembros,
sus dulces ojos.
Y el céfiro hincha con su caricia
la tela de sus mangas,
llevando la magia
de su perfume por el aire. 
[...]
Resplandeciendo como los rayos de sol,
entre las ramas de los sauces verdes,
cabalgan los jóvenes gallardos.
[...]
Y la más bella entre las muchachas
le sigue con una mirada de deseo.
Su orgullo no es más que fachada:
en la chispa de sus grandes ojos,
en la oscuridad de su ardiente mirada,
vibra aún la quejosa agitación
de su corazón.

Apariencia, disimulo, juego de la belleza y la vida, y la juventud, que tiene todo el tiempo del mundo, y toda la expectativa de lo que ha de cumplirse siguiendo el trazo curvo de los lazos ardientes. Pero esto no dura, la experiencia ha de mostrar al ser humano que todo es apariencia, que el tiempo es un suspiro de una bestia dormida que sueña. Y, al fin, todo acaba, y pasa, y se repite, una y otra vez, la misma ilusión, idéntica frustración, concluyente decepción,... La vida juega su juego de apariencias reales subsumida en un engaño creado por quién sabe que cruel y despiadado ente. Así la conclusión en forma inquisitiva:

Si la vida no es más que sueño
¿Por qué tanta fatiga y pena?


Quizá porque el reclamo es tan maravilloso, más que el más bello canto de sirena resplandece la canción de la tierra en la primavera:

¿Qué es lo que oigo al despertar? ¡Oíd!
Un pájaro canta en el árbol.
Le pregunto si ha llegado ya 
la primavera, me parece un sueño.
¡El pájaro gorjea, sí!
¡La primavera llegó durante la noche!
Lo escucho con gran atención
¡El pájaro canta y ríe!

El ser humano asiste, testigo de excepción, a esta llamada de la belleza, de la alegría inocente: "el pájaro canta y ríe", inocente ante la tragedia que está teniendo lugar en la conciencia culpable de este humano espectador excepcional en su existir miserable. Hasta quizá se ría de ese sentimiento de culpabilidad, de esa conciencia trágica. El pájaro canta y ríe imbuido de la magia de la inconsciencia. Y al ser humano, perdida su inocencia, la ingenuidad que unos dicen tenía en un arcano paraíso perdido, no le queda otro remedio que volver a llenar su vaso de vino y apurar hasta la última gota, para poder cantar todo el día hasta que la luna aparezca en el negro firmamento, y poder así sumergirse en otro sueño... Dejadme estar ebrio (suena como una reivindicación a la eutanasia de una vida miserable)...
Hasta que llegue el día del adiós. Pero éste es mejor escucharle, sentirle hendiendo las entrañas de una sensibilidad agradecida. Dulce daga de melódico filo que terminará con una vida gris y mortecina, pálida y demacrada, para abrirnos el alma a una experiencia inefable de dicha en armónicos erigida. 


Con todos ustedes Das Lied von der Erde, en las dos mejores propuestas halladas en la red YouTubeana:

1. La de (otra vez) Leonard Bernstein, en esta ocasión dirigiendo a la Orquesta Filarmónica de Israel, con una soberbia Christa Ludwig como protagonista insuperable de las canciones 2ª (Der Einsame in Herbst), 4ª (Von der Schönheit), y, sobre todo, la fantástica Der Abschied final ya elogiosamente aludida más arriba. René Kollo da cumplida réplica, en su difícil papel de tenor al límite, en la complicada 1ª canción (Das trinkled von Jammer der Erde), la festiva 3º (Von der Jugend) y la descreída 5ª (Der Trunkene in Frühling). (sita en la cabecera)

2. Una feliz grabación del gran Bruno Walter --discípulo y protegido del mismo Mahler--, increíble por la calidad sonora, que nos permite apreciar con cercanía cómo sería la interpretación ideal de esta obra, por alguien que, además de formarse con él, admirara al compositor. Además dirige una orquesta señera como la Wiener Philarmoniker. Y todo ¡Antes de la 2º Guerra Mundial! Grabación de 1936 que da cuenta de la calidad de los registros empleados entonces --cuando se quería, claro. Kerstin Thorborg y Charles Kullman nos sirven de espléndida muestra del tipo de intérpretes vocales en una era dorada para los solistas dramáticos.


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ILUSTRACIONES:
Frank Dicksee

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ENLACES DE INTERÉS:
Das Lied von der Erde. Sinopsis: en Wikipedia.
Das Lied von der Erde. Artículo: excepcional página francesa sobre Mahler en general: discografía completa, cronología, extraordinarios comentarios.
Das Lied von der Erde. Textos. En Kareol.
Das Lied von der Erde. Textos: Los cambios literarios. Comparativa entre los textos originales chinos, la traducción francesa del chino, la alemana de ésta de Bethge y las alteraciones introducidas por Mahler.
Li-Tai-Po: en Wikipedia
Wang-Wei: en Wikipedia
Bruno Walter: en Wikipedia

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domingo, 19 de febrero de 2012

El Hombre Sinfónico




I
A pesar de que el relato que sigue le fue contado por quien esto escribe al autor del blog -voz habitual de mis escritos parisinos- en una de las muchas reuniones habidas durante aquellos meses en que coincidimos en la cité lumière, y de que a pesar de que su labor, pulcra y encomiable, no solo no merece la más mínima objeción por mi parte, sino, antes bien, la más agradecida de las felicitaciones por su fidelidad al espíritu y a la letra de lo por mí escrito o comentado, por esta vez -que no sé si servirá o no de precedente- prefiero llegarme ante ustedes en persona pues la esencia que subyace en lo relatado está tan íntimamente unida a mi espíritu que muy posiblemente, y a pesar de la buena fe de nuestro amigo Rodrigo, no sea él capaz de transmitirles con toda la precisión que merece la sutileza propia de las impresiones más subjetivas, aquellas que solo quien las padece -sufre o goza- puede, mejor que peor, referir: esos leves roces de la emoción que en un momento determinado cruzan la consciencia como ligeras sombras proyectadas por una sensibilidad estremecida. No, no exagero. Cuando se trata de emociones suscitadas por algo tan sutil, inasible e inefable como la música fundida de una manera tan absoluta al alma y expresada con tal intensidad de delicada pasión trascendente como la destilada por el protagonista del relato que me propongo contarles, todo intento de veraz descripción es poco.
Creo firmemente que las cosas más fantásticas suceden a quienes son susceptibles de una interpretación fantástica de lo real, quizá porque esos seres, poseedores de una sensibilidad especialmente dotada, son capaces de detectar lo fantástico subyacente a toda apariencia, porque, en definitiva ¿hay algo más fantástico e increíble que la propia Vida? Que sepamos, las condiciones para que una tal condición vital se dé en el hostil universo que nos rodea son escasísimas, casi nulas; de hecho, la Tierra es una especie de milagro flotando en medio del vacío y viajando a 108.000 Kilómetros por hora alrededor del sol, que, a su vez se mueve a 220 kilómetros por segundo alrededor de la galaxia, que  a su vez se mueve hacia el Gran Atractor a 2,2 millones de kilómetros por hora, y éste, en continua expansión desde el Big Bang, a una velocidad crecientemente acelerada hacia no se sabe dónde...
Lo que sigue puede que tenga la apariencia de lo imaginario, pero les aseguro que tuvo coordenadas reales, ámbito real, personas y hechos reales. Se puede dudar, en todo caso, de que la interpretación, la vivencia de aquellos hechos se atuvieran o no a esta realidad reconocible por todos, y que lo que voy a narrar pudiera tener otra explicación que la que aquí voy a sugerir. Pero yo así lo viví, y, sobre todo, él así lo dio a entender a lo largo de aquella corta pero intensa relación. Al fin y al cabo ¿qué otra cosa es la realidad sino la experiencia particular que de ella tenemos los seres conscientes?


