viernes, 28 de octubre de 2011

Igor Stravinsky: Música para ver (1)



"No basta con oír la música; es necesario verla."
Igor Stravinsky


INTRODUCCIÓN
Músico-Biográfica

Cuando Stravinsky habla de la necesidad de ver la música, obviamente no se refiere al mero acto visual, sensorial, que implique al órgano del sentido que es la vista, no, no es esto; este ver la música se refiere, antes bien, al hecho de representación intelectiva: no basta con oír sin ver, uno debe de sentir la música en base a las imágenes que ésta sea capaz de suscitar; si la música no es capaz de estimular imágenes mentales en quien la escuche estará faltando a uno de sus máximos objetivos como medio expresivo: el llegar allí donde las palabras -o incluso las mismas imágenes mudas- de ordinario, no llegan, salvo si son palabras encadenadas rítmicamente, es decir, poesía. La reflexión, la memoria, la evocación, la emoción, nada son sin imágenes; todas las percepciones sensoriales las traduce el cerebro humano a imágenes, y más cuanto más sensible se es; y no necesitan ser imágenes visuales, pero sí imágenes ideáticas que se corresponden a las imágenes sensitivas que los sentidos registran. Esto lo sabía muy bien Igor Stravinsky, por eso fue un excelente compositor de música escénica, de ballet o de Ópera. Y por eso su música, incluso la serialista y la diatónica es tan peculiar, tan colorista, tan imaginativa. Como él mismo decía: "soy un inventor de música, ante todo"; y tenía razón, sí, un inventor, pero de música ilustrada.

El compositor ruso dictaría una serie de seis conferencias en la Cátedra de Poética de la Universidad de Harvard durante el curso 1939-40; posteriormente serían recogidas en un librito con el título genérico de Poética Musical. Tenidas como "lecciones magistrales", en ellas hace un repaso clarividente y clarificador del fenómeno musical en su conjunto, desde lo más genérico -el acto creador, los elementos esenciales de la música, la composición, la tipología músical- hasta lo más concreto -las transformaciones de la música rusa o la ejecución-. Para entonces, siendo ya un reputado compositor e intérprete, y finalizada su etapa francesa (1920-1939), había buscado la seguridad de los Estados Unidos viendo la que se avecinaba en Europa. En este país -EEUU- se nacionalizaría, y acabaría afincado hasta su muerte; es la que se conoce como su etapa americana (1939-1971).
En su biografía hay que considerar, además, otras dos etapas: la etapa suiza (1914-1920), previa a la francesa; y la que le daría el mayor reconocimiento, la primera, la etapa rusa (1902-1914). El momento de su irrupción en el panorama musical europeo se debería a Serguéi Diáguilev, a la sazón director de la compañía Los Ballets Rusos (fundada en 1907) que triunfaba en aquel París efervescente de la Belle Époque, a principios del siglo XX. El promotor ruso encargó al joven compositor un ballet para su compañía al escuchar -y quedar impresionado- la fantasía Feu d'artifice, una de las primeras obras de Stravinsky, y en la que ya estaba impreso el sello de un estilo personal muy visual, colorista e innovador, un estilo que rompía con el dramatismo romántico y el drama lírico, dando un paso más allá de aquella primera reacción impresionista de un Debussy o un Ravel, y trayendo viento fresco a un panorama musical que ya daba síntomas de cansancio. Esta fructífera relación -Diáguilev/Stravinsky- marcaría la primera etapa, llamada rusa no solo por la residencia del compositor en San Petersburgo, sino, y más importante, por las características de sus composiciones, tanto formales como temáticas, pues busca inspiración en los cuentos y leyendas de su país, introduciendo no pocos elementos del folclore ruso. Así: El Pájaro de Fuego (1911), Petrushka (1911) y, sobre todo, La Consagración de la Primavera (1913), forman la trilogía que tanta fama le diera como músico revolucionario (algo que él no cesaba de desmentir, ya que no se consideraba en absoluto protagonista de ninguna revolución, y sí de una perspectiva musical original). No serían éstos las únicas obras que el compositor crearía para los Ballets Rusos de Diáguilev; hasta 1930, en que desaparecería la célebre compañía, Stravinsky no dejó de entregar nuevas propuestas: Le Rossignol (1914), Feu d'Artifice (1917), Le Chant du Rossignol (1920), Renard (1922), Mavra (1922), Les Noces (1923) y Apollon Musagète (1928). En su larga carrera seguiría componiendo tanto obras para ballet (probablemente le disputará a otro ruso, Tchaikovsky, sino la preeminencia en el repertorio clásico, sí la prodigalidad en las composiciones para danza), como óperas y otras obras de más difícil clasificación, a mitad de camino entre el oratorio y la representación escénica. The Flood (El Diluvio, 1962), sería su última ópera; después de ella ya solo compondría nueve obras: tres piezas corales, otras dos vocales , dos orquestales, una de cámara y otra para piano.
Moriría en New York, en 1971, y sería enterrado, por deseo expreso suyo, junto a su amigo y primer gran colaborador, Serguéi Diáguilev, en Venecia, en el cementerio de San Michele.

A parte de las cuatro etapas residenciales, se le reconocen tres etapas estilísticas, o conceptuales, referentes al tratamiento musical que dio a su trabajo: una primitiva, coincidente con su etapa rusa (innovadora, original, revolucionaria -a su pesar); otra neoclásica, en la que el autor vuelve a las fuentes, a Mozar y Bach (en reacción al subjetivismo romántico y al expresionismo germánico anteriores), pero siempre desde su originalísima perspectiva; y una tercera, dodecafónica o serialista, en la que, tras la muerte de Arnold Schoenberg, explora esta vía que no le reportaría mayor reconocimiento y a la que no aportaría la misma impronta que en sus dos etapas posteriores -aunque sí la impregnó de su personal estilo colorista, resultando así un serialismo "dulcificado" (cosa que hizo, por ejemplo, en el ballet Agon (1957), en donde se despliega una especie de mapa musical o compendio compositivo stravinskyano).



LA PROPUESTA
El Plan

A la vista está que Igor Stravinsky es un compositor especialmente mimado en este blog. No habrá más que retrotraerse a primeros de Abril de este año para comprobarlo. En esas fechas, aprovechando la llegada de la estación florida, tuve a bien dedicarle una, sino completa, sí exhaustiva serie sobre La Consagración de la Primavera: Consagración I y II (2-8/4/2011) y Poemas de la Consagración 1ª y 2ª Parte (5-10/4/2011).
En esta ocasión, y bajo el criterio enunciado en el título -Música para ver-, el foco se abre y lo que haré será realizar un recorrido por todas las obras para ballet, ópera y escena (oratorios) que Stravinsky realizara. Es decir: su música más visual (pues Stravinsky es, eminentemente, un compositor creador de imágenes musicales y la integridad de su obra está impregnada de ellas). Aquí se encontrarán, pues, todas esas obras juntas, por orden cronológico, lo que permitirá una perspectiva orientadora de cuál fuera su decurso profesional -y existencial-; algo capital para entender el universo creativo de uno de los compositores más originales e influyentes de la historia de la música.

El cuerpo multimedia lo formarán 21 obras: 15 composiciones para ballet y 6 para ópera/escena.
De las que he podido hallar versión en vídeo -que coinciden con las más representadas-, adjuntaré archivo vídeo-musical; de las que no, solo la versión audio, bien en su forma de suite, o en la orquestal original. Incluso en algún caso habrá más de una versión de la misma obra, cuando lo pida el interés histórico o musical, y ante la variada oferta disponible.
Cada obra irá presentada con una sucinta ficha técnica y una breve nota introductoria acerca de su tema y características (periodo estilístico, anecdotario, si lo hubiere, etc.).
Los textos que acompañarán a las diversas composiciones, pertenecientes a la Poética Musical, no son necesariamente alusivos a las mismas -aunque alguno lo pueda ser-, sino que seguirán la secuencia tal y como está desarrollada en la misma obra, desde la primera lección a la sexta y última. De este modo formará como una segunda pista o un contrapunto literario que, incardinado a la música y participando de su estructura nerviosa, pueda ser leído de forma independiente y, a la vez, consecuente con la música a la que acompaña, pues al fin y al cabo se trata de la filosofía que subyace en la génesis creativa del compositor.
Además, y dado que, al tratarse de obras para escena, es preciso realizar todo un trabajo artístico complementario -diseños de vestuario, escenarios, carteles, etc-, procuraré encabezar cada composición con imágenes correspondientes a esa labor artística complementaria original, ya que, en no pocas ocasiones, se trata igualmente de obras de arte (como en el caso de los Ballets Rusos) realizadas por reconocidos pintores y/o diseñadores (Nicolas Roerich, Leon Bakst, Picasso, Matisse, Alexandre Benois, Natalia Goncharova, entre otros).