II
En aquel tiempo, desde mi retiro literario en Montmartre, me zambullía en la apabullante oferta cultural de la que fuera capital artística de la Europa del último tercio del siglo XIX y primero del XX; paseaba sus calles empavesadas, sus bulevares, las riberas del Sena; descubría lugares donde lo fantástico habitaba hilvanado a un pretérito legendario: bibliotecas, bistrós, tiendas de viejo y anticuarios donde uno podía toparse con objetos cuya historia se hubiera fraguado muy lejos de allí, en las tórridas arenas de los desiertos arábigos, o en las exuberantes selvas indostánicas, o acaso abrigaran secretos de arcanas civilizaciones que acabaron sumergidas en las profundidades marinas.
Como melómano empedernido también visitaba esos establecimientos musicales donde uno es capaz de encontrar hasta las primeras impresiones en vidrio del fonoautógrafo de León-Scott, cilindros de grabaciones originales efectuadas por el fonógrafo de Edison, los primeros discos realizados en resina shellac para fonógrafo, o, por supuesto, aquellos primitivos discos de pasta a 78 rpm del gramófono de Berliner. Pero yo no iba allí tras estas exclusivas curiosidades propias de museo, sino por curiosear grabaciones magistrales de orquestas y directores míticos como Arthur Nikisch, Hans Richter, Otto Klemperer, o, ya en la Edad de Oro de la dirección orquestal, los más recientes Wilhelm Furtwängler, Hans Knappertsbuch, Rudolf Kempe, Bruno Walter o... Gustav Mahler. Sobre todo Gustav Mahler. Quería saber si existía algo registrado del considerado como uno de los más excelsos intérpretes de Wagner -creo haber expresado ya mi amor al drama wagneriano-, pero la búsqueda fue infructuosa. Los medios de registro aún no estaban consolidados cuando el compositor montó y dirigió sus ciclos de Der Ring des Nibelungen o su Tristan und Isolde en el Hofoper de Viena.
Mas fue esta búsqueda la que me condujo hasta Le Bazar du Microsillon, un coqueto y discreto local dedicado a la música grabada en soporte de vinilo preferentemente, pero no exclusivamente. Se ubicaba en la planta baja y semisótano del número 13 du Passage Cottin, a un tiro de piedra de las escarpas que conducen a Le Sacre Coeur. Era éste un curioso lugar que, además de poseer todo tipo de discos de todo tipo de música, disponía de unas cabinas dotadas de una silla, una mesita y unos auriculares de alta fidelidad, donde escuchar las diversas grabaciones que previamente debían ser entregadas a una especie de discjockey, que era quien se encargaba con sumo cuidado de su reproducción en las correspondientes pletinas. Se daba la circunstancia de que por una pequeña suma de dinero (tarifada por tiempo) se podía disfrutar de la audición de la música elegida, era un servicio que el local ofrecía y que no sé de nadie más que en todo París lo ofertara. Allí le conocí.

Yo iba por el local periódicamente, pues los fondos variaban constantemente, renovándose y ampliándose según la oferta de un mercado que si bien está dirigido a una minoría, ésta es muy exigente y dinámica. Y fue en una de estas periódicas visitas, mientras andaba con mis pesquisas sobre Mahler, cuando uno de los asesores de la tienda, de nombre Jacques --un tipo de mediana edad, incipiente calvicie y ojos vivarachos que le aportaban la jovialidad que le restaba la ausencia de pelo--, con el que ya tenía cierta familiaridad, me susurró que había aparecido alguien aún más interesado en el compositor bohemio que yo, al menos en una de sus obras...
Parece ser que un día --hacía como cosa de mes y medio-- llegó un hombre joven, alto y delgado, con esa apariencia descuidada y distraída que suelen tener todos los que son víctimas de algún tipo de obsesión, que tras curiosear por los anaqueles, le preguntó a él directamente por diversas versiones de la 8ª Sinfonía de Mahler. Según me precisó Jacques, estaba interesado, sobre todo, en la grabación de 1959, en el Royal Albert Hall de Londres, con la London Symphony Orchestra bajo la dirección del gran director mahleriano Jascha Horenstein. Aunque en principio no disponían de ella --siguió comentando Jacques--, hacía una semana la habían encontrado en Londres. Mientras, en todo ese tiempo, el hombre alto, delgado y obsesivo, no ha dejado de venir ningún día a escuchar las otras grabaciones de las que sí disponían.Y Jacques aquí, acercándoseme para aumentar la confidencialidad, se explayó en detalles.
-Llega con su habitual aire tímido y cortés (actitud que no ha variado nunca, por más que lo veo durante cinco días a la semana), se va al anaquel correspondiente, selecciona un disco, me lo trae, me lo entrega dándome las gracias; yo le indico el número de la cabina disponible, y él, reiterando el agradecimiento se encamina hacia el lugar donde pasa los ochenta y tantos minutos -según versión- que dura la obra. Siempre viene con un cuadernillo y un bolígrafo sencillo, se sienta, se coloca cuidadosamente los auriculares y escucha con los ojos cerrados. De vez en cuando surge de la escucha y escribe frenéticamente en el cuaderno unas notas. Al cabo vuelve a cerrar los ojos y continua con la audición. Así hasta el final. Las interrupciones para escribir no siguen ninguna pauta establecida: a veces se producen muy seguidas, y otras tarda diez o quince minutos en interrumpir su concentración. No sé qué escribe ni por qué. Imagino que cosas sugeridas por la música, obviamente. Quién sabe, quizás se trate de un compositor o un estudiante de armonía que reseña las características técnicas de la pieza. Cuando la obra concluye aún se queda unos minutos con los ojos cerrados. A veces escribe algo y a veces no. Sale de la cabina, me saluda con una leve inclinación de la cabeza y una ligera sonrisa, me abona la cantidad pertinente y se va cerrando la puerta con todo cuidado. Un hombre muy raro, sí. Muy educado y sensible. Hasta su forma de andar es singular, pues tiene un paso normalmente cadencioso, pero a veces enérgico y resuelto. Sus movimientos podrían considerarse armoniosos, pero no carentes de cierta tensión, de vez en vez incluso muestran una energía y precipitación que contradice, hasta cierto punto, la armonía habitual. Bien pensado --dirige Jacques una mirada al techo mientras lleva su índice izquierdo a la barbilla-- se mueve como si siguiera un patrón sinfónico. Sí, eso es --chascando los dedos-- un patrón sometido a las leyes de la armonía musical. Y, o yo no entiendo de música --enfatiza suficiente--, o juraría que ese patrón tiene mucho de mahleriano.


III
No acababa de pronunciar la palabra --mahleriano-- cuando, casi respondiendo a la invocación, por la puerta apareció un tipo alto, joven y delgado que vestía una arrugada gabardina de color indeterminado, entre gris verdoso y pardo; el pelo, muy negro, proclamaba, claramente, su enemistad con el peine; los ojos, de párpados a medio cerrar, eran grandes y oscuros --quizá de un tono marrón violáceo--; la nariz proporcionada y la boca de labios finos daban a su angulosa cara el aire aristocrático de uno de esos especímenes eslavos cuyo abolengo hunde sus raíces en la noche de los tiempos. 
Traía algo bajo el brazo que resultó ser el disco de la versión "Horenstein", de 1959, de la 8ª de Mahler. 
Les saludó cortésmente y se dirigió al puesto de Julien, el discjockey, al que entregó el disco. Seguidamente tomó posesión de la cabina nº 3 durante la próxima hora y media. Yo, de forma discreta, no le quité ojo de encima. Realmente --no sé si influido por las palabras de Jacques-- algo había en él que iba más allá de la simple diferenciación fisionómica que suele dejar entrever el carácter de cada individuo; algo que, como la gabardina que lo cubría, pero invisible, le dotaba de una subrayada apariencia de singularidad desconcertante, una especie de malla energética o de aura fácilmente perceptible que emanaba de él y lo seguía como la cola de un cometa.
Es significativo cómo las narraciones que contienen algún matiz fantástico, o simplemente misterioso, pueden obrar en nuestra consciencia con tal poder de sugestión. Por más que nos declaremos escépticos o descreídos, basta que nos apunten alguna especificidad que tienda a incomodar, que raye lo numinoso, para que no podamos librarnos totalmente del prejuicio a la hora de contemplarla. Pensé que este era el motivo de esa mi condicionada primera impresión sobre aquel hombre. No tardaría en confirmar mi equivocación. 
Una vez finalizada la audición, tal y como me apuntara Jacques con anterioridad, permaneció un par de minutos con los ojos cerrados; después los abrió y estuvo escribiendo en su cuaderno con trazos rápidos mientras movía los labios (parecía que se dictaba a sí mismo). Al cabo de un minuto se levantó y salió de la cabina, fue a recoger su disco, y mientras se dirigía hacia la puerta aproveché: me fui hacia él y me presenté.
--Buenas tardes, monsieur, mi nombre es Héctor Amado.
En un primer momento, quizá sorprendido, dio un paso hacia atrás. Después, viendo mi sonrisa y mi mano tendida salió de su asombro y, sonriéndome a su vez, me la estrechó.
--Faust Novak. Enchanté monsieur.
Su voz, de tenor bajo, sonaba clara pero su francés estaba provisto de un ligero acento que denotaba una procedencia extranjera. Su mano, huesuda y alargada, de piel muy blanca y delicada, pregonaba no ser la de un manufacturero. A pesar de estar fría y ligeramente sudorosa, el apretón había sido cálido, contraste que hizo crecer en mí la perplejidad que ante aquel extraño había comenzado a sentir desde el primer momento.

En diez minutos estábamos sentados en una mesita de Le Chat Noir, un bar surgido a la sombra del cabaret homónimo, quien cerrara sus puertas en 1897 para disgusto de la gran troupe artística --Picasso entre otros-- que con motivo de la Exposición Universal de 1900 se desplazó a París. A esa hora el local aún no estaba lleno y se podía charlar sin poner en peligro las cuerdas vocales, o sin temor a que en las mesas adyacentes se compartieran las conversaciones. A pesar de ser un hombre aparentemente reservado, o quizá animado por la confianza de encontrar un alma que compartiera en cierta medida su pasión mahleriana, estuvo más locuaz de lo que cabe esperar en alguien que se acaba de conocer. Así me enteré de que su pasión por Mahler lo era casi desde la adolescencia --y eso supondría no más allá de diez años--, pero que su debilidad --como él decía-- por la 8ª surgió apenas dos años atrás.
La inmersión en la música del compositor bohemio --me dijo-- comenzó, como nos ha sucedido a todos, por sus sinfonías más conocidas, la 1ª "Titan" y la 5ª; después, una vez enganchado, vendrían todas las demás: la 6ª "Trágica", la "Canción de la Noche" o 7ª, la "Resurreción" o 2ª, la 3ª y 4ª; incluso tuvo acceso a la 9ª y la inacabada 10ª antes de acceder a la 8º. La razón no me la supo dar, porque él mismo la desconocía. El destino lo quiso así --era su respuesta--. Sí me precisó que ya estuvo a punto de sucumbir con Las Canciones de la Tierra (Das Lied von der Erde), esa colección de lieds bordados sobre una trama sinfónica cuyos textos hay que ir a buscarlos a... ¡China! Pues las seis canciones que componen la obra son arreglos del propio Mahler sobre poemas chinos de la dinastía Tang (salvo la 2ª de, Tchang-tsi, y la 6º y última, del poeta emperador Wang-Wei, las cuatro restantes son del gran Li Tai Po, el mayor poeta que diera aquella tierra de desconocidos poetas, quien, desdeñando todos los honores imperiales, se retirara a vivir en medio de la naturaleza, convirtiéndose en un aedo nómada que gustaba de escribir sus líricos epigramas en las hojas de los árboles para entregarlas, después, a la corriente de los ríos... (con eso está perfectamente definido el carácter de aquel extraordinario ser, y se comprende, además, que de los más de 5000 poemas que se cree escribió apenas hayan llegado a nosotros un millar; así como se explica mejor su muerte en el río Yang-tsé por querer abrazar a la luna reflejada en sus aguas). El caso fue que la Octava sería quien, finalmente, lo subyugara de aquel modo.

Aún recordaba --me contó, mientras sorbía con delectación un arábica Limú-- la primera ocasión en que la soberbia entrada del Veni Creator estalló en su sensibilidad con la violencia de una explosión volcánica. Se sintió tan sobrecogido que no pudo pensar en nada, solo escuchó. Durante ochenta y cuatro minutos escuchó aquella erupción subsecuente de coros, lieds, arias, y sinfonía de elementos diversos erigiéndose en monumento musical; un monumento que había ido encajando perfectamente, pieza a pieza, nota a nota, en su alma a medida que fue desarrollándose. Desde ese mismo momento supo que aquella obra era definitiva para él. Por muy raro que pueda parecer --me recalcó-- sintió que aquella obra se convertiría en trascendental, la obra que daría sentido a su propia vida. Tras inquirirle yo por su relación con la música, si es que era profesional de la misma, o le unía un vínculo estrecho con ella, él me dijo que no solo había nacido para ella, sino que había nacido siendo ella. Yo, la verdad sea dicha, al oír aquella afirmación hecha con tanta certidumbre empecé a barruntar ya el origen de la obsesión, pero, no obstante, no hice patente mi escepticismo --por no decir mi incredulidad manifiesta--.
Sin un atisbo de engreimiento me dijo que, efectivamente, era músico, que no dotado de una voz suficientemente poderosa no pudo dedicarse al canto que era lo que hubiera querido, y que por lo tanto debió conformarse con el violín; que había formado parte de diversas orquestas, pero que no sintiéndose lo feliz que esperaba hubo de abandonar la interpretación --de eso hacía dos años, justo antes de topar con la 8ª--. Me aseguró que él estaba convencido de que las cosas no suceden al azar y de que la aparición de esta proverbial sinfonía llegó como respuesta a su insatisfecha situación. Me dijo que si conocía la historia de  Adrian Leverkühn, que Thomas Mann recreara en su Doktor Faustus. Ante mi respuesta positiva me confió que algo semejante le había sucedido a él. La cara que puse en reacción a su confidencia le hizo reír (era la primera vez que reía abiertamente).