Adelanto un a modo de Índice sobre contenidos y plan de los post:

OBRAS MUSICALES PRESENTADAS
(1) 1910. Ballet. El Pájaro de Fuego (EPF)
(2) 1911. Ballet. Petrushka (Pk)
(3) 1913. Ballet. La Consagración de la Primavera (LCP)
(4) 1914. Ópera. Le Rossignol (el Ruiseñor) (LR)
(5) 1916. Ballet. Renard (El Zorro) (R)
(6) 1918. Ballet. l'Histoire d'un soldat (Historia de un Soldado) (HS)
(7) 1920. Ballet. Pulcinella (Pl)
(8) 1922. Ópera. Mavra. (M)
(9) 1923. Ballet. Les Noces (Las Bodas) (LN)
(10) 1927. Ópera. OEdipus Rex (Edipo Rey) (OeR)
(11) 1925. Ballet. Le Chant du Rossignol (El Canto del Ruiseñor) (LCR)
(12) 1928. Ballet. Apollon Musagéte (Apolo Musageta) (AM)
(13) 1928. Ballet. Le Baiser de la Fée (El Beso del Hada) (LBF)
(14) 1934. Ópera. Persephone (Perséfone) (Pr)
(15) 1937. Ballet. Jeu de Cartes (Juego de Cartas) (JC)
(16) 1942. Ballet. Danses Concertantes (Danzas Concertantes) (DC)
(17) 1944. Ballet. Scénes de Ballet (Escenas de Ballet) (SB)
(18) 1947. Ballet. Orphée (Orfeo) (O)
(19) 1951. Ópera. The Rake's Progress (La Carrera del Libertino) (TRP)
(20) 1957. Ballet. Agon (A)
(21) 1962. Ópera. The Flood (El Diluvio) (TF)

POÉTICA MUSICAL
1ª Lección: Toma de Contacto
2ª Lección: Del Fenómeno Musical
3ª Lección: De la Composición Musical
4ª Lección: Tipología Musical
5ª Lección: Las Transformaciones de la Música Rusa
6ª Lección: De la Ejecución


DISTRIBUCIÓN DE LOS POSTS:

Post 1
Presentación
Nota biográfico-musical, Contenidos, Plan
Textos: 1ª Lección
Multimedia:
(Etapa Rusa)
(1) El Pájaro de Fuego

Post 2
Textos: 2ª Lección
Multimedia:
(Etapa Rusa)
(2) Pk,
(3) LCP,
(4) LR,

Post 3
Textos: 3ª Lección
Multimedia:
(Etapa Rusa-Neoclásica)
(5) R, (6) HS,
(7) Pl, (8) M, (9) LN

Post 4
Textos: 3ª Lección
Multimedia:
(Etapa Neoclásica)
(10) Oe, (11) LCR, (12) AM, (13) LBF, (14) Pr, (15) JC,

Post 5
Textos: 4ª-6ª Lecciones
Multimedia:
(Etapa Neoclásica y Serialista)
(16) DC, (17) SB, (18) O, (19) TRP, (20) A, (21) TF

-o-


(1) EL PÁJARO DE FUEGO
(1910)

Está basado en un cuento del folclore ruso. Es un ballet en dos escenas, compuesto por Stravinsky en 1910, bajo encargo de Serguéi Diáguilev, para los Ballets Rusos. La coreografía fue debida a Michel Fokine y el diseño de vestuario y escenarios a Leon Pabst (en otra posterior versión sería rediseñada por Natalia Goncharova). Fue estrenada en la Ópera de París el 10 de Junio de 1910, siendo un éxito total, lo que provocó que Diáguilev encargara seguidamente al joven compositor (28 años) la creación de otros dos ballets (Petrushka y La Consagración de la Primavera).

Sinopsis: El Zhar-Ptitsa o Pájaro de Fuego es un ave legendaria que puede reportar a su captor tanto beneficio como maleficio, siempre dependiendo del trato que reciba por parte de éste.
El príncipe Iván Tsarevitch, que ha salido a cazar por la noche, se adentra sin saberlo en el jardín encantado del malvado Kastchei el Inmortal. De repente, se le aparece un pájaro de resplandeciente plumaje que revolotea entre los árboles. Iván lo persigue y consigue capturarlo, pero, conmovido por las súplicas que éste le dirige, le concede la libertad, obteniendo a cambio una de sus plumas. Poco después, el príncipe descubre a un grupo de trece princesas que juegan lanzándose manzanas de oro que arrancan de un árbol del jardín. El joven se les acerca y queda enseguida prendado de la princesa más hermosa (la bella Tsarevna), quien, a su vez, le corresponde. Al amanecer, los monstruos servidores de Kastchei hacen prisionero al joven Iván, al que el brujo quiere convertir en piedra. Cuando está a punto de conseguirlo, el príncipe llama en su ayuda al pájaro de fuego, agitando la pluma que éste le ha dado. El pájaro acude y hechiza al séquito del brujo. Sin embargo, pronto los monstruos se recobran y se lanzan a una danza infernal que los deja exhaustos. El pájaro interviene de nuevo y, tras dormir a Kastchei con un dulce berceuse, revela al príncipe que el malvado brujo tiene escondida su alma dentro de un huevo. Kastchei despierta, pero Iván se ha apoderado del huevo y lo estrella contra el suelo. El brujo y todo su séquito desaparecen para siempre. Con el despertar de los caballeros petrificados, el príncipe y la princesa celebran su boda. (Wikipedia)

Multimedia:

1. El Pájaro de Fuego: Ballet, versión del Ballet Kirov y la orquesta del Teatro Mariinsky, dirigida por Valery Gergiev. (Excelente. la más fiel al original, con diseño de Leon Pabst)
2. El Pájaro de Fuego: Ballet, versión del Royal Ballet y la Orquesta del Royal Opera House del Covent Garden, dirigida por John Carewe. (Muy buena. Con diseño de Natalia Gontcharova).
3. El Pájaro de Fuego: Ballet, versión de Stars of Russian Ballet y la Bolshoi State Academic Theatre Orchestra, dir. Artístico Andris Liepa. (La versión más cinematográfica, curiosa).
4. El Pájaro de Fuego: Suite para Orquesta (versión 1919). Lucerna Festival Orchestra, Director Claudio Abbado (Excelente y espectacular, muy Stravinskyana).
5. Firebird de Fantasía 2000. Producción de 1999, de la factoría Disney para conmemorar los 60 años de la original Fantasía (1940). En este caso se adapta la Suite del Pájaro de Fuego (1919), sustituyendo a la Consagración de la Primavera que ilustraba el fragmento de la creación de la Tierra en la película original. Muy Hayao Miyazaki, esta Fantasía 2000. Curiosísima.
6. Berceuse y Final del Pájaro de Fuego: fragemento final de la Suite, dirigida personalmente por el maestro Igor Stravinsky con 82 años (1964), espectacular de sonido e interpretación. Atentos a los gestos del genio, a su mirada, a los delicados o enérgicos movimientos de sus dedos y manos. Para no perderse.

Textos:
Poética musical
1ª Lección: Toma de contacto: fragmentos.

-o-


1. El Pájaro de Fuego: Ballet. Ballet Kirov


En efecto, no nos es posible llegar al conocimiento del fenómeno creador
independientemente de la forma que manifiesta su existencia.

...

The Firebird, costume for Tamara Karsavina   - Leon Bakst

2. El Pájaro de Fuego: Ballet. Royal Ballet


La ignorancia y la mala fe se enlazan por su raíz, y la segunda beneficia
sordamente las ventajas que extrae de la primera. No sé cuál es más odiosa.
De por sí , la ignorancia no es un crimen. Empieza a volverse sospechosa
cuando pretende ser sincera; porque la sinceridad, como decía Remy de Gourmont,
apenas constituye una explicación, nunca una excusa, y la mala fe no deja nunca
de asirse de la ignorancia como de una circunstancia atenuante.

...

The Firebird, Michel Fokine as tsarevitch   - Leon Bakst

3. El Pájaro de Fuego: Ballet. SR Ballet/Bolshoi SATO


Se me ha hecho revolucionario a pesar mío.
Ahora bien: los arrebatos revolucionarios nunca son enteramente espontáneos.
Hay gentes hábiles que fabrican revoluciones con premeditación...
Hay que precaverse contra los engaños de quienes
os atribuyen una intención que no es la vuestra.

...

The Firebird, the tsarevna   - Leon Bakst

4. El Pájaro de Fuego: Suite. Lucerna Festival Orchestra, Director Claudio Abbado


¿Para qué cargar el diccionario delas bellas artes con este término retumbante
[revolución] que designa, en su más habitual acepción, un estado de perturbación
y violencia, cuando hay tantas palabras más adecuadas para designar la originalidad?

...


5. Firebird de Fantasía 2000: Suite (1919)


El arte es constructivo por esencia. La revolución implica una ruptura del equilibrio.
Quien dice revolución dice caos provisional. Y el arte es lo contrario del caos.

...


6. Berceuse y Final del Pájaro de Fuego: Igor Stravinsky dirige.


Entendámonos: yo soy el primero en reconocer que la audacia es lo que mueve
a las más bellas y más grandes acciones [..] Apruebo la audacia; no le fijo,
de ningún modo, límites; pero tampoco hay límites para los errores de lo arbitrario.
Si queremos gozar plenamente de las conquistas de la audacia
debemos exigir, ante todo, su perfecta y clara luminosidad.

-0-

Apéndice

El Pájaro de fuego. Ballet completo versión orquestal.
Columbia Symphony Orchestra
Dirección: Igor Stravinsky
(¡¡¡Soberbia!!!)


-o-o-o-

lunes, 24 de octubre de 2011

El Guerrero Prehistórico



El Guerrero Prehistórico

De la humanidad el alba,
irisado, lisonjea
un cerebro que ya sabe,
y sabe porque ya piensa.
Amaneció para el hombre
cuando alumbró su conciencia,
cuando supo que la vida
al llegar la muerte, cesa;
cuando sintió qué era el miedo
sin tener peligro cerca;
cuando surgió una pregunta,
y otras muchas detrás de ella,
rebotándole en la mente
sin hallar una respuesta;
cuando, en fin, protagonista
se creyó de la Gran Feria.