IV
--No, no me malinterprete --me dijo-- no he hecho ningún pacto con el diablo; es más, no creo en el diablo. Lo que quiero decirle es que lo mismo que Adrian Levekühn llegó a desear tan fervientemente le fuera concedido el talento del genio para crear música excepcional como para vender su alma a Satán --que era quien podía atender esa súplica, toda vez que Dios no le había otorgado el don--, así yo me conjuré con mi alma para llegar a ser el que sentía que era, aun a pesar de mi vida; y como respuesta a mi conjura me llegó la 8ª de Mahler. Es curioso, Héctor, cómo el destino conduce nuestra existencia por caminos insospechados hasta que al fin logra su debido cumplimiento. Ya puede uno querer resistirse a ello, ya puede uno oponerse con toda su determinación, que lo mismo que las aguas no pueden correr contra la ley de la gravedad y volver hacia las fuentes de donde manaron, la existencia del hombre, sometida a leyes que él no controla, acabará fluyendo hacia donde esas leyes estipulen.
Y después me refirió la historia más enloquecida que jamás he escuchado. Me dijo que la materialización de esa conjura, tras la revelación de la sinfonía "De los Mil", pasaba por escuchar activamente mil veces la obra de marras. Al cabo de este compromiso --sostenía-- encontraría la respuesta, y solo entonces. Sería una lenta acción, gradual, paulatina, la que a cada audición iría obrando en su cuerpo, en su mente y en su alma la debida transformación. ¿Y cuál era el fin? ¿Qué le esperaría al final de este reiterativo camino? Eso, aún no lo sabía, me contestó sin un atisbo de pesadumbre, pero estaba convencido de que, fuera lo que fuese, no tendría menor entidad que la Tierra Prometida para Moisés, solo que él sí esperaba poder acceder y disfrutar de ella. ¡Estaba hablando en serio! 1000 veces, ¡cielo santo! ¿cómo puede uno someterse a semejante trance? Su respuesta fue que sería una especie de mantra, pero un mantra maravilloso que cada vez que se desplegara en su conciencia, con toda su variada e intensa gama melódica, ejercería sobre ella el efecto de un catalizador, provocando una reacción decisiva cuyo resultado no podía ser otro que la transfiguración de su materia grosera --su limitación-- hasta fundirse, carente ya de impurezas, con el espíritu puro.
Aquello era de locos. Pero lo más desconcertante del absurdo plan estaba en la calculada y serena resolución de su autor. Faust podía ser víctima de una obsesión, pero ésta, de serlo, parecía nacer no de un impulso irracional, sino de la más fantástica, sí, pero racional y razonada argumentación. Esto quería decir que se trataba de una obsesión de la peor naturaleza: la que pasa por ser soporte y fundamento de una irrenunciable misión.

En el momento de aquella conversación se acercaba ya a esa cifra. Según me dijo, en menos de un mes se completarían la 1000 audiciones. Después, como colofón, solo le restaría llevar a cabo su gran sueño, el broche de oro a su empeño, culminar su misión: asistir a una representación en vivo. Este era el destino de un itinerario iniciado hacía dos años y que en aquel momento, por ese azar que no lo es tanto (pues que todo tiene su justificación en el vértigo de la existencia y la más mínima incidencia contribuye no poco a la estabilidad del inmenso edificio que es la Vida), lo había llevado a cruzarse conmigo.
En este tiempo fui testigo de cosas que no sé si calificar de extraordinarias, pero no faltaré a la verdad si las califico de sorprendentes y, sobre todo, pertenecientes al inverosímil universo de lo fantástico.
Antes de seguir he de precisar que aquella primitiva sensación de perplejidad que sentía en su presencia, a medida que lo fui conociendo, se tornó en el más absoluto desconcierto: fui testigo de cómo un ser humano poco a poco se iba convirtiendo en... otra cosa, otra cosa que no es el ser humano que todos reconocemos como tal. Faust, efectivamente, se estaba transfigurando; de manera imperceptible su ser se desmaterializaba, perdía densidad para hacerse cada vez más sutil. En los muchos momentos compartidos a lo largo de este mes escaso, contemplé, impotente y estupefacto, cómo aquel hombre se iba haciendo cada vez más diáfano, y también más... sonoro. Me ocurría que aun en silencio, cuando sentados mirábamos, a la caída de la tarde, las gabarras descender por el Sena, me parecía oír una música lejana, una melodía familiar trenzada al suave cabello de la brisa: los compases inconfundibles del Veni Creator, la dulce voz de la Mater Gloriosa, el poderoso bajo del Pater Profundus, el delicado piccolo que es tragaluz por donde penetra la luminosidad del Coro Místico... En una palabra: su presencia se estaba volviendo sinfónica, parecía que la música en él penetrada, resonando, música salía; como si sus células vibraran ya al ritmo de la 8ª sinfonía de Mahler y esta vibración emanara de él con toda naturalidad. Su mismo hablar seguía una pauta contrapuntística. Uno lo escuchaba embelesado, pues parecía componer mientras lo hacía: ¡componer su discurso!

Un día, cercano ya el final, me dijo,
--Héctor, estoy obteniendo mucho más de lo esperado. Siento que mi ser se transforma, y lo siento sin dolor. No es como la serpiente que con sufrimiento cambia la piel, no; es más bien lo contrario: mi piel permanece y mi interior cambia. Si no tuviera esta piel, si no me contuviera esta aparente y reconocible forma que soy, temo que me disolvería, indistinto, en el éter, querido amigo. Antes del gran momento deseo contarle cuál ha sido el proceso por mí percibido en este tiempo, desde el advenimiento de la 8ª de Mahler a mi existencia.
"En las primeras audiciones me ocurrió como a todo el mundo, te impresionan las fases culminantes sobresaliendo del discurso genérico, que entonces no tiene límites precisos pero que como los picos de una cordillera hace que nos fijemos en sus pináculos, en las cumbres donde el sol se refleja con más fuerza, los virtuosismos vocales, las sutilezas instrumentales, los crescendos tonales y emotivos..."
"Después, una vez subyugados, la gran estructura se va ordenando, enfocando sus perfiles; uno es capaz, entonces, distinguir no solo la entidad de las partes diversas, ese Veni Creator de inspiración latina plasmada en una invocación pagana, donde se implora la ayuda del Espíritu; y esa Escena Final del Fausto que, teniendo poco que ver, aparentemente, con la anterior, describe magníficamente la condición humana en su relación con el amor, con el Eterno Femenino, con su salvación, en los diversos protagonismos con que se suceden las tesituras vocales, siempre impulsadas por una orquestación excelsa en la aparente simplicidad melódica..."
"Más adelante, uno se sumerge ya y repara en los diversos equilibrios, en los balanceos de la tensión entre las diversas fases de la obra, vocales, instrumentales, que como cables melódicos apuntalan la estructura. Esta sensación de equilibrio en que se basa la armonía, aun donde parece imposible que exista, es una de las etapas más primordiales: si uno accede a ella, si uno es capaz de sentir ese imposible equilibrio en su interior, si uno siente cómo la voz se engasta a los metales y a las cuerdas, cómo las maderas son ensalzadas, en su latente naturaleza de raíz y tronco y rama y hoja y flor y fruto, por la modulada canción de las gargantas, cómo la percusión se acompasa al latir cadencioso o sincopado del propio corazón,... si uno siente todo eso, algo cambiará también allí, en las propias células, en la propia manera de percibir la vida..."
"Percibirá entonces, desplazándose por estos equilibrios con la agilidad con que lo haría un mono entre los árboles, el protagonismo de los diversos instrumentos en su diálogo constante con las voces --con la voz, que es paradigma de lo humano--: consecutivo, secuencial, simultáneo, tonal, rítmico, melódico, siempre contrapuntístico. Uno pasa, en esta fase, por momentos de vértigo y confusión, abrumado por tanto matiz desplegado, por tanta tensión bien resuelta, por tanta presencia de lo complejo sonoro nacido del simple instrumento..."
"Ahora uno es capaz de entender los diálogos íntimos de la música consigo misma; de la música con el alma del compositor; del compositor, a través de la música, con el oyente, que ya no será así sujeto pasivo, sino activo protagonista..."
"Al cabo, el alma atenta, viaja entre las notas, haciéndose una con ellas, disuelta en ellas: siendo ellas; no ya dos entes separados: musicalidad y percepción, sino uno que se resuelve en el acto de la potencia. Cada día, cada audición, un matiz nuevo, un nuevo descubrimiento, una nueva sugerencia, una emoción solapada a otra preexistente o enteramente nueva. Eso es la Vida, querido Héctor. Esa es mi vida, la que he llegado a percibir y experimentar en estos dos últimos años. Creo estar superando mi condición de llana humanidad para adquirir otra zenital que la puja y sobrepasa..."


V
Puede ser que este hombre estuviera loco, pero lo estaba de esa clase de locura que tienen los muy cuerdos (ya se sabe que la cordura necesaria para medrar en este mundo precisa de cierta ceguera del entendimiento), aquellos que deciden no poner filtros a su alma, y a lo que a ella llega de un espíritu que pugna por manifestarse en plenitud. Faust era de estos. Apostó por la locura de su tremenda lucidez, y el intenso brillo de su espíritu (ese astro que contiene la luz a todas las estrellas) lo había cegado totalmente.
Ya solo me resta poner el epílogo a esta historia. Un epílogo que pone una guinda no menos fantástica a todo lo relatado.

Dije más arriba que Faust esperaba culminar su misión con la asistencia a una representación en vivo de la obra que se había convertido en su razón de ser y eje de su existencia. Esta ocasión se presentó con motivo de la celebración de una gala en Viena. Corría a cargo, como es obvio, de la Wiener Philarmoniker, en esta ocasión dirigida por Leonard Bernstein, y que contaba entre los solistas a celebridades --bien ganadas, por cierto-- de la categoría de Agnes Baltsa, Margaret Price o José Van damm. Aún recuerdo cómo se le iluminaron los ojos cuando le comenté sobre la posibilidad de acompañarle a tan magna ocasión.
Era un día gris y lluvioso. Llegamos en tren procedentes de París a la otrora capital imperial justo para instalarnos en el hotel y comer. Por la tarde, como era de rigor, nos sumergimos en el ambiente poderosamente evocador del Café Landtman, aledaño al impresionante Burgtheater, café al que ya asistiera el mismo Mahler; quién sabe si quizá ocupáramos alguno de los dos el mismo asiento que él ocupara setenta años antes.
A las seis de la tarde daría comienzo el concierto con puntualidad puntillosamente austriaca. Ese día, Faust, resonaba con más intensidad de la costumbrada. Su vibración era tan patente que ir a su lado me producía un extraño placer, pues me parecía ir expuesto a la reverberación de un altavoz de Alta Fidelidad.

Ocupamos nuestros asientos en las butacas de patio del Koncerthaus con un respeto y recogimiento semejante al que pueda experimentar un piadoso feligrés luterano al tomar posesión de su lugar en el templo.
Noté, al comienzo de la obra, con los primeros compases del órgano, cómo de mi izquierda --donde estaba sentado Faust-- recibía la contestación de un eco tan potente o mayor del que desde el frente y desde lo alto me inundaba. ¡Mi obsesivo amigo estaba vibrando por simpatía!
Fue una representación memorable, tremendamente emotiva y técnicamente impecable. En algún discreto vistazo descubrí a un Faust muy posiblemente en estado extático, con lágrimas fluyendo de sus ojos, lentas y silenciosas, de una manera natural. A saber qué sentiría aquel manojo de sensibilidad en tan especial momento. Solo sé, y aún no he encontrado manera racional de explicármelo, lo que ocurrió al final.
Ya en en el transcurso del emocionante Coro Místico, en una mirada rápida y sesgada me pareció ver --a la tenue luz de la sala--, que mi vista atravesaba lo que debía ser el rostro de Faust para atisbar el de su vecina de asiento, una bella joven de perfil perfecto. Lo achaqué a la débil luz y al sesgo forzado del ojo. Pero cuando terminó de escucharse el estremecimiento de los cielos en comunión con el Alma del Hombre, que es el mayestático final de la obra, y encenderse las luces, al girarme para encontrar el diálogo visual de mi compañero, me encontré con que,... a mi lado, donde debiera estar Faust,.. ¡No había nadie! ¡El lugar estaba vacío! Miré absurdamente a un lado y otro, como si pudiera descubrir a mi amigo trasladado mágicamente a otro asiento. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba Faust? ¿Cómo era posible que desapareciese así como así, en el aire, de modo semejante a una burbuja de jabón cuando estalla? Lo inexplicable de su posibilidad no desmentía el hecho: allí no estaba. Se puede suponer mi desconcierto. Incluso mis vecinos de asiento, a quienes no conocía de nada, me miraban con cierta extrañeza. Alguno me sonrió, con esa distante amabilidad austriaca, quizá sugiriendo una simpatía ante lo que el consideraba mi estupefacción por lo escuchado.
Por más que busqué, no lo hallé. Volví apesadumbrado al hotel. Una vez allí pregunté por él. En recepción me dijeron extrañados que no sabían nada de un tal Faust, es más, me dijeron que allí no había alojado nadie que respondiese a nombre de Faust Novak. Cuando les dije que era el hombre que llegara conmigo al mediodía, se miraron entre ellos, hicieron una llamada telefónica --imagino que a los recepcionistas del turno de mañana--, y me contestaron que yo había llegado solo, que así me había registrado, y que en ningún momento vieron a nadie conmigo antes o después, en el hotel.
No me lo podía explicar. ¿Habrían sido todo figuraciones mías? ¿Era yo, realmente el obsesivo? ¿Víctima de una alucinación? --Demasiado real para ser ficción --pensé. Pero, lo cierto, es que no pude hallar explicación al extraño fenómeno. ¿Me estaría volviendo loco?
...
"Estimado Héctor: hay cosas en esta vida que el ser humano intuye, presiente, columbra, pero de las que no tiene, ni puede tener, un conocimiento más claro que esa intuición. Son cosas que están ahí, pertenecen a la Realidad, pero no a esa realidad mediocre y limitada que gobierna la vida aparente y que es teatro donde se representa la consecuencia de una maldición -ganarás el pan con el sudor de tu frente-, sino a esa otra que, en mayúsculas, las contiene a todas: la Realidad, de la que hasta el mismo dios maldiciente procede. Hoy serás testigo de una de esas cosas que desde la parcial realidad humana no es explicable. Te sentirás confuso, desconcertado, quizá pienses que te estás volviendo loco. Hoy recobraré mi verdadera identidad, seré lo que siempre fui: una sinfonía, una sinfonía sublime que quiso ser humana, y en hombre se encarnó. Hoy volveré a mi estado natural, me ha costado mucho esfuerzo, en mi encarnación humana, descubrir mi realidad, pero una vez descubierta no he tenido que hacer otra cosa sino dejarme arrastrar por la corriente, aquella que no podía sino conducirme a mi mismo (misma). Puede que algún día comprendas. Sí, algún día. Pero eso, hasta a mí me está vedado saberlo. Espero que sepas, eso sí, reconocer en ti al que eres, ese que pugna por manifestarse, por ser. Hazle caso si lo escuchas. Merece la pena, aunque te tachen de loco.
Faust Novak