Así dio comienzo todo,
y, con todo, la pendencia:
ese disputar constante
por los bienes de la Tierra,
por el agua, la comida,
por el fuego, por las hembras,
por el área de la caza,
o el amparo de una cueva.
Al principio, con las manos,
y después, con armas cruentas,
el hombre, en constante lucha,
se fue abriendo una ancha brecha;
al espíritu gregario
se le agregó la estrategia
-el pensar cómo vencer
sin sufrir daño ni ofensa-.


Pero, acerquemos el foco,
fijémonos en la escena...
Aquí está El Primer Guerrero
que a la tribu bien lidera;
lo de menos es su nombre,
un gruñido quizás fuera
que, al oírse entre la tribu,
infundiera reverencia.
No se elige nunca al líder
por tamaño o fortaleza,
sino a quien es más capaz
ejerciendo de estratega,
aquel que mejor esgrima
el arma de más potencia,
esa que posee el hombre
enfundada en su cabeza,
el arma más afilada,
más incisiva y certera,
la que le hará más humano:
su implacable inteligencia.


Aquí está (no hagamos ruido),
desplegando su destreza
-y a los hombres que le siguen-
a la caza de una presa.
Viste pieles sin curtir
de alimañas y otras bestias,
y porta lanzas de fresno
aguzadas con raederas.
Es, su apariencia, robusta
-pecho fuerte, espalda recia,
piernas cortas, brazos largos-,
mas se mueve como fiera:
acechando sigiloso
a la presa desatenta,
-como ya a dientes de sable
tantas veces hacer viera-.


Cuando estima que es llegado
el momento, se revela,
grita, corre y acomete,
los que le siguen cooperan,
la presa intenta escapar...,
mas la fuga le condena
pues a sus pies cede el suelo
que, mentido, trampa cela.
Los hombres gritan victoria
saltan, bailan, hacen fiestas,
felicitan al gran líder
con gruñidos y zalemas.
Pero un olor les detiene;
su celebración silencia...
el líder husmea el aire,
los demás también husmean.


De pronto, todos se paran,
y, girando sus cabezas,
descubren a unas figuras
hurtarse tras unas peñas.
Los declaran enemigos
la asechanza y la cautela,
y el olor reconocible
que su origen evidencia:
es la tribu convecina,
con la que tienen contienda,
la misma que les porfía
agua, fuego o mejor tierra,
(compartiendo solo el aire,
de momento, pues no vuelan;
aunque un día ha de llegar
que del aire harán palestra).


Nuestro guerrero se encara,
amenaza, balancea
su cuerpo aún sudoroso,
y, determinado, espera...
Ya de entre las peñas salen
quienes instigan pelea:
por hacerse con la caza
y disputar preeminencia.
El Guerrero se prepara,
tensa el cuerpo, lanza eleva,
los suyos hacen lo mismo
(en su jefe la fe es ciega).
Aunque son más los intrusos,
y de extraordinaria fuerza,
portan por todo armamento
garrotes con su corteza,
que golpean contra el suelo
causando gran estridencia,
al tiempo avanzan gritando
mientras los dientes enseñan...


Blandiendo hacia atrás la pica
el Guerrero la proyecta
contra el que parece ser
mandamás de la caterva:
un homínido monstruoso
de profusa pelambrera
que más tiene de gorila
que de humana procedencia.
Con un grito de dolor,
que es más berrido que queja,
se hace funda de la lanza
aquel ser de estampa horrenda.
Sus compinches que lo ven
en sus intenciones cesan
y despavoridos huyen
como almas que el diablo lleva.


El Guerrero, enardecido,
en el pecho se golpea
con la mano que fue heraldo
de tan mortal mensajera.
Ahora sí celebran todos,
por duplicado, la fiesta:
la derrota del contrario,
y la obtención de despensa.
Mas, de soslayo, El Guerrero
echa una mirada, mientras,
al que, inmóvil, ya parece
de su propia muerte, esquela
(algo siente en su interior
que le turba aunque no sepa
elucidar su sentido,
algo que le desconcierta...).


La comitiva al completo
hacia la cueva regresa,
porteando la comida
y la expresión satisfecha;
en sus torvos ojos luce
el fulgor de mil centellas,
y en sus primitivas mentes
una imagen rara y nueva:
la de ver cómo El Guerrero,
grave y solemne, cubriera,
a quien matarlo quería,
con un túmulo de piedras.

Fin del Guerrero Prehistórico


-o-o-o-

miércoles, 19 de octubre de 2011

La Fórmula. Capítulo 10



"Mas tú, cobra ánimos, pues que sabes que la raza de los hombres es divina
y que la sagrada Naturaleza les revela francamente las cosas todas.
Si a ti te las descubre, conseguirás cuanto te he prescrito:
habiendo curado tu alma, la libertarás de esos males.
Y, si después de haber abandonado tu cuerpo
llegas al libre éter, serás Dios inmortal,
incorruptible, y ya por siempre
emancipado de la muerte."
Escuela de los Pitagóricos

"Solamente del inmortal puede decirse realmente que es."
Agustín de Hipona (San Agustín)

"Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir"
Jorge Manrique


XXI

Nuestras vidas son los ríos...

Cuando Laurent acabó su relación de los hechos, los ventanales que daban a la calle semejaban daguerrotipos fundidos en negro. Había caído la tarde y, al hacerlo, el mundo parecía haberse reducido a aquel salón. La existencia toda entre aquellas paredes crema y burdeos salpicadas con retratos de otrora protagonistas y ya testigos mudos de la historia, entre aquellas mesas nuevamente dispuestas para el servicio siguiente: ebúrneas islas de cristalina vegetación y ordenados volúmenes de esmaltada caliza sobre los que la luz dorada caía provocando innumerables destellos y reflejos irisados. El marco perfecto para una narración como aquella, para una conversación como aquella: síntesis de luces -las físicas que iluminaban el comedor y las que emanaban de aquellos dos intelectos. Paisaje sugerente pero mudo, quieto, por el que se desplegaban sutiles ejércitos de ideas en movimiento. Dos conciencias sentadas frente a frente, exponiéndose, tomando y fijando posiciones: no un combate, sí un asalto; no la hostilidad entre el mar y la tierra, sí la dialéctica entre el aire y la llama. La voz creando un universo con palabras cargadas de significado, con inflexiones y matices cargados de sentido, con expresión sensible emanada de un ser trenzándose a la sensibilidad de otro -que escucha y replica-, como cabos de una misma cuerda. Mientras, afuera, la realidad, en fondo oscuro, discurre aparentemente ajena a este prodigio.
Héctor se removió en su asiento. Había sido testigo de una historia narrada sin la menor afectación, sin pomposidad, sin exaltación, sin fervor alucinado; las palabras salieron de aquellos finos labios con la cohesión y coherencia del que relata un hecho verídico, objetivable y obvio; y con la convicción del que no hace sino contar la verdad de lo ocurrido. A Héctor le daba la impresión de que Laurent se había remitido a darle veraz información, no a transmitirle falaz interpretación, de la realidad vivida. Pero, con todo -y lógico, por otra parte-, su mente oscilaba entre la credulidad y el escepticismo: entre, por un lado, el contenido del mensaje escuchado; y, por otro, la fiabilidad del emisor y el modo en que fuera dicho. Tal cual si alguien, a quien se otorga total credibilidad, nos contara una fábula increíble asegurando ser un hecho cierto. En esa perplejidad se encontraba, y debía despejar las dudas. Laurent esperaba, sabía que vendrían preguntas y estaba dispuesto a contestarlas: aquel hombre que parecía querer creer en él merecía las respuestas; además, eran necesarias si quería conseguir lo que pretendía de la participación de Héctor en esta historia.

-¿Me está usted diciendo, Laurent, que en ese manuscrito mágico ha encontrado claves, fórmulas, instrumentos, en definitiva, medios que le permiten utilizar su conciencia para viajar voluntariamente por la conciencia de otros seres? ¿Una especie de traslación por otra dimensión, otro plano paralelo y anejo a este, con la facilidad con la que cualquiera puede desplazarse por el espacio tridimensional que todos conocemos? ¿Me está usted sugiriendo, Laurent, que puede, por medio de una fórmula elaborada con sustancias químicas, obtenidas por procesos físicos -por muy alquímicos que sean, y por mucha metafísica que le pongamos-, entrar en una especie de trance que le permite viajar por... digamos, el espíritu? ¿Así, sin más? ¿Como el que compra un billete que le franquea el paso al andén donde coger el tren con el que viajar a donde le plazca? -en este momento, Héctor, recordó el sueño revelado por Laurent instantes antes. Parecía, ahora con toda claridad, la prueba de uno de esos viajes, cuyo destino había sido él mismo. Y añadió un par de preguntas más-. ¿Me quiere decir, pues, que yo he sido objeto de uno de esos viajes? ¿Que ese ha sido el método con el que ha fabricado la prueba con la que avalar su historia ante mí?.
-Efectivamente -contestó Laurent, con seguridad y sin jactancia-. Es el método que utilicé con Uvd. Convendrá conmigo que era necesaria una prueba contundente para que creyera en mí. A las otras cuestiones la respuesta es sí, no solo pretendo sino que aspiro a convencerlo de que lo que le cuento es verdad, es la realidad. Una realidad increíble, pero no imposible. Y como el movimiento se demuestra andando le invito a que conozca mi estudio, el lugar en que trabajo, mi tapadera. Allí hay un laboratorio -no se equivocaba usted en sus especulaciones- donde llevo a cabo, además de mis experimentos, mi labor de esenciero: obtengo esencias puras -absolutos- para perfumería, lo que me permite tener una economía saneada y no distraerme de mis investigaciones. ¡Ah! y lo hago de forma legal, estoy al corriente con el fisco, no quiero tener sobresaltos. Mi conciencia, además, ha de estar limpia si quiero que las fórmulas sean eficaces en mí. Ya ve, parte del secreto es ético, como un ingrediente más sin el cual no es posible un resultado positivo. Aunque he de precisarle que la ética de la que hablo no está contaminada de tintes religiosos: es una ética metafísica, ontológica, existencial, en la que verdad y mentira son términos carentes de sentido, pero donde el engaño no está permitido.
-Pero sí la ocultación -apostilló, raudo, Héctor.
-Por supuesto, amigo mío, ¿cómo podríamos sino sobrevivir y llevar a cabo nuestra labor? -le replicó un Laurent sonriente- ¿Vamos?.
-Vayamos, pues -respondió Héctor, escéptico pero animoso.