Esta nota la encontré en el bolsillo exterior izquierdo de mi chaqueta cuando volvía en el tren hacia París, a la mañana siguiente del concierto al que creí asistir con alguien que recién conocí apenas un mes antes, un hombre alto, delgado, con esa apariencia de taciturno distraído que tienen todos aquellos que son víctimas de una manía obsesiva.

Fin del Hombre Sinfónico























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BANDA SONORA
Para el Hombre Sinfónico


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ILUSTRACIONES: Gaston Bussiere (1862-1929)

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miércoles, 15 de febrero de 2012

El Eterno Femenino: 8ª Sinfonía en Mi bemol Mayor, de Gustav Mahler.



Pocas veces el genio musical ha emprendido un tal vuelo,
pocas veces la emoción ha escalado tan altas cimas,
pocas, el alma, ha sentido el aliento de lo divino
como en esta Octava Sinfonía de Mahler:
música hecha con notas de Absoluto.
Soberbio homenaje al Eterno Femenino,
sublime regalo a la Mujer, como origen de todo:
a la Madre, a la Amante, a la Compañera, a la Ramera,
a la Cómplice en la dicha y la desdicha, a la Musa y a la Diosa.
El Eterno Femenino. Héctor Amado

EXORDIO

Gustav Mahler está considerado un epítome de Richard Wagner -cuyas obras dirigiera como nadie-, y por tanto, así mismo, heredero de Ludwig van Beethoven -por quien profesaba semejante veneración. También es de dominio público que fue director de orquesta antes que compositor, un gran y exigente director que tenía fama de duro con los intérpretes, quizá ahí residiera el secreto de tantas complejas representaciones exitosas llevadas al escenario. Otrosí, su música está tachada de sólida, perfectamente estructurada, altamente dramática, intensamente emocional, pero, sobre todo, seria, concienzudamente seria, en la estela del poema sinfónico deudor del wagnerianismo. Desde las colecciones de canciones -los lied- hasta su impresionante obra sinfónica, el espíritu dramático es el corazón que late en todas ellas. ¿En todas? No, en todas no; hubo al menos una que, contraviniendo todo su trabajo anterior y, sobre todo, la profundidad del posterior, compuso impregnada de luminosidad, de exaltación, de esperanza: la 8ª Sinfonía en Mi bemol Mayor, mal calificada de "Los Mil" (número referido a los efectivos necesarios para ser interpretada -y del que el mismo autor abjuraba). Ya su misma gestación la hace especial: realizada en ocho semanas de actividad frenética raptado por una inspiración sobrevenida a 15 días de dura pugna con un estro que se resistía, pero que que al fin cedió, regalándole a él un estado de bienaventuranza creativa y a todos nosotros unas de las obras cumbres de la música sinfónica-coral. Por más que comparada con la 9ª de Beethoven, en mi humilde opinión, profana y nada técnica, sino absolutamente emocional, no llega al nivel de aquella composición de belleza y perfección absoluta. Aun así, yo estimo que la 8ª de Mahler es una grandísima ocasión para exponer a nuestra sensibilidad al embate de una creación llena de momentos sublimes y resoluciones magistrales. Ahora bien, hay que sumergirse en ella, hay que bucear, dejarse mecer o azotar por la delicadeza o la exuberancia de su desarrollo: encontraremos momentos inolvidables, lo aseguro.
Su ciclo sinfónico es comparable al de Beethoven o al de Bruckner (con quien es inevitable comparar), de hecho compuso su espléndida 9ª con la sombra amenazadora que se cernía sobre este número -que para aquellos, sus predecesores, significó la última obra realizada-. No se equivocó en sus temores, pues la 9ª no llegaría a verla interpretada, y la 10ª quedaría inacabada. Por tanto es la 8ª la postrera sinfonía que dirigiera en vida. 
¿Por qué es especial esta producción entre toda la suya? ¿A qué se debió este rapto de felicidad, de gozosa inspiración, de plenitud febril? El hecho de que dedicara la obra a su mujer Alma María, quizás oriente la especulación; pudiera ser que en aquel su retiro de Maiernigg, en el estudio que se construyó al pie del lago Wörthersee, y donde se dedicaba a componer durante los veranos, tuviera uno de esos arrebatos místicos que los genios creativos tienen en etapas especialmente felices. Mahler compuso la obra en el verano de 1906, cuatro años antes se había casado con Alma, embarazada ya de su primera hija (María Anna); dos antes, en 1904, tendría la segunda, Anna. Por entonces ya dirigía la Hofoper de Viena, su gran sueño desde que fuera estudiante, y aunque tenía sus diferencias con los propietarios de la institución operística austriaca (antisemitas convencidos que no se encontraban muy conformes con la presencia de un judío, por muy converso que fuese, dirigiendo su teatro), se podía decir que gozaba de una buena situación, ya era reconocido como un gran intérprete, director y compositor. Quizá fuera el pago lógico de su buena fortuna -una buena fortuna trabajada y buscada, eso sí-, una plétora de agradecimiento a la vida la que surgiera en forma de magna sinfonía coral, en aquel verano de 1906. De hecho, él mismo dijo que las siete sinfonías anteriores no habían sido sino un prepararse para ésta, que concebía como obra total (sonata, lied, sinfonía, camerata, oratorio). 