Héctor se dirigía hacia la salida que daba a le Cour du Commerce, cuando Laurent le indicó.
-Por aquí, amigo mío -y se detuvo ante la puerta del vano de la escalera buscando una llave en su bolsillo...- Aquí está. ¿No me dirá que le ha sorprendido?
-No, claro. Era de suponer...
Bajaron por una escalera de piedra hasta una amplia estancia que por todo mobiliario tenía una gran mesa de roble en su centro rodeada de una docena de macizos butacones del mismo material. Las paredes estaban cubiertas por librerías en toda su extensión. Se dirigieron a la orientada al este y abrieron una puerta integrada en los anaqueles; la cruzaron, y anduvieron diez pasos por un corredor -los suficientes para cruzar la calleja, pensó Héctor- hasta topar con otra puerta. Una vez franqueada ésta accedieron a lo que sin duda era el laboratorio: un intenso, pero fino, aroma a diversas esencias impregnaba el ambiente.
-Ya estamos en el lugar que llamó su atención -dijo Laurent.
Héctor no expresó lo que pensaba en voz alta; pues, en realidad, sentía que aquel espacio había cumplido más la función de señuelo, de fragante tela de araña, que de mero foco fe interés.
Era un sitio amplio, con mesas centrales y estanterías laterales. Sobre aquéllas y en éstas una serie de artilugios, unos sofisticados, otros más tradicionales, pero todos convenientemente ordenados. Allí: modernos alambiques, armarios de enfleurage, hornillos, calderines, retortas y matraces, depósitos de vidrio y de acero, albarelos de cerámica y pequeños contenedores de madera de cedro; microscopio, autoclave, y hasta un espectrógrafo. La verdad, el lugar tenía toda la apariencia de un moderno laboratorio, pero había en él ciertos detalles que le daban un aire ecléctico y chocante.
-Venga por aquí, Héctor -y Laurent lo condujo al piso de arriba, a su despacho.
Ocupaba éste una habitación de mediano tamaño con una estantería en una pared, un archivador en otra, y, en la tercera, un diván de piel; en el centro había una mesa-escritorio con un sillón de respaldo alto en un lado y dos sillas con reposabrazos en frente, todos ellos de madera y discreto diseño. Sobre la mesa se apilaban un montón de legajos distribuidos en diferentes columnas que parecían contener notas, facturas, comunicaciones, y todos esos documentos que suelen poblar los escritorios de los despachos.
-Tome asiento, amigo mío -indicó con la mano, Laurent, al tiempo que él mismo se acomodaba.
-¿Me permite una pregunta? -dijo Héctor, ya sentado.
-Por supuesto -contestó, riendo, Laurent.
-Imagino que el símbolo que figura en el dintel de la puerta de Le Procope por la que hemos accedido hasta aquí es de carácter masónico, pero la "L"enmarcada por la escuadra y el compás ¿qué significa?
-Es simplemente un distintivo de la organización (algo así como una logia) asociada al Gran Oriente de Francia, que, como corriente adogmática y liberal de la francmasonería, no tuvo ningún inconveniente en aceptar tal anagrama. Esta organización (a la que yo mismo pertenezco, como ya le dije, por deferencia a su determinante y capital contribución a mis investigaciones) tiene sus orígenes fundacionales en la Alta Edad Media, a raíz de la 1ª Cruzada, pero parece ser que su verdadero origen es bastante anterior, aunque más como hermandad de adscripción libre con objetivos comunes, que como entidad asociativa con fines ya consignados y definidos. Monsieur Francesco Procopio Cutó, alias Procope, como ya habrá imaginado, era uno de los nuestros. Parece ser que su familia descendía de aquellos normandos que detentarían la corona del Reino de Sicilia cuando fueron reclamados por el Papa Urbano II en su llamamiento a la cruzada. Esa "L" vendría a subrayar el carácter liberal, y libertario, de la logia. De hecho uno puede pertenecer a ella o dejar de hacerlo sin necesidad de ningún ritual o liturgia. Pero existe un código que es una especie de orientación sobre los fines -muy genéricos y afectos al humanismo- y los medios necesarios para su consecución; sus valores son: verdad, lealtad, honestidad y discreción.
-Ya. ¿Y qué pinto yo en todo esto? ¿Por qué me ha elegido?
-El motivo de que esté Uvd aquí tiene que ver con ese valor de discreción al que están obligados mis compañeros; y está relacionado con el que será mi último objetivo.
-Le escucho -se acomodó Héctor en la muy cómoda silla.


XXII

que van a dar en el mar...

Laurent le puso al corriente de sus experiencias en los viajes llevados a cabo, del control que ejercía sobre el no-tiempo y el no-espacio por el que su conciencia transitaba, de la facilidad que le ofrecía ya su dominio sobre la materia para penetrar en la conciencia de las cosas, incluso le habló de una conciencia inmaterial que toda materia albergaba (a ella era debido que él pudiera sentirse la propia materia). Es más, como culminación concluyente de estas experiencias le habló de la misma sustancia del Ser de la cual la conciencia no era sino un mero mirarse a sí mismo. Le confesó, para apoyar su discurso, su adscripción a las verdades contenidas en las teorías de un grupo de filósofos que a lo largo de la historia tejieron una sutil trama de especulaciones, que él habría comprobado como ciertas: el espíritu intuitivo de Parménides que concebiría el Ser como origen y fin de todo; la monada y el monismo -teorías caras a pitagóricos y a Platón-; las hipostasis de Plotino: el Uno, el Nous, el alma, como la sustancia primordial y sus derivadas, Trinidad indivisa, que después aplicaría a la Trinidad Cristiana y que tantos disgustos le causara; el tomismo de Aquino, el misticismo pagano y cristiano: ese tantear lo innombrable, lo inabarcable, de algo que él sentía compartido; y aquí: iluminados, poetas metafísicos, los siempre recurrentes Eckhart, Swedenborg, Blake; pero también, Spinoza, Nietzsche, Wittgenstein. También le citó al tres veces grande, Hermes Trismegisto -y sus Tabula Esmeragdina y Corpus Hermeticum-, a Tycho Brahe, Paracelso, o Heinrich Kunrath -y su poco conocida, pero no por ello menos valiosa obra, maravilla de sincretismo físico-metafísico, Amphitheatrum Sapientiae Aeternae... Todos ellos, todos, habían estado coqueteando con algo a lo que él, afortunado, habría accedido (y no se refería solo a la excelencia científica o al conocimiento de la naturaleza, algo al alcance de muchos, sino, antes bien... a la iluminación espiritual, solo al alcance de muy pocos...).
Héctor escuchaba, y cuanto más escuchaba, a pesar de la prueba aportada, más se convencía de estar ante un iluminado -sino alucinado-. Alguien que, siendo tremendamente inteligente, y quizás como resultado de haber tenido que buscar remedio por sí mismo a una patología que arrostraba de por vida y a la que la medicina no encontró una explicación, se había arrojado a los brazos de la heterodoxia. Con esta heterodoxia habría elaborado un pastiche terapéutico formado por un método alquímico, una esencia filosófica, una sustancia sensorial y una disciplina ascética, que lo habían llevado a vivir en un universo propio, reflejo del convencional en un espejo deformado: su propia mente. El resultado lo tenía delante: una inteligencia privilegiada que habría logrado un cierto dominio sobre sus estados de conciencia, pero cuya interpretación se alejaba de la realidad tanto como sus descabelladas teorías, que él defendía como experiencias.
El hecho de que no supo o no quiso explicar el porqué de su conocimiento del sueño tenido días antes por Héctor (y que ya se comentó anteriormente), escudándose en secretismos éticos, no ayudó a que éste pensara de diferente manera a como ahora estoy exponiendo. Quién sabe, quizás sí hubiera adquirido una especie de dominio mental, mediante el cual proyectar imágenes en otras mentes, o la capacidad para leer en mentes ajenas, algo semejante a la telepatía, era algo sobre lo que se especulaba, si bien, sin resultados concluyentes, y, mucho menos, reproducibles, mero empirismo de carácter aleatorio y excepcional.