SEMBLANZA 
Gustav Mahler

Bio. Compositor y director austriaco cuya obra marca el cenit de la evolución de la sinfonía romántica. Ejerció gran influencia en compositores del siglo XX como los austriacos Arnold Schönberg y Alban Berg. Nacido el 7 de julio de 1860 en Kalischt (Kaliste en la actual República Checa), Bohemia, de padres judíos germano parlantes, estudió en el Conservatorio de Viena y filosofía en la universidad de esta capital. En el Conservatorio siguió los cursos de Alfred Epstein y asis tió a clases de Anton Bruckner.
En 1880 fue nombrado director asistente en Bad Hall, Austria. Posteriormente trabajó como director de ópera en diversas ciudades europeas como Kassel, Praga, Leipzig, Budapest o Hamburgo. En 1897, tras convertirse al cristianismo, fue nombrado director artístico de la Ópera Imperial de Viena (Hopofer), donde desarrollaría una gran labor de producción: 33 nuevas óperas (entre ellas, obras del checo Smetana, por lo que fue criticado por los puristas gemanófilos), y otras 55 fueron renovadas. En esta época consolidaría su fama de director operístico, sobre todo de Wagner, con representaciones históricas del Anillo del Nibelungo, superando incluso las realizadas en el Festival de Bayreuth (cuna y sanctasantórum del wagnerismo). 
Hastiado del ambiente cada vez más irrespirable que iba creciendo en Viena -por antisemita: es muy expresiva la lamentación que gustaba esgrimir el mismo Mahler de sentirse "triplemente extranjero: un bohemio entre austriacos, un austriaco entre alemanes y un judío ante el mundo"- , en 1907 Mahler viajó a Nueva York, donde entre 1908 y 1910 dirigió la Ópera Metropolitana y de 1910 a 1911 la Filarmónica. Falleció el 18 de mayo de 1911 en Viena. 
Vida familiar. Teniendo en cuenta que de los doce hermanos nacidos tras él solo vivieron seis, hay que conjeturar que para un alma sensible como la suya su infancia estaría marcada con estos luctuosos acontecimientos, lo que con el tiempo impregnaría su misma música. Lo cierto es que Gustav fue un niño hipersensible que al mismo tiempo poseía una clara conciencia de su valor. No puede decirse que tuviera problemas de autoestima, su problemática personal, esa a la que tanto se achaca la culpa del tono dramático y contrastado de su obra, era más bien de índole generacional, cuando no existencial, pues nadie como él ha sabido dar el tono del alma humana -ese alma del siglo XX que tanta tragedia conocería- traducida a música. La irrupción de Alma en su vida sería decisiva, tan decisiva que constituyó el cambio más profundo en su producción: a partir de su relación con esta extraordinaria mujer su voz creativa se hizo más personal, lo que culminaría en la composición que ahora nos ocupa y que él mismo consideraba el zenit de su obra compositiva hasta ese momento (la 7ª sinfonía, a la que se dedicará también un espacio más adelante, ya estaba impregnada de ese sentimiento de autoafirmación enteramente personal derivada de su matrimonio y su paternidad).
Alma también sería parte decisiva -por contraste- en su 9ª sinfonía... Pero esto es otra historia que, quizá, otro día cuente.
Obra. De entre sus sinfonías, la sinfonía no numerada Das Lied von der Erde (El Canto de la Tierra, 1908) y cuatro de las nueve numeradas incluyen voces solistas con o sin coro (2ª, 3ª, 4ª y 8ª). De los ciclos de canciones Kindertotenlieder (Canciones de los niños muertos, 1902) y de la colección de canciones titulada Des Knaben Wunderhorn (1888) hay versiones con acompañamiento orquestal y de piano. Las Lieder Eines Fahrenden Gesellen (Canciones de un camarada errante, 1883) tienen acompañamiento orquestal. También compuso canciones para voz y piano y una décima sinfonía, que dejó inacabada pero de la que existen varias versiones terminadas por otros músicos.
En las sinfonías de Mahler se aprecian influencias de Ludwig van Beethoven y Johannes Brahms así como de Richard Wagner y Anton Bruckner. Mahler utilizó la música coral y vocal en la sinfonía de forma similar a Beethoven, en su Novena Sinfonía en re menor, opus 125, con textos de la Oda a la Alegría de Friedrich Schiller, consiguiendo una unión musical y dramática como la que Wagner buscaba en sus dramas musicales. Al igual que Wagner y Bruckner, Mahler utilizó amplios recursos orquestales y su orquestación se anticipó al siglo XX en cuanto a la búsqueda del color en los diferentes instrumentos, la utilización de pequeñas combinaciones instrumentales y la inclusión de algunos poco comunes como la mandolina, el armonio o la celesta. Su música es siempre de tipo contrapuntístico. 
Para él la orquestación era una herramienta para obtener la mayor claridad posible en las diferentes líneas musicales. La obra de Mahler supone la máxima evolución de la sinfonía romántica "Para mí", solía decir, "componer una sinfonía equivale a un acto de creación del mundo". Sus sinfonías más breves (nº 1 y nº 4) tienen una duración de entre 55 y 60 minutos y la más larga (la nº 3 en seis movimientos) entre 95 y 100. 
Con la misma libertad que permitió a Wagner y a Bruckner llevar casi al límite el sistema tradicional de tonalidades y armonías, Mahler se mantuvo dentro de este sistema, aunque alterando su premisa básica, por lo que la mayor parte de sus sinfonías presentan esquemas tonales progresivos que finalizan en una tonalidad diferente a la inicial. Mahler se sitúa en el límite mismo de los recursos de la herencia tradicional. Fue consciente de la desintegración de los valores armónicos y formales que vivió. Las sinfonías de Mahler constituyen un viaje psicológico, por lo general en forma de batalla titánica entre el optimismo y la desesperación expresados de forma irónica. Esta mezcla de alegría y desesperación, cuyo origen son tristes recuerdos de infancia, fue identificada por Sigmund Freud como la faceta central del carácter del compositor. Sin embargo, todas las sinfonías, excepto la nº 6, finalizan en un ambiente de alegría o al menos de serena resignación. Su música transmite en último término una mezcla de vulnerabilidad humana y consumada musicalidad. 
(Referencias: epdlp. M.E./Wikipedia)


8ª SINFONÍA en Mi bemol Mayor, "De los Mil"
(Dedicada a su mujer Alma María)
Ewige-Weibliche - Eternel Feminine

Tema
Producto, como ya se ha dicho más arriba, de un feliz momento para el compositor, Mahler enfoca esta sinfonía imbuido de optimismo y ánimo exaltado. El leitmotiv de la obra es la Redención del ser humano; la Redención por medio del amor, que será prodigado por el Eterno Femenino. Pero para ella, para la Redención (es decir, para la vida plena, esa que disfrutábamos antes de la caída, en el paraíso, siendo uno con Dios), necesitamos la ayuda del Creador, del Ser Supremo del cual procedemos, del que somos reflejo y a la vez espejo, que nos contiene y al que contenemos, ese que imaginamos por encima de nosotros estando dentro de nosotros, porque tenemos necesidad de imaginar algo/alguien carente de nuestras fallas, algo/alguien sin nuestra herida (desgarradura, diría Bataille), esa que nos vuelve débiles, y víctimas del temor, y que nos hurta el estado de bienaventuranza que supone la indiferencia ante el acabamiento, ante la muerte. Esta petición de ayuda la expresa Mahler en la 1ª de las dos partes de que consta la obra: el Veni Creator Spiritus (texto de la liturgia católica, invocación al Espíritu Santo, que en forma de himno latino se suele cantar en el comienzo de los actos académicos universitarios más solemnes); el resultado de esta petición es el envío, por parte del Creador, del Eterno Femenino, y qué mejor modelo para el texto que ha de glosar esta 2ª parte de la obra que la escena final del Fausto (Parte II) de Goethe. Así, Mahler apela a lo sagrado y a lo profano sublimado: a lo sagrado, ejemplificado en un texto religioso con visos de invocación pagana a las musas; y a lo profano sublimado, en un texto que es paradigma de caída, perdón y redención.