Por fin, Laurent, concluyó:
-Y ahora, Héctor, me falta el gran reto, el fin que sea principio, el colofón: morder la cola del dragón y completar el ouroboros. Un fin, más que cíclico, informe: no contingente ni contenido, no fluyente ni fluido,... -hizo una pausa, mirando al techo-. Me propongo iniciar mi último viaje, un viaje que me lleve a la fusión con ese Ser que todo es, que no tiene principio ni tendrá fin, en el que conviven pasado y futuro en solo presente inmutable, haciéndose y rehaciéndose eternamente, sometido al cambio constante de sí mismo, y del que usted y yo no somos sino como fotones en un océano inmarcesible de luz -Héctor lo miraba como si estuviera escuchando a un loco contando una realidad, la suya, de la que está enteramente convencido, y que, por lo mismo, espera ser no solo comprendido sino envidiado.
Laurent abrió uno de los cajones del escritorio y sacó una voluminosa carpeta negra.
-Le voy a confiar esto... Son, por llamarlo de una manera convencional, mis memorias. Las de estos últimos años. Dentro de esta carpeta hay diversos cuadernos en donde he anotado pormenorizadamente mis experimentos, mis viajes, mis resultados. La voy a dejar en un apartado de correos -del mismo cajón sacó dos llaves, poniendo una sobre la mesa, al alcance de Héctor-, le pido que acepte esta llave, la otra me la quedo yo. Dentro de tres semanas, contadas a partir de hoy, volverá usted a Le Procope, preguntará por mí, y, dependiendo de cuál sea la respuesta que le den, actuará en consecuencia. Si recibe una respuesta afirmativa, nos veremos y le comentaré cómo me ha ido. Si no... Use la llave. Aquí encontrará todas las respuestas.
Héctor no esperaba esto. Estaba sorprendido; aunque, bien mirado, nada le sorprendía ya de este hombre singular.
-Querido amigo -prosiguió Laurent-, si consigo lo que espero conseguir le aseguro que seré el hombre más feliz de la Tierra... o del universo. Creo que lo que voy a realizar es de tal importancia, de tal envergadura, que no merece quedar ignorado, y así quedaría si lo dejo en manos de mis compañeros. Necesito su colaboración, Héctor, al fin y al cabo, no pierde nada. Su función se limitará a la de albacea de mi memoria. Mi familia, mis dos hermanas no comprenderían nada de todo esto, no lo entenderían. Tengo la esperanza de que, a pesar de su escepticismo (escepticismo que denoto ahora mismo en su gesto), usted es alguien en quien poder confiar... aunque sea en un asunto, como este, tan poco... convencional.
Héctor aceptó. ¿Qué podía hacer? Eso sí, tenía un sentimiento de perplejidad: por un lado, se sentía halagado; por otro responsable; pero, también, no dejaba de experimentar una íntima desazón: esa sensación de formar parte de un proyecto al que era ajeno, del que desconocía su grado de implicación final, y, por tanto, qué le supondría más adelante. Aún así, y con una duda más que añadir a la gran duda que para él suponía el mero hecho existencial en sí, cogió la llave, accedió a los deseos de aquel hombre que, pese a adoptar una postura de aparente orgullo desprovisto de arrogancia, parecía suplicarle que aceptara. Además, no podía evitar sentir curiosidad por el contenido de aquella carpeta; se instaló en él, pues, sin poderlo evitar, un cierto interés morboso.
Se despidieron con un fuerte apretón de manos en el umbral de aquella puerta de madera repintada mil veces, con pomo y cerradura de bronce, cuyo misterio fuera origen de todo, emplazándose para dentro de 21 días.


XXIII

que es el... ¿morir?

No pudo evitar que el corazón le latiera más fuerte a medida que se acercaba a le Cour du Commerce Saint-André. La llovizna seguía cayendo. No pararía en todo el día. Le Boulevard Saint Germain regalaba una sinfonía de aromas húmedos de tierra, césped y flores, de árboles reverdecidos y de asfalto empapado; también ofrecía esa idílica imagen de radiación especular que el pavés y los cristales desprenden transmutados en espejos, convirtiendo las calles en inmensas atracciones de feria a las que pertenecen quienes por ellas transitan.
Aspiró hondo todo ese perfume antes de entrar en la calleja, como si quisiera hacer acopio de realidad temiendo que lo que se encontrara allí le condujera, otra vez, a ese mundo irreal a donde Laurent le había llevado tres semanas atrás.
Al pasar bajo aquellas arcadas y penetrar en el pasaje lo primero que detectó fue la ausencia de olor a perfume. Se acercó a la puerta donde 21 días antes se despidiera de Laurent. El aroma era tan tenue que parecía solo existir en su mente, en su memoria olfativa, en su sugestión. Ahora sí su corazón latía con fuerza: entró en Le Procope. Allí seguía Sebastien dedicado a limpiar lo ya limpio, abrillantar lo brillante, colocar lo ordenado.
-Bonjour monsieur! -saludó con una sonrisa nerviosa, Héctor
-Ah, bonjour monsieur, Héctor! ça va?
-Bien, Sebastien, bien. ¿Qué tal todo por aquí?
-Como siempre, monsieur... -en su tono y en su gesto estaba claro que algo no iba como siempre.
Héctor ya esperaba la respuesta a su siguiente pregunta.
-¿Está monsieur Laurent por ahí?
Sebastien, antes de contestar, se quedó unos segundos mirando sus propias manos mientras frotaba una copa prístina con su paño blanco impoluto. Después, respondió.
-Ha ocurrido algo inesperado, monsieur... Monsieur Laurent no se encuentra aquí... Él, él... está en el hospital; allí lleva una semana -miraba de soslayo a Héctor al decir esto, mientras seguía frotando copas relucientes.
-¿Y eso? ¿Qué le ha pasado? -fingiendo sorpresa, Héctor, de lo que era una posibilidad ya anunciada.
-Tuvo uno de sus desvanecimientos, pero esta vez no regresó; se quedó colgado en él. Sus constantes son normales... Quiero decir, las habituales en estos casos, de metabolismo reducido, pero no ha regresado. Lo encontramos en el despacho, en su diván, en ese estado durmiente en el que se sume en esos casos. Lo llevamos al hospital y avisamos a sus hermanas. Desde entonces está en observación. Nada anormal: respira adecuadamente, realiza sus funciones vitales con normalidad, pero, claro, se le ha tenido que colocar una sonda para alimentarlo e hidratarlo -su voz era clara y firme pero sus ojos estaban brillantes. Por mucho que se esforzara en aparecer impasible, Sebastien no podía esconder la emoción que delataba su mirada.
-¿En qué hospital se encuentra? Imagino que admitirán visitas -dijo Héctor.
-En La Salpêtrière. En el ala norte, planta 7ª, Salud Mental de adultos. Necesitará un pase de visita. Tenga le doy el mío -Sebastien le alargó una tarjeta magnética con el anagrama del Hospital, en la que figuraban los datos: nombre del paciente, departamento, planta, sección y número de habitación.
Héctor lo cogió, dándole las gracias. Después le pidió un café. Hablaron unos minutos sobre cosas intrascendentes mientras en el ambiente sobrevolaba la ausencia de Laurent. Tras lo cual, se despidió y tomó la dirección sureste, hacia el Distrito XIII donde se encontraba aquella institución sanitaria, una de las más antiguas de París, que llevaba cumpliendo la encomiable misión de sanar cuerpos y mentes desde el siglo XVII: l'Hôpital de la Salpêtrière.

De camino recordó que aproximadamente hacía una semana tuvo uno de aquellos sueños que noche sí y otra también se prodigaban desde que conociera a Laurent. Pero en este caso, a diferencia de los otros sueños que versaban más sobre el mundo que Laurent le descubriera, se parecía mucho más a aquel que sirviera de prueba por convencerlo de una increíble capacidad para viajar por las conciencias. Entonces no lo dio más importancia, ahora se le revelaba con un escalofrío. En ese sueño, del que evocaba no más que retazos, una presencia familiar parecía mirarlo con enormes ojos sin pestañas, ojos claros cuyos párpados eran labios finos que esbozaban una indeterminada sonrisa que crecía y crecía hasta ocupar toda la conciencia del sueño para, poco a poco, transmutarse en inmenso mar azul-verdoso cuyas olas eran sonrisas de espuma que lamían suavemente las agudas rocas de su escepticismo. Recordó que de aquel sueño no despertó agitado ni inquieto sino con una plácida sensación de bienestar.
Entró en La Salpêtrière con una sonrisa en su cara.
Saludó a quien se presentó como su hermana mayor, Christine. Era una mujer hermosa, ya madura, morena, de ojos ligeramente oblícuos y labios perfectos; muy parisina en los ademanes y el acento de una bella voz que, este sí, era el rasgo que más compartía con su hermano; en lo demás apenas existía el menor parecido.
Laurent estaba allí, ante él, en la cama. La relajación de la cara le daba toda la apariencia de estar dormido. Permanecía conectado a una sonda y a un registrador de constantes. Héctor, tras charlar con Christine y comprobar el estado de resignación y entereza de quien apenas tuvo relación con su hermano durante años, se despidió prometiendo volver regularmente para seguir la evolución de aquel que, sin haber llegado a ser un amigo íntimo, consideraba una especie de brother in arms.
Se dirigió directamente a la oficina de correos donde, en uno de sus apartados, esperaba encontrar una voluminosa carpeta negra con todas las respuestas. Y, en efecto, allí estaba. La extrajo del cajetín; había una nota pegada en su exterior: "Le estaré eternamente agradecido". Con un cierto aturdimiento y un ligero temblor en las piernas se fue a casa.
La contempló durante varios minutos antes de atreverse a abrirla. Miró hacia la calle, al cielo gris, al suelo brillante; cerró los ojos, respiró profundamente, los abrió, y se sumergió en la aventura de desentrañar los secretos de aquel hombre, aquel iluminado o loco que les había dejado, quizás para emprender un viaje del que ya nunca regresaría... o quizás solamente víctima de uno de sus experimentos que le impidiera regresar de un estado de ausencia provocado y llevado al límite.

Ante sus ojos apareció, en efecto, un universo fantástico, con datos pormenorizados detallando experiencias increíbles, procesos más increíbles aún y conclusiones alucinantes. Según aquellos papeles, durante sus viajes "visitaba" la conciencia singular de las cosas -cosas que él elegía de antemano visitar-, sentía como ellas; es decir: se convertía en piedra, en planta, en río, en animal. Pero no así, en genérico; parece ser que, según él, se fundía a la conciencia individual de las cosas, aquellas que entraban a formar parte de una fórmula mediante un complicado proceso de sublimación de sus sustancia (allí refería que le bastaba con una pequeña muestra que contuviera la información genética, o la constitución elemental, de la singularidad de la materia en cuestión, para, añadiéndola, sublimada, a una fórmula básica, obtener un vector direccional del viaje que le conducía indefectiblemente a su conciencia de ser).
Definitivamente aquel hombre estaba loco o poseía trastornado el sentido de la realidad. Lo que no se podía negar era que poseía una imaginación portentosa. Los cuadernos, a medida que referían sus experiencias más recientes, se llenaban de conjeturas y especulaciones sobre una posibilidad que antes, en los primeros -llenos de inocencia y candor-, no aparecía: a medida que conseguía dominar y controlar la duración de sus viajes, comenzó a contemplar la absurda pretensión de... realizar el viaje definitivo, una especie de Odisea voluntaria, elegida, de la que no regresar. Hablando claro: comenzó a tomar cuerpo en él la idea de la inmortalidad (palabra que aparecía una y otra vez, aquí y allá, entre admiraciones, al final de sus conclusiones).
A pesar de toda su evolución espiritual, Laurent, no dejaba de sentir su individualidad; hasta es posible, que ésta -su individualidad, la conciencia de sí, como Laurent- fuera quien se hiciera fuerte y comenzará a torcer un proceso que en su comienzo era de entrega y humildad, pero que tomaría la deriva de un emboscado orgullo de sí que reclamaba su premio y que, sobre todo, no estaba dispuesto a perecer. Es muy posible que sufriera una gran lucha interior entre ambas facciones. Acabaría triunfando el orgullo. Por eso decidió prescindir de sus compañeros, por eso necesitaba alguien ajeno a la organización. Sabía que ellos no lo consentirían, no le harían el juego, la labor publicitaria; y probablemente, además, se llevarían un desengaño. Laurent, pese a su creciente orgullo, no podía permitírselo, no después de lo que habían hecho por él.
Su plan, su proyecto, consistía en una disolución en ese Ser que consideraba matriz de todo: un rebotar de singularidad en singularidad, conciencia bohemia y siempre viajera, asomándose aquí y allá, pero todo ello desde la conciencia individual que le era propia como Laurent. Sin necesidad de disolverse, de transformarse en otra cosa que no fuera él. Las últimas anotaciones se mostraban muy esperanzadas: estaba seguro de conseguirlo.
¡Pobre loco! Ahora estaba ahí, en una reducida habitación de hospital, y a saber dónde la conciencia, probablemente abismada en su propio limbo. Quizás un día volviera en sí. Quizás entonces, si eso ocurriera, nos contaría aventuras fabulosas sobre lo que siente el diamante al ser tallado, la rosa al ser cortada, el buey de Kobe que vive a cuerpo de rey hasta ser sacrificado, o lo que piensan los gusanos de la podredumbre sobre el cuerpo que digieren y degradan.
¿Quién sabe?


Epílogo

Hace seis meses que Laurent cayó en su postrera languidez. Vengo de visitarlo en el hospital. No ha habido ninguna variación, ninguna alteración, ninguna señal que delatara otra actividad que la propia del sueño. Eso sí, las ondas REM aparecían anormalmente amplias, pero regulares. No hay señales de sueños "imaginativos". Según los especialistas, no tiene ninguna actividad cerebral que denote experiencias oníricas. Nada. Aseguran que no siente nada, que no piensa nada, que se encuentra en una especie de nada... en estado vegetativo. Su cuerpo no reacciona a los estímulos nerviosos, no es ni tan siquiera un organismo autónomo, mas que para cumplir sus funciones vitales más básicas.
He seguido soñando con él; pero cada vez más espaciadamente. Por contra, a veces me sorprendo degustando, oliendo un perfume o una flor, disfrutando, en resumidas cuentas, de este privilegiado olfato que la naturaleza me ha dado, y no puedo dejar de tener un escalofrío cuando presiento que otra nariz está ahí, junto a la mía, inhalando el aroma de las cosas, como un Drácula bebe la sangre de sus víctimas para seguir no-muerto.

-Fin de la Fórmula-


-o-o-o-

domingo, 16 de octubre de 2011

La Fórmula. Capítulo 9



XIX

Velos y revelaciones

Antes de proseguir el doble curso de esta corriente narrativa, que confluirá en un único río abocado indefectiblemente a su mar -que será su morir; es decir, su próximo desenlace-, permitidme, queridos lectores, que os mortifique aún con otro flashback (advierto que no será el último), necesario para la coherencia secuencial del relato, y os ahorre la labor, si entretenida por lo detectivesca, a veces mareante por lo divagadora, de hilvanar debidamente, y en su justo punto de la trama, la explicación sobre qué ha de entenderse cuando en la narración, aquí y allá, se habla metafóricamente de ausencia, languidez y viaje, o de sus correlatos prácticos: desfallecimiento, desvanecimiento o estado modificado de conciencia (que de todos estas maneras vienen citados los estados atípicos sufridos por Laurent, y que son parte capital del meollo de la historia). Os lo podría haber presentado como una elipsis, como una pieza del puzzle que deberíais vosotros mismos ubicar en el mosaico hasta aquí desplegado, o como una nebulosa de dudosa ubicación pero, por ello, válida lo mismo para un roto que para un descosido espacio-temporal; en cambio, he decidido ser compasivo -por una vez y sin que sirva de precedente- e incluir este retour debidamente enmarcado y señalizado.
El flasback nos situaría con Laurent recién ingresado en la universidad, poco antes de conocer a Dominique y vivir con él el comienzo de la telúrica experiencia recién narrada y de la que, suspendida en intrigante exclamación, daré oportuna culminación en el presente capítulo. Lo que os voy a referir seguidamente, por su índole reiterada, podía haber sido extraído en cualquier momento de la experiencia de nuestro hombre sin pestañas, pero es justo hacerlo cuando el joven, pero maduro, Laurent tiene ya la suficiente formación como para poner nombre, frase y ajustada expresión, a lo sentido, haciendo así más exhaustivo, creíble y veraz su contenido. Es hora de que escuchemos a nuestro protagonista, e, incluso, que nos introduzcamos en su conciencia cual modernos troyanos o hackers intelectivos, y leamos cómo vivía él los aludidos estados atípicos, recordando, además, en qué punto exacto de la auto investigación se encontraba cuando le acaecieron los últimos hechos consignados, y que tan determinantes serán para el final de la historia.
Pongámonos, pues, en el supuesto de que lo que sigue ocurriera al abrigo de uno de esos días grises y desapacibles del otoño de 1967, en el mismo París que al año siguiente sería campo de batalla y testigo impotente de un amago de revolución (fallida sí, pero cuyo eco aún perdura rebotando en el imaginario colectivo de lo que fue la rebelión ilusionada de unos ciudadanos disconformes con una forma de hacer política que sacrifica la libertad, la igualdad y la fraternidad en aras del Capital, prostituyendo la justicia y desterrando la imaginación; todo ello con la aquiescencia de un Poder que, debiendo ser representativo y garante de la voluntad popular, acabó/acaba por representar y garantizar el interés -y los dividendos- de unos pocos -¿A qué nos suena esto?).
Volviendo a lo nuestro: ahí está Laurent, quizás sentado en su gabinete de becario en la ENS, o quizás paseando en el patio interior del soberbio edifico que alberga esta prestigiosa institución de enseñanza, entre los parterres y el Lago de los dorados Ernestos, pero, en cualquier caso, compartiendo en voz alta con todos nosotros sus reflexiones e íntimos pensamientos -aquellos que solo se expresan para uno mismo, recelosos de no ser comprendidos fuera del privado marco del cual surgen. Escuchemos, escuchemos...