Requerimientos
Como en todas las sinfonías de Mahler los requerimientos orquestales son considerables llegando, en este caso, a recomendar, incluso, el doblaje instrumental en cada una de las secciones; así no es infrecuente que el cuerpo orquestal lo formen 100 músicos, además, dado que hay diversos coros (de niños, de jóvenes, de adultos) y 8 solistas, el total de efectivos necesarios puede llegar a contabilizar varios cientos, llegando a los Mil, de donde toma el apodo, en las puestas en escena más ambiciosas
A lo largo del desarrollo de la obra vemos cómo las cuerdas, siempre soporte de los temas vocales, dialogan con los metales, ejerciendo de continuo cuando éstos toman el protagonismo y ensamblando ambos -vocales y metales- en las partes álgidas y de máxima tensión. Así los arpas, el violín solo, la celesta o los flautinos desarrollan fases de delicadeza incomparable a lo largo de toda la obra; las trompetas, trompas y trombones son conducidas a alturas insospechadas; y las voces, unas voces bien matizadas hasta el susurro o el soplo, o llevadas a los milagrosos límites de su tesitura en los solistas, son capaces de conmocionar la sensibilidad más exquisita.


Estructura
Dejando a parte las cuestiones técnicas y ateniéndonos solo a aquéllas otras estructurales que marcan un desarrollo en la tensión emocional provocada/sugerida, vemos que la obra, contraviniendo el ordenamiento habitual en cuatro o cinco movimientos (siguiendo cualquiera de las pautas rítmico-temporales al uso: Allegro, Adagio, Andante, Vivace, Molto allegro, Scherzo, etc), está concebida en dos grandes partes: la primera, en forma de sonata; la segunda, en forma de gran poema sinfónico donde se mezclan y relacionan de la forma más sorprendente las formas orquestales propias de la sinfonía, del concierto o de la música de cámara con los lieds y el oratorio. El resultado es un conjunto de emoción en continuo oleaje, siguiendo un esquema de exposición, desarrollo y conclusión, con crescendos que se van solapando hasta llegar a un final, el Coro Místico, que es uno de los finales más emotivos de todo el panorama musical clásico. 
Como curiosidad puedo decir que animo a los oyentes a descubrir en qué melodia se basó John Williams para componer su celebérrimo tema central de la banda sonora de La Lista de Schindler, o en dónde, en qué fase de la presente obra, plasmó Mahler un homenaje a Cavalleria Rusticana  de Pietro Mascagni.


Textos
Seguidamente expongo diversos textos de ambas partes (aquí el texto completo: Textos)

1. Veni, Creator spiritus.
Ven, Espíritu Creador,
visita las mentes de tu pueblo,
y llena con tu gracia
los corazones que creaste.
...
Infunde en nuestra débil carne
la fuerza perpetua;
ilumina nuestros sentidos,
y vierte tu amor en nuestros corazones.
...
Danos el premio del gozo,
concédenos tu gracia,
disipa nuestros rencores,
y presérvanos en la paz. 



2. Última escena del Fausto de Goethe (Parte II)
(extracto)
PATER ECSTATICUS
(Ascendiendo y descendiendo)
Eterna beatitud de pasión,
resplandeciente lazo de amor,
ardientes penas del corazón,
¡felicidad divina!
¡Flechas, atravesadme!
¡Lanzas, doblegadme!
¡Mazas, aplastadme por completo!
¡Rayo, enciéndete a través mío
para que todo lo volátil 
desaparezca
y la estrella de amor eterno
pueda brillar por siempre!
.
PATER PROFUNDUS
(región inferior)
Como el precipicio rocoso a mis pies
se hunde, silencioso, en el profundo abismo;
como corren mil arroyos burbujeantes
hacia la pavorosa catarata espumosa;
como el árbol se eleva hacia lo alto
por el impulso poderoso de su fuerza;
así es el amor omnipotente 
que todo lo forma y todo lo protege.
...
LOS ÁNGELES
(Llevando el alma de Fausto,
mientras vuelan en las alturas)
Ha sido salvado este noble miembro
del mundo de los espíritus malignos;
al hombre que persevere en su esfuerzo,
nosotros siempre lo redimiremos
y si el amor desde lo alto,
se derrama sobre él,
encontrará el saludo cordial
de los bienaventurados. 
...
LOS ÁNGELES MÁS JÓVENES
Aquellas rosas recibidas de las manos
de las penitentes llenas de amor,
nos ayudarán a lograr la victoria
y a cumplir con el propósito divino
de capturar el tesoro de ese alma.
El mal se retiró cuando nosotros llegamos
y los diablos huyeron cuando los golpeamos.
En vez de los castigos del infierno, 
los espíritus experimentaron penas de amor;
incluso el viejo Satanás
fue atravesado por el agudo dolor-
¡Alegraros! ¡Es la plenitud! 
...
LOS ÁNGELES MÁS PERFECTOS
Queda en nosotros un residuo terrenal 
que es doloroso de sobrellevar
y aunque esté hecho de asbesto
no llegará a estar limpio.
Cuando el poder del espíritu
absorbe cada elemento,
ningún ángel podrá separar
las dos naturalezas
tan firmemente unidas;
exclusivamente 
el amor eterno
será capaz de separarlos.
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EL CORO MÍSTICO
Todas las cosas transitorias
son sólo parábolas;
aquí la carencia
se tornará derroche;
aquí lo indescriptible
se verá realizado;
el eterno femenino
nos llevará hacia el cielo.


VERSIONES DISCOGRÁFICAS
Dado que son varias las versiones que circulan por la red, y con objeto de ofrecer, no solo las mejores, sino aquellas que a mi humilde entender reúnen virtudes que se complementan, traigo hasta aquí tres que lo son en vídeo además de audio. 
Una, la primera, es una versión ya clásica, la de Leonard Bernstein con la Wiener Philarmoniker y los grupos corales más prestigiosos del momento, y quizá la que incluya los mejores solistas. Exuberante y con un sonido potente.
La segunda, interpretada con ocasión del centenario de la muerte del compositor, realizado en Leipzig, con la siempre fiable Gewandhaus a las órdenes de su actual titular Riccardo Chailly. Elegante, precisa y preciosista. Lástima que el registro de sonido no esté grabado a mayor volumen.
La tercera, multitudinaria, en el marco más escénico de las tres, saliendo del ámbito expreso de la sala de conciertos para poblar los grandes espacios, en este caso el moderno Palacio de los Deportes de París Bercy; la Orquesta de París, dirigida por su director, Christoph Eschenbach, es la encargada de dar vida a esta espectacular propuesta. En el sonido se refleja este espacio abierto.

1. Leonard Bernstein, Wiener Philarmoniker (1975)
    Duración: 1:23:28
Konzerthaus Viena




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2. Riccardo Chailly, Gewandhaus Lepizig (2011)
    Duración: 1:21:25
Neue Gewandhaus Leipzig




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3. Christoph Eschenbach, Orchestre de Paris (2008)
    Duración: 1:25:45
Palais Omnisport Paris Bercy





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ILUSTRACIONES: Gustave Moreau (1826-1898)

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