¿Cómo es posible percibir dos realidades diferentes sin volverse loco? No me refiero a vivir una realidad, y simular otra cambiando de actividad, de identidad, o de lugar (probo ciudadano por el día y despiadado crápula por la noche; convencional y discreta esposa por un lado y seductora Belle de Jour por otro, o aparente periodista patoso que enmascara a superhéroe invencible; por poner tres ejemplos conocidos). Tampoco aludo a un desdoblamiento de personalidad, a modo de Dr Jekyll y Mr Hyde, o un patológico trastorno de identidad disociativo. No, nada de eso. Me refiero a sentir, mientras se vive, y lo que se vive, de dos formas diferentes, con imágenes representacionales distintas. Desde que tengo uso de razón esta ha sido mi vida, mi doble realidad. Una analogía certera sería la de contemplar una imagen en 2-D y, simultáneamente, la misma imagen, percibirla en 3-D, y hacerlo sin sufrir ninguna perturbación, ni visual ni mental; como cualquiera podría mirar a través de unas gafas con un cristal de cada color (supongamos amarillo y azul), sin entorpecerse la visión que con cada ojo se percibe, integrando ambas visiones en una especie de verdoso technicolor. Con la particularidad de que se puede cerrar un ojo y ver solo a través del cristal azul; o el otro, y hacerlo solo a través del amarillo; en mi caso no es así, no puedo aislar una realidad de la otra -salvo, acaso, en esos momentos de desfallecimiento-, van juntas e inseparables: una, la forman las apariencias, lo que todo el mundo, más o menos, ve; la otra está registrada por mi olfato, y no se corresponde exactamente con la aparente, como lo hace una silueta con el cuerpo que la proyecta. En mi mente se solapan los dos registros diferentes, y se puede decir que las neuronas que interpretan estas disímiles realidades están tan bien avenidas que no se produce el menor disturbio ni desacuerdo en mi cerebro: siendo percepciones dispares se imbrican sin estorbarse, conviven integradas. ¿Cómo puede ser eso posible? Sé que tal cosa dinamita toda lógica experimental. Desde un punto de vista eminentemente médico se hablaría de trastorno bipolar -o cualquier otra patología cerebral-, simplemente porque se desconoce su realidad, su existencia, su posibilidad; por tanto, se rechaza. Pero, ante esto yo he de alegar que: por la misma razón que yo a ellos -el stablishmen médico- no los rechazo por no haber sabido explicar por qué sucede lo que sucede en mi cuerpo, mi mente o mi alma, mientras padezco estos estados de inconsciencia, pido que se tenga la misma aceptación ante mi singularidad y la experiencia que de ella poseo.
¡Parece tan sencillo! Quizás no más se deba a una conexión anormal entre nervios, ganglios neuronales o regiones cerebrales, la causa de que mi sentido del olfato "vea", de que mi cerebro realice un mapa visual de las cosas que mi olfato percibe, y que esta imagen visual olfativa difiera de la percibida a través del órgano específico para percibir la imagen "real" de las cosas, es decir, la vista. Y sé que, con todo, lo más extraordinario es que esta duplicidad de percepciones se pueda dar sin conflicto, pero así es.
En estos diecinueve años la ciencia médica ha sido incapaz de encontrar una respuesta o una explicación satisfactoria -ni insatisfactoria- a mi caso. Por eso un día decidí realizar mis propias averiguaciones, mis propios análisis, mi propio seguimiento. Tengo la sensación de que ya se ha hablado de ello anteriormente (creo que en el Capítulo 4 de esta narración), y también, de que se ha dicho allí que mis búsquedas, en su doble vertiente -externa deductiva, e interna inductiva-,no fueron todo lo exitosas que yo hubiera deseado, ya que me encuentro en punto muerto: sé de la naturaleza sensorial del desencadenante, pero me ha sido imposible determinar su fórmula precisa; así mismo, sé de la necesaria predisposición anímica, de la apertura en mi conciencia donde ese desencadenante pueda actuar, pero igualmente me ha sido imposible delimitar tal disposición. Los estados atípicos se siguen sucediendo sin control, al albur de circunstancias que escapan, no solo a mi gobierno, sino también a mi conocimiento. No obstante, todos estos años me han servido para analizar y trabajar en el estado en sí, en su índole, su manifestación, su naturaleza ¿Qué sucede realmente cuando, en apariencia, sufro esos desfallecimientos? ¿Por qué vuelvo en sí con esa sensación de bienestar, con ese deseo de regresar allí? Por toda respuesta sólo puedo aducir tanteos y preguntas como estas que aquí, en mi libreta de registro, llevo anotadas (transcribo)...


"Otra vez... Ese cálido cosquilleo en las fosas nasales... ya sé lo que anuncia. En unos instantes mi conciencia abandonará el plano de la realidad aparente para entrar en otro: uno de realidad transparente en el que todas las cosas pierden su identidad separada, singularmente definida, opaca, densa, para volverse sustancia común apenas dividida en categorías de organización material; sustancia común singularizada en estructuras permeables a mi conciencia incisiva y viajera. ¿Dónde se van los límites que separan los diversos reinos, las diversas formas que el ser humano ha clasificado por su complejidad? ¿Por qué milagroso encantamiento, minerales, vegetales o animales se me muestran carentes de diferenciación, todo participando de una misma corriente que, inmutable, percibo en continuo movimiento? Se apaga una luz mortecina, apenas reveladora de la superficie de las formas y de las relaciones que mantienen su disposición, para encenderse otra cuya intensidad me permite ver su interior y la ley única y constante que las gobierna y a la que deben la existencia: la Unidad soñando lo Diverso. Y en ese mi contemplar, inmaterial, sin ojos que miran, solo conciencia que ve, me asomo a la realidad de estas formas, de estas cosas, pertenezcan al reino que pertenezcan, pues en los tres reinos me es dado viajar, y fundiéndome con su ser, que comparte con el mío sustancia y esencia, siento y percibo desde ellas como si ellas fuese, su singularidad no violada sino solapada con la mía que asiste como testigo a su sentir. Es la fiesta del Ser a la que estoy invitado, y allí me regocijo con la piedra, con la planta y con el animal, sí también con otros seres humanos; viajo por lo animado y lo inanimado -que no lo es desde ese plano multidimensional en que me zambullo y que es todos los planos a un tiempo-. Sí, llego a sentir, a captar, la realidad que ellas sienten -la multiplicidad de formas- y cómo la sienten, me hago uno con ellas, y desde ellas contemplo y siento -a un tiempo e indistintamente- cuál es su perspectiva del cambio que en ellas tiene lugar, ese aparente desplazarse por su existencia -inamovibles dentro de este Ser que todos somos y que a todos contiene-, y capto su angustia y su zozobra, o su alegría y su indiferencia, de seres singulares, de formas distintas, separadas, desgajadas del Ser que son. Al fin concluyo que la individualidad de los seres no es sino virtual, necesidad de lo Diverso para sentirse diverso, para cumplirse como diverso, que Lo Uno -La Unidad- sueña para entretener su infinitud. O quizás el Ser-que constituye esa Unidad- no sea sino la suma de las infinitas formas que toma, así como el pensamiento es uno y las ideas infinitas, mas, entre ellas, ignorantes de esta Unidad de Ser, constitución y naturaleza, que a todas une. La existencia como voluntad del Ser que en insaciable fecundación de y por sí mismo alumbra las innumerables cosas que han sido, son y serán."


"¿Qué es la conciencia? ¿De qué está hecha? ¿Cuál es su sustancia? ¿Y esa cárcel en la que habita, el alma, realmente ocupa un espacio? ¿Puede moverse a través de él? ¿Es mensurable su extensión? Hay quien dice que el alma, a su vez, se halla prisionera del cuerpo; la conciencia, entonces, sería víctima de una doble prisión. El conocimiento compartido de lo que es -esa conciencia doblemente prisionera-: ¿es también conocimiento del conocer?, ¿puede el conocimiento de lo que es moverse libremente por los diferentes planos de la existencia desde la singular conciencia de un alma concreta? ¿Puede, ese conocimiento de lo que es, abandonar la prisión del cuerpo -que lo limita-, la del alma -que lo distorsiona- y, conservando la esencia sutil de su singularidad -de la que son contingentes ese cuerpo y ese alma-, con su visión individual de este modo liberada y derramada ya sin límites, moverse por el no-espacio y el no-tiempo donde lo que es reside?"

"¿Con qué ojos imaginar lo inimaginable? Ese presentimiento que, desde la conciencia clara de las cosas, hunde sus raíces en la impenetrable oscuridad de lo ignorado ¿Cómo puede ver la luz, hacerse realidad visible?"

"¿Qué soy, si de mí no siento límites? ¿Qué, si mi conciencia es capaz de viajar ajena al espacio y al tiempo; si me siento Uno con todo lo que me rodea; si mi alma puede penetrar en otras almas, como un huésped invisible apenas percibido como soplo o tenue sombra? ¿Sigo siendo un ser humano, o me habré convertido en otra cosa? ¿Qué soy? ¿En qué me convierto?"

Así, con estos imprecisos datos me enfrento a esta nueva etapa de mi vida. Me cabe la ilusión -y un fuerte presentimiento- de que desde esta plataforma privilegiada pueda conseguir más de lo hasta hora conseguido. Deberé moverme entre los intersticios que toda institución educativa superior siempre tiene, rincones solo visibles o visitados por un número muy reducido de excéntricos curiosos, sentinas del conocimiento donde se arrincona todo lo que huela a heterodoxia... En una palabra, seguir buscando, abrir bien estos mis ojos sin pestañas, que a pesar de su agudeza rapaz ven menos de lo que ve mi prodigioso olfato, disponer mis sentidos al hallazgo inaudito; sé que se producirá, debe producirse.




XX

El Manuscrito Voynich (II)

-¡Esto es increíble! ¡No,... no... puede ser! ¡No esperaba tanto! -se tropezaban las palabras de Laurent, mientras pasaba una tras otra las hojas de vitela del manuscrito-. ¡Cielo santo! Si son,... si son.... Si es... si se trata de... ¡¡¡La representación gráfica de mi plano olfativo!!! Quiero decir, la segunda realidad que contemplo desde que tengo uso de razón. Aquí están las imágenes que mi mente representa de lo aparente, reconozco algunas plantas, signos, incluso el texto me es legible, entiendo estos criptoglifos, no lo son para mí... ¡Dios santo, Dominique!, ¿quién es usted, quién ha escrito este libro, con qué propósito?, y esta biblioteca, ¿a qué responde su creación, cuál es su objetivo? -no paraba de hablar atropelladamente, entrecortado, queriendo decir varias cosas a la vez; estaba en estado de shock, no cabía duda, pero, a la vez, lúcido, muy lúcido. Sus ojos, increíblemente abiertos, parecían faros del entusiasmo; brillaban como nunca, humedecidos por lágrimas que desbordaban los bordes palpebrales y se deslizaban por las mejillas: manantial surgido del venero magmático de la alegría.
-Tranquilo amigo mío, tranquilo -la voz de Dominique presentaba una nueva tesitura, otra más, ésta más aguda y vibrante de lo acostumbrado-. Le contestaré a todas sus dudas, tenemos tiempo. La satisfacción que le embarga en este momento no es superior a la que yo también experimento. Al fin ha aparecido. La espera de tantas generaciones toca a su fin -y mientras esto decía elevaba ojos y manos hacia el rosetón, labrado con un escudo, que estaba sobre sus cabezas. Después, Dominique prosiguió, pero ya con los ojos oscilando, pendulares, entre el manuscrito y el rostro de Laurent-: este manuscrito que tiene en sus manos fue escrito, creemos en el siglo XIV o XV (aunque hay quien piensa que es anterior, retrotayendo la datación hasta el s. XIII).
Bueno, en realidad, este que tiene entre las manos, no; este es un facsímil en todo semejante al original que actualmente se encuentra en manos de Peter Krauss (aunque quien esto lee sabe que, en el tiempo en que esto está leyendo, el manuscrito se encuentra ya entre los fondos de la Biblioteca Beinecke de libros raros de la Universidad de Yale); hasta él fue a parar tras un rocambolesco recorrido desde que apareciera, como ya le dije, entre los documentos de aquel Emperador afecto a la alquimia, Rodolfo II de Bohemia, hacia finales del s XVI o principios del XVII, y pasara por las manos de: Jacobs Horcicky, alias Jacobus Sinapius, responsable de la farmacia real de Praga y alquimista personal del monarca, quien lo pasaría a George Baresch, alias Georgius Barschius, también alquimista de la corte de Rodolfo II; de las de éste a las de su amigo Marcus Marci, a la sazón médico profesor en la Universidad Carolina de Praga, quien se lo envió al jesuita, políglota y erudito, Athanasius Kircher, gran investigador del vulcanismo y lo telúrico, el magnetismo o la luz, y que tampoco pudo descifrarlo; al fin, éste último lo legó a la Biblioteca del Collegio Romano, que lo tendría desde 1680 hasta que en 1912 lo comprara Wilfrid Voynich, bibliófilo, químico y farmaceútico lituano, al que debe el nombre; tras la muerte de Voynich, su viuda lo vendió, en 1961, al bibliófilo y comerciante Peter Krauss, judío sobreviviente del Holocausto nazi, actual poseedor del mismo (a la espera, como he dicho, de que dentro de un año, aproximadamente, lo ceda a la Libreria Beinecke). Esta soberbia copia que tenemos aquí tiene poco más de 200 años, y está realizada, durante la estancia del libro en el Collegio Romano, por uno de los nuestros, quien se encargaría, además, de hacerla llegar a esta Biblioteca Universalis. Desde entonces aquí reposa, en su nicho silente, esperando... esperándole quizás a Usted, Laurent.
Laurent, al tiempo que escuchaba a Dominique, dirigía alguna que otra mirada de soslayo hacia aquel revelador documento, hasta que, al oír estas últimas palabras, sus ojos se clavaron durante unos segundos en los de su mentor (¿acaso no lo estaba siendo, no lo sería en adelante?), para después, poco a poco, consciente de la misión que se le avecinaba, volver con reverente curiosidad al libro.


El cuaderno que acompañaba al manuscrito, en cuya portada figuraban las iniciales MV y C, era un intento meritorio, pero inexacto, de interpretación -ya que no de traducción- del texto que no pasaba de ser una voluntariosa especulación ajena a lo que allí se decía. Pero era un ensayo, cuando menos, curioso por parte de un hombre al que tanto debe la egiptología.
En esta interpretación del gran Champollion se sugería que las
ilustraciones eran imágenes alegóricas de plantas reales, sí, pero bajo la perspectiva de un punto
de vista alquímico, una especie de representaciones ideales correspondientes a un marco de
referencia desconocido, por medio del cual lo que allí se dibujaba era la potencia de la planta, o sus
virtudes, de modo simbólico, bien para su aplicación en procesos curativos, bien en un determinado procedimiento de
purificación. La profusión
de las figuras femeninas pululando como duendecillos por todos esos
contenedores, presentes en muchas de las figuras geométricas y en varias de las representaciones astrales o cosmológicas, añadido al hecho de que
algunas de ellas portaran estrellas o coronas, refrendaba esta interpretación simbólica -lo femenino como generador de vida, personificación de la existencia- a modo de potencias actuando en el interior de un organismo o en el transcurso de un camino iniciático. Concluía, pues, el gran cryptógrafo que el volumen era un tratado esotérico, de contenido alegórico, en el que se describirían materias primas, procesos, recetas, y alusiones cosmogónicas que un maestro en el arte alquímico debiera conocer para dominar el mundo de la materia por medio del conocimiento del poder implícito en ella.
A lo largo de aquel curso, Laurent y Dominique, se reunirían periódicamente en la cripta hasta que descifraron y tradujeron lo que en el manuscrito se decía. Si esto no ha trascendido ello se debe tanto al carácter mistérico del asunto, como al carácter de organización secreta que lo hizo posible, pero, sobre todo, al contenido de la primera página del manuscrito en la que figuraban cuatro exhortaciones dirigidas al afortunado capaz de descifrar el libro, y que, resumiendo, advertían en contra de dar publicidad a un texto que, de todas formas, era ineficaz en manos inadecuadas, concluyendo que el conocimiento contenido en aquellas páginas estaba dirigido a ciertas personas nada más: aquellas que lo pudieran entender, que serían las únicas para quienes lo allí contenido podía ser útil; para todos los demás no sería sino un ejercicio imaginativo de alquimia medieval sin apenas valor práctico (otra vez el concepto de llave y cerradura). No se trataba, por tanto, de un libro de texto o de un manual de aprendizaje, sino que era un método de iniciación, una especie de camino de perfección... personal. En esto, Champollion no se equivocaba, pero solamente dirigido a unos pocos.
No andaban muy descaminadas las teorías barajadas hasta el momento y que dividían el contenido del libro en unidades temáticas: allí había un Herbario (con dibujos coloreados de especies vegetales hasta el momento desconocidas, y su correspondiente ficha descriptiva), un tratado Farmacológico (en el que aparecían consignadas fórmulas magistrales, encabezadas por bellos albarelos como los que aún es posible encontrar en algunas boticas antiguas) y un Recetario (con remedios para todo tipos de males, y de algunos bienes); además, otros tres tratados: uno Astronómico (el más identificable por aparecer allí los signos zodiacales), otro Cosmológico (con imágenes y figuras geométricas trazadas y/o subrayadas con textos de significado desconocido) y un tercero Biológico o Fisiológico (texto denso en el que aparecen, intercaladas, formas tubulares y viscerales, como estanques o conductos, en las cuales parecen bañarse mujeres desnudas en grupos de número variable). Esta división era más o menos acertada.


Huelga entrar en detalles y pormenores del contenido del manuscrito; eso sería tema para otra narración, o varias; tan solo diré, por resumir, que se pusieron manos a la obra con entusiasmo: se instaló un completo laboratorio en el sótano de un local situado en Le Cour du Commerce Saint-André, aledaño al Café-Restaurante Le Procope, propiedad, desde su inauguración, de miembros afectos a la organización. Allí el hombre sin pestañas continuaría sus investigaciones saliendo del punto muerto en que se hallaban, pues en aquellos formularios -expresamente dirigidos a él- se le ofrecía un abanico de posibilidades que él recorrió. Fórmulas magistrales cuya orientación era elemental y metafísica a un tiempo, clasificando las sustancias por su pertenencia a uno de los cinco elementos constituyentes de la materia: Tierra, Agua, Fuego, Aire y Éter (el más sutil), a los que se hacía corresponder un órgano sensorial (Tierra = Tacto, Agua = Gusto, Fuego = Vista, Aire = Oído, y Éter = Olfato); en todas las fórmulas se combinaban, en proporciones específicas según el resultado buscado, sustancias pertenecientes a cada uno de estos elementos. Puesto que estas fórmulas magistrales requerían, para su correcta y eficaz acción, unas condiciones especiales del sujeto en el cual debían actuar (y que también se describían con precisión en el manuscrito), Laurent se sometía a disciplinas psico-físicas para preparar su cuerpo y su mente. Todo este proceso no resultó tan fácil ni tan corto como pudiera parecer por mi escueta narración. Pasarían años de experimentación hasta que pudo conseguir lo que tanto ansiaba: actuar sobre sus estados hasta el punto de controlar y dirigir sus viajes. Llegó a determinar los perfumes adecuados para, no solo desencadenar el estado en sí, sino, incluso, elegir el destino: solo debía añadir a la Fórmula básica el ingrediente esencial, uno que llevara la carga genética correspondiente al destino elegido. También consiguió controlar la duración de los mismos viajes, que cada vez eran más duraderos; pero, a la vez que conseguía alargarlos, notaba que algo sucedía en su cuerpo a la vuelta de aquellas excursiones, una sensación de levedad, de ingravidez, de inconsistencia, que le aquejaba durante un tiempo proporcional al viajado; nada inquietante, pero sí patente.
Mas el ser humano, incluso aquel que pueda estar en un nivel superior de conciencia, no deja de ser un ser humano, y, aunque capaz de dominar su mente, su cuerpo y sus pasiones, no cejará en su empeño de pretender lo imposible. Laurent anhelaba poder conseguir lo que todo ser mortal ansía, y con más razón cuando se tiene el poder que él tenía.
En este momento vital se encontraba cuando apareció un día un hombre que con curiosidad se acercó a la puerta tras la cual se encontraba el laboratorio donde él experimentaba con la existencia y sus límites; este hombre podría ser el elegido para servir de testigo de lo que aún debía acontecer. Aunque convenciera a sus amigos de que era pertinente el contacto por seguridad, Laurent tenía otra cosa en la cabeza al entablar relación con Héctor: necesitaba a alguien ajeno a la organización...

(Continuará)



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